“Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas – Dios me perdone – sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la República. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes y también para abusar de los pobres, pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes.”
Tomás Moro, UTOPÍA, 1516.
Maximilien Robespierre estaba en su celda, la noche del 26 de julio de 1794. Magullado, dolorido y febril por la herida de bala en su mandíbula, sabía que al día siguiente le esperaba la guillotina. Su gobierno del terror había llegado demasiado lejos y la conjura de Girondinos y Jacobinos moderados le había derrocado por sorpresa. En sus últimas horas rememoraba la película de su vida, como en estado de trance.
Su preocupación por los pobres, los desposeídos, los explotados; su ideal de justicia social, al servicio de la Revolución Francesa; sus muchos escritos en defensa de la igualdad, junto con la libertad y la fraternidad. Había leído la Utopía de Tomás Moro, había leído a Rousseau, a Kant, a Voltaire. El derecho de propiedad sin límites acaba cercenando la libertad y socavando la igualdad. Recordaba en su delirio sus propias palabras: “la sociedad está obligada a procurar la subsistencia de todos sus miembros”, “las ayudas necesarias para la indigencia son una deuda del rico hacia el pobre. Incumbe a la Ley determinar la manera como esa deuda debe saldarse.”
Y sobre todo su discurso de 1792: “¿Cuál es el primer fin de la sociedad? Mantener los derechos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de esos derechos? El de existir. La primera ley social es, pues, la que asegura a todos los miembros de la sociedad los medios de existir.” Todo eso le daba vueltas en la cabeza, mientras pensaba que en pocas horas su cabeza y su vida se acabarían bajo una cuchilla que ya no le permitiría desandar parte de lo andado y corregir mucho de lo equivocado.
Dos años más tarde, en 1796, el inglés Thomas Spence fue el pionero de la renta básica universal. También Spence había leído a Tomás Moro y se rebelaba contra la pobreza y la desigualdad. De ahí surge el proyecto de la Renta Básica Universal e incondicional, es decir, la implantación por parte del Estado moderno de una renta o cantidad dineraria a pagar por igual a todos los ciudadanos mayores de edad y de por vida.
No es una idea reciente de la izquierda radical. Es toda una teoría desarrollada a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI hasta hoy. Los ciudadanos de Suiza la rechazaron en referéndum el pasado 5 de junio de 2016. Pero sigue teniendo eminentes defensores entre sociólogos, economistas y pensadores de nuestro tiempo.
Sí, nuestro tiempo de crisis de valores, de indignación ciudadana frente al capitalismo financiero liberal, de aumento exponencial de la desigualdad. A lo mejor ha llegado la hora de abandonar los clichés tradicionales de crecimiento económico, igual a creación de riqueza, igual a creación de empleo, igual a aumento del consumo, igual a crecimiento económico y así sucesivamente. Y redistribución de riqueza mediante un sistema de impuestos que permita prestaciones sociales, etc. Ya se ve que con esto no basta, que Keynes tenía razón, que el Estado social debe ir más allá, pero ¿hasta dónde?
- Te diré hasta dónde. Yo soy Jorge, tengo 25 años y estoy en el paro. Soy licenciado en Derecho y Económicas y pertenezco al 50% de los jóvenes de España en paro. Nuestro país no puede seguir así y yo estoy convencido de que la implantación de una renta básica universal en España sería un avance social y económico muy importante. Porque la renta básica – que conllevaría la supresión del subsidio de desempleo y de otras prestaciones sociales actuales – no sólo haría posible una vida sin miedo existencial, sino que además paliaría los efectos de la revolución digital y la robotización en el mercado de trabajo. Esto ya lo ven venir hasta en Silicon Valley, donde se prevé que la robotización creciente en la industria llevará consigo una mayor precariedad laboral, una necesidad de readaptación constante y una mayor cualificación de los trabajos.
- No estoy de acuerdo, Jorge. Yo soy Francisco y soy banquero. La renta básica no es más que una utopía, que tendría efectos contraproducentes y acabaría convirtiéndonos en una sociedad de vagos. Y eso sin entrar en su financiación, absolutamente inasumible por el Estado.
- Yo te pregunto, Francisco, ¿dejarías tu trabajo si tuvieses una renta básica?
- No, desde luego que no.
- ¿Y por qué entonces lo habrían de hacer los demás? Dicho de otro modo: ¿dejarían las personas de trabajar, porque ya no tengan que hacerlo para subsistir? La verdadera cuestión no es si los otros dejarán de trabajar. La cuestión es si tú soportarías que otro recibiera lo necesario para vivir, sin cumplir para ello lo que tú imaginas como requisito para ser un miembro productivo de la sociedad.
- Mira, Jorge, no te oculto que en parte tienes razón. Pero sigo creyendo que además la existencia de una renta para todos los ciudadanos mermaría considerablemente la motivación para el trabajo de una mayoría de personas y esto sería nefasto para el país.
- ¿Cómo cambiaría nuestra vida si nunca más tuviésemos que tener miedo de sufrir carencias materiales? Probablemente eso nos estabilizaría y nos daría estímulos para emprender y buscar trabajos a nuestro gusto y además nos permitiría negociar con el empresario un mejor salario, sin temor a la pobreza. Los que pierdan su trabajo en la era de los robots no deberían por eso convertirse en pobres de solemnidad. Si no se actúa pronto, crecerá la indignación de la gente y habrá revueltas sociales.
- Soy Alfredo, profesor de economía. Os estoy oyendo dialogar y quiero deciros que en este debate pueden coincidir tanto la izquierda radical como los ultraliberales. Para la izquierda la renta básica significa la liberación definitiva de la pobreza y sus consecuencias. Es decir, por ejemplo significa el fin de la posibilidad de chantajear a aquellos que están obligados a aceptar cualquier trabajo. Será más libre quien tenga un empleo, porque su pérdida será menos amenazadora. El parado ya no tendrá que gastarse sus ahorros hasta que el Estado le apoye. Desaparecería también la lacra de la pobreza en la vejez y se contribuiría a corregir las desigualdades entre retribuciones de hombres y mujeres.
Los argumentos de los liberales tienen en cambio otra finalidad: la de desmontar el principio de la prioridad moral del trabajo humano y con ello eliminar las trabas para sustituir a las personas por máquinas. En este escenario, si todo el mundo está atendido, tanto si trabaja como si no, entonces el Estado ya no tiene que proveer puestos de trabajo ni fijar reglas salariales o preocuparse por proteger el despido. La creación de puestos de trabajo desaparece como objetivo de la política económica. Como podéis imaginaros, esto significa una revolución total, que toca al concepto de cómo definimos la libertad y cómo se comporta el trabajo respecto a la libertad. Afecta también a cómo interpretamos la cohesión social y la solidaridad. Al final se trata de cómo queremos vivir en sociedad.
- Oye Alfredo, te escucho y me reafirmo en mi fe en este proyecto. Además, la gente está harta de tener siempre que hacer algo. ¿Hay que trabajar para ser alguien? Y lo importante es que desaparece la excusa de no poder hacer aquello que se desea. Esto me parece una faceta político-social determinante, el lado humanista y ético.
- Yo os digo a los dos, Jorge y Alfredo, que todo esto es una bella teoría, inaplicable financieramente. Dificultaría aún más la creación de empleo, mucha gente dejaría de trabajar y se produciría una pérdida de riqueza y de recaudación, que empobrecería la economía. Por algo todavía nadie con sentido común se ha atrevido a implantar la renta básica en ningún país. Y los suizos han demostrado su nivel y su sensatez al rechazarla.
- Yo os digo que es cuestión de tiempo. Yo como parado os digo que las personas en paro estructural no sólo pierden empleo e ingresos, pierden dignidad. La renta básica podría corregir esta lacra y acercarnos algo más a la justicia distributiva.
- Como profesor quiero añadir que la renta básica no significaría más dinero para todos, ya que los que ganan como mínimo lo mismo que la renta básica, no dispondrían de más dinero, porque pagarían más impuestos. En todo caso el debate está caliente, incluso en los Estados Unidos, donde se ha producido una fuerte erosión de la clase media. Esta es la causa del éxito de Trump y del odio al “establishment”. En España el fenómeno Podemos entronca directamente con el movimiento de los indignados y con la imperiosa necesidad de aplicar medidas correctoras de la desigualdad, vía impuestos y también – quién sabe – vía renta básica. En cuanto al tema de cómo se financia, la izquierda contempla un aumento de algunos impuestos a las rentas más altas, que en parte se compensaría con la eliminación de prestaciones sociales como desempleo o jubilación. Los liberales, por contra, dicen que supondría un ahorro para el Estado.
- Dejadme que os diga que esta idea de la renta básica va en la buena dirección. Hay que revisar el concepto de propiedad en el mundo y hay que leer a los Padres de la Iglesia, que ya nos advierten de que la Tierra es de todos y sus bienes deben ser compartidos. Al contemplar la desigualdad en el mundo actual, donde un 1% de la población posee el 50% de toda la riqueza del planeta, creo que los Santos de la Patrística se deben estar retorciendo en sus tumbas y deben estar clamando por actuar de una vez.
Pero sigue abierta la duda de cómo utilizarían las personas esa libertad ganada con la renta básica y si habría o no más cohesión social.
- ¿Y quién eres tú para decir todo esto? ¿Quién te ha dado vela en este entierro?
- Yo soy Tomás Moro, el padre de UTOPÍA…





