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POR RARO QUE PAREZCA

La edad: siento que me estoy haciendo joven para la muerte

Algunas personas, cuando maduran, ocultan su edad. La edad se convierte en algo secreto, en un tesoro escondido, en una información clasificada.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Últimamente pienso cada vez más en la edad. La edad de piedra. La edad del bronce. La edad del hierro. La edad del perro. La edad de los árboles. La edad dorada. La edad de mis padres. La edad del universo. La edad del moco. La edad de un reloj antiguo. La edad de los años. La edad de los muertos. La edad de los niños. La edad de las latas. La edad de los elefantes. La edad de las tortugas. La edad de las mariposas. La edad de mi casa. La edad de un cigarrillo. La edad de un manuscrito. La edad de una tabla. La edad de un recuerdo. La edad de una bombilla. Y siento que me estoy haciendo joven para la muerte. Por raro que parezca.

A veces tardo en recordar cuál es mi edad. Es un olvido imperdonable. Es la primera señal. Tengo que preguntárselo a los demás. Oye, ¿qué edad tengo? Y me responden: la edad de tus admiradoras, la edad que te mereces, la edad que representas. Los psicólogos dicen que uno lleva en el semblante la edad, sin importar que sea más viejo. La edad de una persona puede ser terriblemente difícil de adivinar, sobre todo si es oriental. Y la edad de las jóvenes que usan tacones por tercera vez en la vida también. El caso es que si la cara o los ojos son el semblante de alma, también hay almas más jóvenes y más viejas.

En todo caso, hay muecas y máscaras que lo estropean todo. Si uno mantiene la cara relajada y bienhumorada, su edad será la de los ángeles. En cambio, si uno tuerce el semblante, su edad se verá multiplicada por dos. También existen los casos contrarios, en los que las excesivas sonrisas marcan la cara con patas de gallo. Quizás porque son sonrisas forzadas, o por la pura genética del individuo, que carga con la edad que tuvieron sus progenitores. Pero la peor edad, es la provocada por el sufrimiento. La edad del dolor, de la angustia, del desespero. La edad de la enfermedad, de la melancolía, de la muerte.

Algunas personas, cuando maduran, ocultan su edad. La edad se convierte en algo secreto, en un tesoro escondido, en una información clasificada. Ocurre sobre todo entre las señoras de perla al cuello y jersey marcando pecho. Ocurre entre mujeres de terraza, entre brujas de aquelarre. Y si les preguntan, mienten como bellacas. Cuando, en realidad, la edad podría ser un detalle insignificante, un dato de valor añadido, un número del que estar orgulloso.

Otros que son, por ejemplo, de la generación del 69, hacen chascarrillos con el número mágico, con la fórmula de las chispas de logos cósmico. Y, no obstante, yo sigo pensando en la edad de las cosas. La edad de los años. La edad de los muertos. La edad de los niños. La edad de las latas. La edad de los elefantes. La edad de las tortugas. La edad de las mariposas. La edad de mi casa. La edad de un cigarrillo. La edad de un manuscrito. La edad de una tabla. La edad de un recuerdo. La edad de una bombilla…

Y siento que me estoy haciendo joven para la muerte. Por raro que parezca.

(Será que estoy rejuveneciendo)

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