Soledad, hija de pescadores encontró en la playa esa mañana cadáveres de atunes despedazados por las redes.
Y en las barcas, tinta de sepia, algo de sal y krill.
“Agua mojada”, dicen los sabios
“Agua pasada”, dicen los necios
“¡Que han secuestrado del mar
a un monstruo marino
muerto a disparos
de anzuelos y arpones!”
Anclada estaba Soledad a la quilla como un erizo de las profundidades, como una sirena humillada, como una lapa que viaja, rémora en los recuerdos que atrasa la vuelta del bergantín de la memoria.
Y el mar se lanzaba hacia ella como un amante impetuoso, derribando una y otra vez su muralla de arena. Sentía pena por las sirenas. Y por los marineros anclados a un puerto olvidado.