¿Pueden el arte y la creación de belleza controlar nuestros instintos?
Está la razón y está la Ley Natural, y están la educación y las religiones y todo eso. Pero se trata de meros cortafuegos, obstáculos casi siempre temporales, para impedir que se desboque totalmente esa fuerza primigenia e innata, que no obstante acaba siempre imponiéndose a todo lo demás y condiciona nuestras vidas.
El instinto de conservación es quizá el más poderoso de todos, el que nos impele siempre a protegernos, a evitar peligros y riesgos y a priorizar nuestro ego por delante de todo y de todos. Egoísmo lo llaman algunos, y ciertamente los menos egoístas mantienen en jaque su instinto de conservación, pero seguramente porque en ellos puede más otro instinto: el de pertenencia a la tribu, para la que es bueno darse con generosidad.
El siguiente en importancia, el instinto de reproducción, es probablemente el que ha movido la historia humana desde los albores del homo sapiens hasta hoy. ¿Qué son el amor, el deseo, la pasión, sino una manifestación – con diversos ropajes – del instinto de reproducción, para perpetuar la especie?
Incluso cuando el hombre alcanza una edad en la que sus funciones sexuales se ven disminuidas o incluso totalmente extinguidas, sigue sin embargo activo el instinto de reproducción en su cerebro y en su mente. El afecto y el amor que un anciano siente por la esposa o por otra mujer, esa atracción por una voz, una ternura, una femineidad, una mirada, vienen también dictadas por ese instinto, aunque el sujeto sea ya incapaz de reproducirse y el cuerpo de esa mujer ya no le provoque excitación sexual.
Si bien este instinto es más potente en el hombre, también actúa en la mujer. En ella se manifiesta de modo más sutil, menos a flor de piel, pero es evidente que la llamada coquetería femenina es el resultado visible del instinto. La afición a maquillarse y la obsesión de la mujer por mantener su cuerpo y su cara jóvenes, recurriendo muchas veces a la cirugía plástica, no es otra cosa que el deseo de agradar y atraer, es decir, el instinto de reproducción.
Éste es tan poderoso en los humanos, que a lo largo de la vida arrolla muchas veces a la razón, a los imperativos morales, a lo que hemos dado en llamar “la sensatez”. Y hasta las personas que consiguen sofocarlo, lo consiguen más por dar prioridad a otros instintos, que por cuestiones de voluntad, racionalidad o sentimientos.
Así el sacerdote célibe, vinculado por sus votos, sólo puede dominar ese instinto cuando lo adormece, dando vía libre a aquel otro, el instinto solidario o de pertenencia a la comunidad (“amar al prójimo como a tí mismo”), que le empuja a dirigir todas sus energías vitales hacia la sociedad de la que forma parte. Y aunque lo haga impulsado por sus convicciones religiosas, es el instinto el que actúa de motor inconsciente.
O cuando el gobernante autócrata es a veces capaz de arrinconar su instinto de reproducción, para dejarlo convertido en una parcela residual de su vida, puede hacerlo porque da paso en su lugar y con toda intensidad al instinto de posesión, la pasión de mandar, la lujuria de la dominación.
La posesión de algo o de alguien, he aquí otro de los grandes impulsos instintivos, que mueven a los humanos desde el origen de la especie. Se trata en definitiva también de poseer, para tener más seguridad y conservarnos mejor.
Nada ni nadie puede erradicar o dominar del todo ese instinto, que ya apunta desde que somos niños y va creciendo con desmesura cuando somos adultos. Ni los axiomas religiosos, ni las apelaciones budistas a vaciarnos y desprendernos de todo ese lastre, pueden neutralizar la fuerza de esa corriente ancestral. El afán de poseer lleva a la ambición de poder y lleva a haber entronizado el llamado derecho de propiedad en nuestra cultura. Es la consagración disfrazada de nuestro instinto de posesión.
Como todos los demás instintos, éste también domina más al hombre que a la mujer. Lo condiciona de manera radical, casi parejo con el otro, el de reproducción. En la mujer, que tampoco se le puede sustraer, actúa no obstante por lo general con más delicadeza, mezclado con el instinto maternal, que no es otra cosa que la posesión aplicada a otro ser, con la finalidad primordial de proteger y perpetuar la especie. Lo que ocurre es que en este caso la posesión entraña lo que parece su contrario: el desprendimiento y la generosidad, como condiciones inherentes a la preservación de la familia. Y esta fuerza instintiva es mucho más potente en la mujer que en el hombre.
El hombre quiere el poder para poseer y a su vez utiliza lo que consigue poseer, para tener más poder. Es un círculo vicioso que se retroalimenta.
La mujer, en cambio, no necesita el poder. Necesita quizá poseer al que lo tiene. Su instinto de posesión, en fusión con el maternal, la empujan una y otra vez a proteger y favorecer a los que considera suyos.
En definitiva, somos animales racionales, pero vivimos y actuamos bajo la dictadura implacable de nuestros instintos. Nuestra racionalidad a lo sumo nos sirve para conocer esas fuerzas que nos mueven y condicionan. Debería servirnos también para ser capaces de sujetarlos, de contrarrestarlos, hasta de superarlos. Pero no es así.
Y llegamos al caso de la creación de belleza a través del arte, volviendo a la pregunta inicial de estos apuntes.
En efecto, pienso que el músico, el pintor, el escultor, el arquitecto, el escritor, cuando crean, hacen entrega a los demás y se liberan, mientras lo hacen, de cualquier dictado instintivo. Todo ello sin perjuicio de que, como seres humanos que son, estén también sometidos al poder de los instintos, muchas veces con particular virulencia, fuera de su actividad creativa.
Pero también hay otros colectivos humanos, algunos anónimos o desconocidos, que al entregarse solidariamente a los demás, parecen quebrar con ello el yugo de instintos como el de conservación o el de posesión. Médicos, misioneros, ONGs, todos ellos triunfan sobre los instintos, quizá de modo aún más vital que los creadores de arte.
En todo caso, tanto los creadores de belleza como los otros, los creadores de solidaridad, son como el eslabón que trasciende nuestra naturaleza biológica y – más allá de la tenaza de nuestros instintos – nos hace realmente libres.
Fuera de ellos ya sólo quedan los santos.
Aunque quién sabe si ellos también son artistas y creadores, al fin y al cabo …





