"Eppur si muove". Al parecer ésa fue una famosa frase de Galileo, referida a su constatación de que la Tierra se mueve alrededor del Sol, frente al inmovilismo de la Iglesia de entonces, que se aferraba dogmáticamente a la concepción del mundo como centro inmutable del Universo. Todo aquello ya es historia y la Iglesia de hoy se ha retractado con creces de aquel inmovilismo, aunque sigue apegada a otros dogmas pretendidamente inmutables, a los que necesita ceñirse para que la visión del mundo y de la vida que defiende se sostenga con cierta coherencia.
Y yo me pongo a pensar en lo mucho que todos necesitamos agarrarnos al “clavo ardiendo” de las verdades, los valores absolutos, los dogmas, las explicaciones redondas de lo inexplicable. Porque en el fondo de nuestra conciencia sabemos que lo inmóvil y lo inmutable no existe en el Universo, pero como lo sabemos y nos produce inseguridad y miedo, por eso lo deseamos, lo imaginamos, lo necesitamos. Y sólo nos queda creer que fuera del tiempo y del espacio que conocemos debe existir la quietud total, lo inmutable, lo inmóvil frente al movimiento y al origen de la realidad.
Es como cuando vivimos algún momento feliz en la vida y desearíamos que el tiempo se detuviese y ese instante permaneciese, no cambiase. O como cuando estamos confortablemente instalados en nuestra casa, nuestro ambiente, rodeados de libros, de muebles, cuadros y alfombras. Entonces, en ese instante, nos sentimos inmovilistas, porque queremos que nada de eso se mueva, que nos siga cobijando. Es nuestra referencia vital. La idea de que eso cambie y se mueva nos desasosiega. Quizá porque todo en el mundo es un desasosiego permanente y la paz que buscamos es una entelequia. Quizá esté más allá de la muerte, pero no nos consta.
Lo que sí nos consta, con la certeza de nuestra ciencia e investigación, es la realidad del movimiento como concepto esencial de todo lo existente. No sé si el Big Bang de hace 13.500 millones de años fue el origen del movimiento, pero al menos desde entonces todo en el Universo no ha dejado de moverse y de cambiar. El “baile de San Vito” de todo lo existente, que naturalmente nos incluye, es consustancial y casi es inconcebible cómo nuestra razón pueda idear el concepto contrario, lo estático e inmutable, desde dentro del universo al que pertenecemos.
Tras la gran explosión cósmica todo corre, se expansiona, hidrógeno y helio se combinan, los cuerpos celestes colisionan, se dividen, se multiplican, se atraen, orbitan, la química es la reina de la materia. La química dentro de la física, que se manifiesta desde el movimiento de las partículas subatómicas hasta el movimiento imparable de las galaxias, las estrellas, los planetas.
Y nuestra entrañable Tierra, que se forma hace 4.000 millones de años, no ha parado de girar y de transformarse ni un momento, ha alumbrado la vida, los seres unicelulares en el interior del mar, la fotosíntesis, la liberación de oxígeno, la atmósfera, las especies vegetales y animales en constante evolución, el homo sapiens. Pero tras muchos y extensísimos períodos geológicos, en los que se han formado océanos, continentes, a costa de gigantescas catástrofes, erupciones volcánicas, períodos de glaciación, impactos de meteoritos del espacio, nos creemos a veces que por fin ya vivimos en un mundo estable y acabado.
Un mundo en el que nos podemos dedicar a ganar dinero, a hacer deporte, a disfrutar la vida o a guerrear los unos con los otros para obtener no se sabe qué beneficios. Sin embargo este mundo es todo menos estable, en el interior de la Tierra siguen vivas las fuerzas cósmicas de cuando se formó y el magma incandescente pugna por salir. Las placas tectónicas de los continentes y del fondo marino siguen al acecho y nos lo recuerdan a cada momento con terremotos y tsunamis.
Tampoco podemos descartar algún nuevo impacto de asteroides del exterior y los mares, que son la cuna de la vida en el planeta y que acaso algún día la vuelvan a reclamar a su seno, son una masa de agua de colosales dimensiones que también se mueve, incluso en calma chicha.
Cuando contemplo el horizonte plácido del mar en una tarde calma de verano, no puedo percibir que incluso ese horizonte no es plano, ya que se sabe que el nivel del mar tiene alturas diferentes de hasta más de 180 metros en varias latitudes y sus aguas hacen montañas y valles condicionados por el fondo marino. Por no hablar de las temibles olas gigantescas de más de 30 metros, completamente al margen de tempestades y tsunamis, que se originan de repente en medio de los océanos y cuya causa todavía se desconoce.
Y en una romántica noche de luna, en la que el reflejo bellísimo de la luz plateada sobre las quietas aguas marinas parece sugerirnos la ensoñación de una vida plácida y relajada, no percibimos tampoco las sacudidas que la atracción gravitatoria de nuestro satélite provoca en las masas de los mares.
Todo es, pues, dinámico y lleno de ondas gravitatorias, electromagnéticas, lumínicas. En el macrocosmos y en el microcosmos. En la vida y en la muerte, ya que en ésta también hay constante movimiento, mutaciones químicas, formas de energía.
Por esa razón, si de verdad entendemos e interiorizamos la evidencia de que todo lo que conocemos está en perenne movimiento, deberíamos asumirlo como algo consustancial a la naturaleza y a nosotros mismos, sin rehuir afrontar la relatividad como la esencia de todo lo que existe y percibimos. Por eso es importante escapar de dogmatismos y verdades absolutas. Es importante acomodar nuestra vida y nuestra conciencia al cambio y al movimiento continuo. Y al hacerlo estaremos en mayor armonía con el universo al que pertenecemos y nuestra propia apertura mental nos hará menos vulnerables. Nuestra razón se ha sublimado en nuestra conciencia moral y esto ya es como un milagro de la evolución.
Porque es como si nos hubiesen dotado de un “código de barras”, cuya lectura e interpretación nos permite mantener el rumbo de nuestra nave vital a lo largo de nuestro viaje, integrados como estamos en el movimiento infinito. Nadie sabe a ciencia cierta si este movimiento tendrá fin y podrá dar paso a la quietud absoluta, o si por el contrario nunca cesará y su esencia sea el devenir y la continua transformación.
¿Es esto compatible con una primera causa?
Como ha habido mentes privilegiadas que han concluido que sí, pienso que no hay motivo para preocuparnos…





