1. Inicio
  2. Opinión
  3. Comunidad de blogueros
  4. Tristeza profunda y falta de palabras ante la tragedia de Germanwings

VUELO 4U9525

Tristeza profunda y falta de palabras ante la tragedia de Germanwings

150 velas en la catedral de Colonia para las víctimas de la tragedia y también para Andreas Lubitz. Imaginar lo que siente la familia del copiloto suicida-homicida, es casi un ejercicio imposible.

Hechosdehoy / Germán Loewe
Etiquetado en:
fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo

Pasaron ya unas pocas semanas. La tragedia segó 150 vidas humanas en unos segundos, cuando el pájaro de acero impactó en una dura y fría pared rocosa a más de 700 km por hora. Hoy ya sólo es noticia de portada por el funeral celebrado en Colonia en recuerdo de las víctimas.

La vorágine de lo que sucede cada día en el mundo arrolla y atropella sin contemplaciones a lo que ya sucedió, lo relega forzosamente al silencio informativo, que precede al olvido. Y es bueno que así sea. De otro modo sería imposible seguir viviendo, acometer la tarea diaria.
Pero hay 150 familias destrozadas, desesperanzadas, para las que no hay silencio ni olvido posible. Sólo hay una inagotable tristeza para afrontar lo que a cada cual le quede por vivir.

Dicen que la vida es bella. Pero también es muy cruel. La belleza de la vida es de una fugacidad asombrosa. Casi tan fugaz como el impacto de un avión pilotado por un enfermo que sólo quería destruirse y destruir. El mecanismo cerebral que esa mente transformó en acción homicida quizá fuera también cosa de milésimas de segundo, si es que el pensamiento se puede medir en el tiempo. En todo caso, un fogonazo y se termina abruptamente, inesperadamente la película de la vida, cuyo final siempre suponemos reservado a los demás.

¿Alguien es culpable? ¿Alguien a quien pudiéramos odiar, detestar, aborrecer, por haber causado tanto daño? Si lo hubiera, el dolor no sería menor, pero quizá la muerte tendría más sentido, como resultado de un asesinato colectivo frío y deliberado.

Sin embargo aquí han muerto por puro azar. Los del vuelo de vuelta, en vez de los del vuelo de ida. Todo condicionado por una simple necesidad fisiológica del comandante, que propició la ocasión y de repente impulsó al suicida.

¿Sabía Dios lo que iba a pasar?

Como ser omnisciente hay que concluir que lo sabía, pero dejó que ocurriera. “Esa es precisamente nuestra libertad”, dirán los creyentes a machamartillo. Pero siempre hay creyentes desengañados y frustrados, que no pueden concebir un Dios todo bondad que permita tantas muertes inocentes, que consienta que la mente de un psicópata destroce vidas y familias, o que un tsunami haga lo propio.

Para ellos – los desengañados – la Providencia divina debería implicarse en esto. Pero ¿cuál debería ser el alcance de esta famosa providencia? No hay respuesta satisfactoria y todo el andamiaje se tambalea.

Quizá es que la vida y la muerte son meros cambios, la alternancia de diversas formas de energía que se van sucediendo y renovando dentro del orden natural, sin mayor trascendencia en el universo. Y en tal caso la providencia de un ser supremo tendría otras prioridades a las que atender.

Pienso que la belleza de la vida estriba precisamente en su extrema fragilidad. Como la belleza de una flor, que se marchita y muere continuamente. Sea como sea, me embarga una gran melancolía. La impotencia ante el desconsuelo y el sufrimiento ajeno, que ni siquiera las consignas religiosas pueden remediar.

Imaginar lo que estará sintiendo la familia del copiloto suicida-homicida, resulta casi un ejercicio imposible, desde el cobijo aséptico de los que vemos “los toros desde la barrera”, apoltronados frente al televisor o leyendo noticias en un periódico.

Claro que en este caso la tragedia nos toca de cerca y nuestra compasión es más real y tangible, que la que podamos sentir ante otros muchos dramas terribles, pero geográficamente más alejados. Asesinatos de estudiantes cristianos en Kenia, decapitaciones en Irak y Siria, todos estos horrores también configuran un inmenso valle de lágrimas, que a lo mejor nos conmueve sólo unos minutos, porque quedan en un universo que ni entendemos, ni queremos conocer. Aunque a fin de cuentas sea tan humano como el nuestro.

En mis elucubraciones insensatas, me pregunto cuál es la razón por la que desarrollamos sentimientos de tanto afecto y amor hacia nuestros seres más cercanos, sean familia o amigos. ¿Por qué necesitamos tanto querer y ser queridos, aún a costa del sufrimiento que esto entraña?

La respuesta es que somos humanos y el amor es el único sentimiento que nos ensalza y por el que vale la pena vivir, poco o mucho. Y el sufrimiento, a veces casi irresistible, nos hace mejores como personas.

Pero la tristeza es profunda, porque la separación traumática es irreversible. Y eso sólo se puede asumir si somos capaces de relativizar la vida, y a nosotros mismos con ella.


Este viernes se celebró en la catedral de Colonia una ceremonia ecuménica -católica, evangélica y ortodoxa- en recuerdo de las víctimas del vuelo de Germanwings de Barcelona a Düsseldorf. 150 velas, una por cada fallecido, incluido una para el copiloto suicida-homicida. Incredulidad ante lo sucedido por parte del presidente alemán Joachim Gauck y sinceridad del arzobispo Rainer Woelki. "Aquí estoy como hombre, como cristiano y como arzobispo. Y no dispongo de una respuesta a esta terrible tragedia", dijo a los 1.400 invitados, entre ellos la canciller Angela Merkel y el ministro Jorge Fernández Díaz.
 

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Fill out this field
Fill out this field
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
You need to agree with the terms to proceed

twitter facebook smarthphone
Menú