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“Querido Yuri Nikolaiev:
Simferópol amanece de fiesta en esta fría mañana de marzo, cuando te escribo desde mi alcoba de mujer solitaria y cuando despunta el día que ya anuncia próxima la primavera. Veo pequeños brotes por todas partes y aunque quedan días y semanas de frío todavía, se siente el renacer de la naturaleza, quizá se siente una mezcla de renaceres, el vegetal y el de nuestra vuelta a la madre Rusia.
Allí en Kiev todavía sois prisioneros del frío. Es lo normal con vuestro clima. Imagino que te sentirás triste e impotente, por haber iniciado un levantamiento que ha desencadenado la pérdida de Crimea. Pero tú sabes que esto se estaba incubando desde hace tiempo. Lo ocurrido en Kiev no ha sido más que la chispa final. Al fin y al cabo Nikita Kruchev nos traspasó a la Ucrania soviética sin preguntar a nadie, y allí nos dejaron cuando la independencia en 1991. Pero nuestros corazones seguían siendo rusos, no ucranianos. Tú lo sabes bien, por las muchas conversaciones y discusiones que hemos tenido sobre este tema en todos estos años.
Tú nunca estuviste de acuerdo conmigo en esto, porque no querías ver la realidad. Te aferrabas a la legalidad, que a veces no se corresponde con esa realidad. Es lo mismo que está pasando ahora, tanto por parte de vuestro nuevo gobierno – de más que dudosa legalidad, por cierto – como por parte de la Unión Europea y Estados Unidos. La democracia según todos ellos no es lo que siente y desea la gran mayoría de los ciudadanos de un territorio; es mantener lo que dicen las leyes, aunque contradigan lo que siente el pueblo.
Sé muy bien que estás en profundo desacuerdo conmigo en este asunto y que tu sentimiento nacional es otro, de rechazo a Rusia y mirando más a Europa. Me duele que así sea por dos motivos: primero, por constatar que en algo tan fundamental discrepamos radicalmente; segundo, porque Kiev y la tierra ucraniana es la matriz histórica de Rusia, a la que todos pertenecemos. Y me parece que Ucrania no puede ni debe renegar de Rusia, sin que eso vaya en contra de mirar también a Europa.
Pero basta de hablar de política y de sentimientos nacionales. Esta carta que te escribo es para hablar de sentimientos personales, de ti y de mí.
Desde aquel lejano día en que nos conocimos en el colegio público de Simferópol, del que yo era directora y al que tú te incorporaste como profesor de historia procedente de Kiev, han pasado años y han pasado también grandes cambios en nuestras vidas. Yo me enamoré de ti a primera vista y supe enseguida que eras el hombre de mi vida. Y lo supe porque las mujeres tenemos un mecanismo erótico-emocional muy evolucionado y afinado, que establece una sintonía con un hombre determinado y luego se adhiere a él, a su personalidad y a su cuerpo, con todas las consecuencias. Aunque haya excepciones – que confirman la regla – no fue mi caso y me proyecté toda entera hacia ti.
Luego vino nuestra boda, nuestras noches de amor apasionado, nuestro pequeño apartamento junto al río, nuestros veranos en
Yalta. Pero no vino ningún hijo, que yo deseaba intensamente y tú sólo a medias, absorbido como estabas por tus estudios históricos. Siempre estuviste convencido de que yo era la estéril, pero yo sabía que el estéril eras tú. Y lo sabía, porque todas las pruebas a las que me sometí, daban como resultado mi total capacidad para concebir hijos. Tú en cambio no quisiste hacer pruebas, tu machismo innato te lo impedía.
Pero es igual, yo te amaba lo mismo y me adapté a nuestra vida sin descendencia. Me dije a mí misma que a lo mejor el destino quería que así me consagrara de lleno a tu persona y a construir nuestra vida en común. No sé si esto lo percibiste alguna vez.
Yo era feliz contigo. Me bastaba mirarte, oír tu voz, sentir tu mano sobre mi hombro. Yo admiraba tu rigor intelectual y contigo me sentía en casa, en el más amplio y colmado sentido de la expresión.
Hasta que hiciste aquel viaje a
Kiev, para preparar tu tesis doctoral. Cuando regresaste habías cambiado. Eras de repente otra persona. Te habías afiliado a ese partido nacionalista y tu trabajo como profesor empezó a perder importancia. Y yo también perdí importancia en tu vida, aunque me lo negaras en la cama. Quizá no habías cambiado. Simplemente eras tú de verdad, el que en el fondo siempre habías sido. Ya se dice que las personas nunca cambian realmente; no sé si a mí me ocurre lo mismo.
Lo cierto es que aquella compenetración íntima que nos unía se estaba debilitando progresivamente. Yo me desesperaba, pero veía que tú te estabas encapsulando en otro mundo, otra visión de la vida, otros principios, cada vez más alejados de los míos.
Luego, en nuestras frecuentes discusiones, te empeñabas en que tu sentimiento seguía inalterado y unas simples discrepancias no podían afectarle. Me hacías el amor con el cuerpo, pero yo registraba la ausencia de tu mente y eso inhibe la liberación afectiva y pasional de una mujer.
Tu participación cada vez más activa en el movimiento de oposición en la Maidán de Kiev, te acabó obligando a alejarte de nuestra casa y a pasar semanas y meses en un piso alquilado en Kiev, que tu partido te pagaba. Entonces nuestro distanciamiento emocional se acrecentó todavía con la distancia física. La última vez que estuviste conmigo en casa, hace casi dos meses, me reiteraste tu amor más allá de nuestra total divergencia y quisiste rubricarlo con esa noche – nuestra última noche – de pasión, que para mí casi fue como acostarme con un extraño.
Desde entonces recibo llamadas telefónicas de vez en cuando. La última acabó en discusión y cólera por lo sucedido aquí. No se trata de que mi amor por ti dependa más o menos de que coincidamos en todo. Pero sí he comprendido que no estar unidos en cuestiones fundamentales, que afectan a nosotros y a nuestra visión del mundo, es por desgracia un impedimento para compartir nuestras vidas.
Ya te he perdonado tus líos de faldas en Kiev, que tú ni siquiera sabes que conozco. Como bofetada a mi lealtad me han dolido profundamente, pero lo he superado porque te amo y creo que amándote debo incluir también tus debilidades. Sin embargo, nuestra falta de sintonía y compenetración en lo fundamental, que es un hecho y no una culpa que perdonar, eso sí que abre un vacío en mi vida. Eso no se suple con bellas frases y retozando en una cama. Eso va más allá y significa que nuestra relación ya no tiene futuro.
Por eso te voy a dejar para siempre, porque mi amor se ha quedado sin aire. No intentes acercarte a mí o convencerme. Sería completamente inútil.
El sol ya se levanta sobre el río de Simferópol y la vida sigue. Sin ti, pero sigue.
Te deseo lo mejor.
Yulia.”