Hola, me llamo Ola, soy un surfero, no les estoy saludando. Me he dedicado a recorrer el mundo sobre un remolino de espuma nueva hasta llegar a este punto de mi vida, en el que la sal me moja los dedos hechos de krill.
Ni siquiera he escrito este texto, lo ha hecho mi padre, servidor del mar que alcanza, desde el cielo, con sus gaviotas, las almas de todos los hijos, de todos los niños, de todos los marineros, de todos los peces, las algas, los corales. No soy quién para hablar de ello. Solamente soy un desconocido que se acerca a su casa -el mar- de cuando en cuando, aliviando en lo poco que puede su existencia. Y sé que el océano me será leve.
Cuando entro en la garganta de la ola, ella me escupe por el otro lado después de un viaje alucinante en un espacio de tiempo diferente. Así llegué a las costas de California, durante un periplo que duró tres años y pico, o más, quién sabe.
El caso es que una vez vi una ola muerta. Estaba varada en la orilla, en la arena. Intenté darle agua para que se ahogase con el oxígeno pero aquello no sirvió de nada. Pensé en esos momentos en mi padre, en que me estaría diciendo, para fraseando a Salinger: “Un buen día para el pez plátano”, y me vi a mí mismo comiendo una fruta tropical como el plátano de Canarias, para recuperar fuerzas.
Hola, me llamo Ola, soy un surfero, no les estoy saludando. Me he dedicado a recorrer el mundo sobre un remolino de espuma nueva hasta llegar a este punto de mi vida, en el que la sal me moja los dedos hechos de krill.
Y recuerdo a mi padre muerto a cada ola, las tres marías, que sin duda rezarán por él en el Infinito elevado al Infinito.
De las islas Canarias no quiero ni oír hablar, van a matar el azul del mar.




