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LA ESCAPADA

El ovni de Carlitos y cómo se bajó para ir a comprar tabaco

Carlitos estaba encantado siendo la estrella: "Claro-claro-claro", dijo, "era un ovni-un ovni muy grande, ¿eh?. Ha aterrizado, todo con luces y ¡uuahhhh!, así, me ha llevado.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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“Yo os voy a contar lo que ha hecho esta pieza”, dijo Cayetano, lo cual provocó la sonrisa espontánea de los dos ertzainas. “Le han encontrado a cinco kilómetros de aquí. ¡Cinco kilómetros! ¿Cómo has podido correr tanto, cabrón?”, le preguntó Cayetano a Carlitos, meneando la cabeza, y continuó: “Han llamado desde un caserío, el de los Arístegui.

¡Ahí le tenían, comiendo huevos fritos! ¡Como te lo cuento! Por lo visto se ha presentado ahí, en el caserío -en pijama- y les ha dicho a los Arístegui que tenía hambre. ¡Claro, cuando le han preguntado qué quería comer, ha pedido huevos fritos con chorizo! ¡Y luego tabaco! Como el baseritarra no fuma cigarrillos, le ha dado un puro habano. ¡Menudo elemento está hecho! ¡Hasta se ha fumado un puro!”.

Mónica e Isabelita se reían como locas. “¿Y qué os ha dicho cuando le habéis ido a buscar?”, preguntaron. “Pues nos ha dicho que había subido a un ovni”, respondió un ertzaina, “y que después les ha pedido a los extraterrestres que le bajasen, porque quería comprar tabaco”. Mónica no podía contener las lágrimas de la risa: “¡Ay, Carlitos! Eres un demonio…”

Carlitos estaba encantado siendo la estrella: “Claro-claro-claro”, dijo, “Era un ovni-un ovni muy grande, ¿eh? Ha aterrizado, todo con luces y ¡uuahhhh!, así, me ha llevado, y luego tenía hambre, pero no me iba a escapar, ¿eh? No-no, sin tabaco no, que lo tiene Cayetano”.

“Pero qué tabaco ni qué tabaco”, dijo Cayetano, “¡Que no te queda! ¡Que te lo has fumado todo!”. Carlitos le miró, incrédulo. “Toma, ¿quieres uno?”, le dijo entonces un ertzaina sacando el paquete de Ducados del bolsillo.

Carlitos atrapó el pitillo rápidamente, dejándose dar fuego por el propio policía, y maravillado del buen trato que estaba recibiendo. Poco a poco el tumulto de pacientes y enfermeros que se había formado en el pasillo se disolvió, y los agentes se despidieron de Cayetano, no antes de desearle que su hijo metiese algún gol aquél domingo.

“Ahora viene lo bueno”, murmuró el nuevo, que observaba la escena con los compañeros. No se equivocaba, porque Cayetano agarró a Carlitos por el brazo, y le llevó a su habitación, pese a sus protestas, diciéndole que estaba castigado, y que él sí que le iba a dar “ovni”.

En el dormitorio, Carlitos se quedó un rato con Mónica hasta que Cayetano volvió con las correas de cuero. Entonces le ordenó que se acostase y después procedió a atarle con las correas, de pies y manos, a los hierros de la cama. “¿Por qué le atas?”, preguntó Mónica, “¡Si ahora está tranquilito!”. Cayetano, sin interrumpir la tarea, le contestó: “Mira Mónica, tú aquí sólo estás de prácticas. Yo estoy a punto de jubilarme, y sé cómo tratar a este pájaro.

¿Sabes cuántas veces se ha escapado? Si no le ato no será nunca consciente de la putada que nos ha hecho, ¿entiendes? No hay otra forma de hacérselo comprender que amarrándole. Además, por una noche que esté atado no le va a pasar nada”. Mónica no pareció muy conforme: “Bueno, ¡si tú lo dices!, pero a mí no me parece que sea necesario”.

“Vale, Mónica, si no estás conforme se lo cuentas mañana al médico, a ver qué te dice”, la espetó Cayetano. “Pero la próxima vez, cuando se te ocurra la feliz idea de hacer una excursión, espero que le vigiles mejor”, concluyó, mientras terminaba de ajustar las correas a los pies de Carlitos, que se había puesto a gimotear.

Aquella noche, mientras los internos miraban la televisión, no dejaron de escucharse los gritos de Carlitos, que lloraba amargamente.

“¡Cayetano, suéltameee!”, se le oía implorar, con la voz entrecortada por los sollozos: “¡Cayetano, por favor, que no lo vuelvo a haceeer!”.

Mientras tanto, Cayetano, en la mesa de los enfermeros, le aseguraba a un compañero que su hijo estaba en muy buena forma, y le apostaba unas perras a que metía un gol ése mismo domingo.

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