-Permíteme que te trate de tú. Nunca creí que fueses tan bella.
-Si empiezas al galope………..mal –responde ella.
-No, primero al paso, luego al trote, después al galope.
-Claro, las velocidades van entrando en orden.
-Sí… De lo contrario el animal no está caliente –concluye el hombre.
La conferencianta bebe un sorbo de vino, dejando una huella de carmín en la copa, y prosigue:
-Si saltas, no llegas a la meta.
-Pues yo una vez salté, me morí de miedo, pero fue una gozada seguir galopando –repone el conferenciante, bebiendo también un sorbo de vino.
-Creo que antes hiciste mentalmente el paso y el trote –dice ella, sonriendo.
-Pero casi se me para el corazón de ansiedad.
-¿Ves? Qué bonito es eso: llegaste al galope ya muy preparado.
-El animal también estaba ansioso por galopar.
-Si, suele ser mutuo y contagioso –ríe ella con una carcajada cristalina.
-Y se puede galopar otra vez después de reducir el ritmo –continúa él- muchas veces seguidas, sin beber agua.
-Sí- afirma ella tocándose el cabello-. De una manera u otra, se vive.
-Bebiéndote el sudor salado. A sorbos…
-¿O a lametones?- le interrumpe ella.
-Como si fuesen lágrimas –responde el otro.
Durante unos instantes, se quedan en silencio, mirando cada uno su copa de vino rubí.
Ella rompe el silencio: -Entonces a sorbitos, succionando.
-O gotas que caen –dice él- Entonces a lametones.
-Si caen….. hay que lamer. Jajajajajaja- ríe la conferencianta.
-Ahora acabamos la estampida y lavamos al animal. Empezando por las patas, para que no coja frío. Siguiendo por la barriga, el lomo, el pecho… Y al final la cabeza. Lo agradecen. Y ahora al establo, a comer un poco –concluye el conferenciante.




