No deja de intrigarme lo que percibo al observar la relación entre los humanos, desde mi propia condición de uno más entre ellos. Es una relación de afectos, desafectos o indiferencia. Pero en cualquiera de estos tres casos es una relación de “fachada”, de puertas afuera, de mostrar sólo una pequeña parte de nosotros mismos, como la punta del iceberg.
Pero el resto queda dentro y rara vez puede ser aprehendido por el otro.
Quizá ni nosotros mismos somos capaces de conocer y describir completamente todo lo que pasa en nuestra mente, aunque creamos verlo con lucidez en nuestro interior. Pero la lucidez en el plano consciente no puede alcanzar a ahondar y revelar lo que sucede en el plano subconsciente, tan real como el primero y sin embargo tan escurridizo e inaprensible.
Pues la constante superposición, la permanente interacción de ambos planos da como resultado nuestra personalidad, nuestra identidad. Y no somos capaces de exponerla o exhibirla totalmente ante los demás, nuestra transparencia es en el mejor de los casos la de un cristal esmerilado, que deja pasar la luz, pero impide apreciar con detalle los objetos y sus contornos.
Por eso es tan difícil la comunicación. Porque hasta las personas más extrovertidas y comunicativas no van más allá – cuando se comunican – de mostrar una pequeña parte de su verdadero yo. También ellas ofrecen su “fachada”, aunque sin duda ocultan menos porción que los poco comunicativos. Aquí me viene a la memoria la alusión de Goethe a la "ciudadela inexpugnable" que todos guardamos en nuestro interior.
Además pienso que en realidad es imposible conocer hasta el fondo al otro, dado que en la mayoría de los casos no somos ni capaces de conocernos a nosotros mismos. Ya desde los inicios de la historia del pensamiento humano se viene recomendando el nosce te ipsum (conócete a ti mismo), como vía esencial para el perfeccionamiento del yo y requisito para la comunicación social y la convivencia. Este lema estaba inscrito en griego en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, en la antigua Grecia, y fue continuamente reiterado por Sócrates.
Muchos siglos y muchos pensadores después, la técnica del psicoanálisis ideada por Freud y su posterior desarrollo con Jung y la psiquiatría moderna, constituye una senda más elaborada y sofisticada para penetrar en el intrincado mundo del subconsciente, si bien no puede sustraerse a las barreras infranqueables que al final siempre cubren – o quizá protegen – lo más íntimo de nuestro yo.
Así pues, los más religiosos recurren a la meditación, la oración y la confesión como catarsis. Los agnósticos recurren a la reflexión y al diván del psiquiatra con la misma finalidad. Unos y otros lo intentan, y a lo mejor se acercan algo más al autoconocimiento, gracias a intentarlo. Pero a la hora de proyectarse hacia afuera, hacia el otro, el propio autoconocimiento inhibe la comunicación integral. Nuestro subconsciente vuelve a hacer de las suyas y un pudor incontrolable impide la total desnudez de nuestro yo, incluso al comunicarnos con los que más queremos, amamos o deseamos.
Aún así es vital la comunicación. Nos humaniza y nos acerca al otro, sin el cual no podemos subsistir en solitario. Y cuanto más logremos abrirnos al prójimo, mejor funcionará la convivencia y por lo tanto mayor progreso alcanzaremos como sociedad. Por ello, cuando se apela al diálogo, frente al aislamiento y al dogmatismo, realmente se está invocando la necesidad de comunicación, y al escuchar de verdad al otro, también aumenta nuestra capacidad de proyectarnos desde la introspección.
Pero dicho esto, se alza el gran interrogante: si la comunicación total es imposible, ¿cómo podemos lograr la verdadera unión en el amor o la confianza integral, basada en el conocimiento completo del otro?
Porque desde un enfoque puramente racionalista parece que la transparencia de nuestro yo tenga que ser necesariamente la premisa indispensable para que las personas sintonicen y se sientan vinculadas en el plano espiritual, sentimental, afectivo.
Sin embargo la realidad es otra.
Interviene un factor decisivo, que trasciende al silogismo:
“Para poder amar y confiar hay que conocer.
Conozco a fondo a Juan.
Luego le puedo amar y confiar en él.”
El factor al que aludo escapa a los razonamientos aristotélicos y es de naturaleza emocional. Pertenece a la esfera de los sentimientos, esas vibraciones psicosomáticas que anidan en nuestro cerebro o quizá en nuestra alma, si es que ambas cosas son deslindables.
Los sentimientos humanos son un misterio. No me atrevo a afirmar que estén condicionados o influidos por la razón, si bien tengo la impresión de que la propia razón es a su vez una parcela del sentimiento.
En todo caso, lo cierto es que los sentimientos son determinantes para el afecto, el desafecto e incluso la indiferencia. Y lo son en mucho mayor medida que la percepción o el conocimiento de la auténtica personalidad del otro. Porque suplen de manera sutil lo que el otro no nos deja ver. Se rigen por impulsos o corrientes de naturaleza híbrida, tanto emocionales como corporales.
Es lo que hemos dado en llamar “la química” entre las personas. Es como si fuésemos al encuentro del otro en la misma longitud de onda. Entonces se produce el efecto de la sintonía, y esa sintonía va más allá de los resultados de un análisis racional, hecho en función de conocer a la persona. Esa conexión casi inexplicable no necesita apenas del conocimiento. Mientras existe, es más fuerte que éste. Es el sentimiento, motor supremo de nuestras vidas.
En ese sentido, el dicho popular de que el amor es ciego responde a la realidad. Y no sólo el amor pasional es ciego, también lo sigue siendo en alguna medida el amor sereno, o la simpatía, o la animadversión.
Todos los órdenes de la vida y de las relaciones humanas dependen más de los sentimientos que de otras consideraciones racionales, utilitarias o prácticas.
Por eso es esencial el nosce te ipsum.
Por eso es necesario despojarse de fachadas frente al otro, para que los sentimientos fluyan en la buena dirección.





