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PENTAGRAMA BOHEMIO

Sonata para una actualidad pavorosa en un ordenador de 79 teclas

Canté los titulares, con ritmo de ópera loca de Bononcini, que parecía discutir desaforadamente con Stockhausen y a punto de batallar con Tchaikovsky.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Mi ordenador tiene exactamente 79 teclas. Y un piano 88. Me proponía componer mi sonata sabiendo que me faltarían teclas (siempre faltan teclas) para expresar mi visión del mundo tal y como es ahora.

Comencé con un pianísimo, por aquello de introducción, nudo y desenlace, y me salieron unas delicadas notas que se convirtieron en armonías, actos de solidaridad, salvamentos, bosques que seguían siendo verdes, proyectos de nuevas formas de energía, bálsamos para curar enfermedades, reconstrucciones después de una guerra, y todo ello parecía un himno al Himno de la Alegría de Beethoven –salvando
las distancias- pero mi melodía se convirtió luego en un andantino, allegre ma non troppo.

Las notas se agruparon en manifestaciones y cargas de la policía, aviones que caían irreversiblemente al vacío, muros que trataban de atravesar los seres humanos, hambre, descongelación del hielo, excesos bancarios, y también en política, así, como si estuviera acostumbrado a ella, a que esto malo y aquello peor sucediese cada día. Cuando tocaba la tecla 14, correspondiente a la política, me salía un
desafinado propio del dodecafonismo, que yo tenía que arreglar con un acompañamiento de samba, un final caliente, rápido y sereno que se iba deshaciendo como la espuma de mar.

Pero no había remedio, mi melodía se transformó en un tremendo estacato, un tormento romántico –absurdamente romántico- que subía y bajaba y se plantaba de pronto en una gran explosión desafinada, un jazz infernal, como si el gato hubiera saltado sobre el piano. Me faltaban las teclas, las palabras, el ritmo, la cadencia, el pentagrama bohemio que me sacase de esa furia contenida, de esa tecla desafinada, de ese perseguir a la musa como un violador.

Canté los titulares, con ritmo de ópera loca de Bononcini, que parecía discutir desaforadamente con Stockhausen y a punto de batallar con Tchaikovsky -tremendamente malhumorado- repudiando la poesía y escupiendo sobre el teclado del ordenador que echaba humo.

Todo tornó en una tormenta de Rachmaninov, volví al blues de un Muddy Waters que le dio la vuelta a todo, y, después de un estallido de tobogán llameante y un nuevo salto de gato furioso acabé tocando tres notas, sólo tres notas, una y otra vez, con una mano manca apoyada en el teclado, sólo tres teclas, y una de ellas, una de esas tres teclas, era la tecla desafinada.

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