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POR LOS EXPLOTADOS

Un minuto de silencio que se hizo más que eterno

El silencio flotó sobre las cabezas de los presentes como una tibia neblina que erizó sus cabellos y los humedeció, como un zumbido que venía de otra parte, y que no era de este mundo.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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“Un minuto de silencio por los explotados y los oprimidos”, dijo el orador. El silencio flotó sobre las cabezas de todos los presentes como una tibia neblina que erizó sus cabellos y los humedeció, tal que una nube de libélulas que alzase el vuelo, como un zumbido que venía de afuera, de otra parte, y que no era de este mundo.

Cuando se acabó el minuto los presentes comenzaron a hablar, pero el orador seguía inmóvil, como si estuviese conteniendo la respiración en las alturas de su púlpito, mirando con una mueca de extrañeza a los asistentes, que no habían comprendido que “un minuto” era sólo una metáfora, una forma de hablar, y que los que estaban siendo explotados eran demasiados como para concederles sólo un mísero minuto de su tiempo.

Al de poco rato más, un hombre gritó: “¡Ya ha pasado un minuto!”, pero el orador le miró como a una sabandija, como a uno que no se merecía el cielo, como a uno que no conocía la tierra por donde pisaba, así que, entre los murmullos del resto, y la reprensión de una señora al hombre puntual, la masa calló de nuevo en un silencio lúgubre y aplastante, un silencio que precede a una tormenta, y el minuto se alargó hasta que fueron tres los minutos, y después cinco, y ya la gente empezaba a sospechar que el reloj del orador se había parado o algo por el estilo, y que era necesario recordarle, una vez más, que el dichoso minuto había transcurrido.

“Llevamos cinco minutos aquí, sin hacer nada", farfulló un hombre de pelo cano, su voz se alzó entre los presentes y la gente comenzó a murmurar que el orador se había vuelto loco, mientras el susodicho les miraba inerte, sin expresión ninguna, quizás con cierto desprecio, y clavaba sus penetrantes pupilas en las zonas donde más ajetreo había, como si fuese a sacar un arma y ametrallar a los ruidosos, como si conociese un secreto que nadie más sabía acerca de la duración de aquel minuto eterno, de aquellos siete minutos que habían transcurrido ya hasta llegar a diez, e incluso el tímido que se atrevía a mirar su reloj por si éste estuviese parado o todo lo contrario, sentía como si el techo fuera a desplomarse sobre su cabeza en ése preciso instante.

Ya la gente no aguantaba más, algunas mujeres desplegaron sus abanicos, y los hombres encendieron sus cigarrillos puros, a pesar de saber que estaba totalmente prohibido, quizás como una muestra de resistencia, de rebeldía hacia ese minuto que se había transformado en diez minutos de silencio, mientras otros silbaban o cantaban una habanera a media potencia de voz. Ellas empezaron a charlar entre sí de cosas nimias, y ellos de los resultados del último partido de su equipo, y en algunos puntos de la asamblea se desataron discusiones sobre las cosas que se denominan importantes, no solamente los oprimidos y los explotados, decían unos, y otros razonaban que precisamente por ello se había alargado el minuto, y que ese era ya un cuarto de hora de silencio por ellos mismos, así que no debería suceder nada de lo que estaba pasando.

A los veinte minutos un valiente ascendió al púlpito y colocó un espejito bajo la nariz del orador, y dijo: “Este hombre… ¡éste hombre está muerto!”.


(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).

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