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¿SIRVEN PARA ALGO?

La contraseña, visado de entrada para Twitter, Facebook o Spotify

Está visto que el Gran Hermano es capaz de espiarnos y conocer nuestra intimidad, más allá de todas las contraseñas tras las que nos pertrechamos con la ilusión de mantener nuestros secretos.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Ahora que acaba de comenzar el nuevo año he visitado a mi amigo Jorge Federico en Halle, Sajonia. Hace años que lo hago por estas fechas. Mi amigo se llama Händel, como el gigante del Barroco, pero nada tiene que ver con él. Aunque sí con su música, que se conoce al dedillo y que interpreta en su piano.
 
En particular le subyugan las ocho suites para clave (o piano), que no deja de tocar o de escuchar con devoción.
 
         Ya me ves, todo un ingeniero de telecomunicaciones y sin embargo esta música no me telecomunica con nadie. Más bien me transporta al mundo de mi tocayo y me da placer, una sensación indescriptible, como de estar fuera del tiempo y de la vida, o como verlo todo desde un plano exterior a lo tangible.
         No sé si te entiendo, pero te percibo, que no es lo mismo.
 
         Sí, claro que no es lo mismo. La razón, el discurso lógico, frente al sentimiento, lo inaprensible pero quizá al final lo único real. Händel opuesto a Aristóteles o a lo mejor llegando a Platón a través del contrapunto aristotélico. Como en un espejo …
         Me gustaría poder seguirte, pero mis muchas horas de internauta me tienen casi alienado.
         También yo me paso buena parte del día pegado al endemoniado ordenador. Pero he descubierto que si lo hago escuchando música lo soporto mejor.
 
En esto entra una señora de mediana edad en el saloncito.
 
         Mira, te presento a Ingrid, que es mi ama de contraseñas.
         ¿Querrás decir tu ama de llaves?, pregunto mientras saludo a Ingrid.
         No amigo mío, he dicho lo que he dicho. Lo de las llaves está ya pasado. Ahora estamos en la era de las contraseñas.
         Pues a ver si te explicas.
 
         Está muy claro. Como sabes por experiencia propia, vivimos en un mundo que ya no se puede concebir fuera de Internet. Nuestra dependencia de la Red es absoluta, en el trabajo y en la esfera privada. Hemos creado un universo virtual que acaba siendo tan real como el otro, el que tocamos, oímos, olemos, respiramos. Pero para acceder a ese universo virtual nos hemos impuesto controles, claves, verificaciones. Todo ello en nombre de nuestra seguridad y privacidad. Y ahí surgen las contraseñas. Son como visados de entrada, necesarios para franquear las puertas que sellan las estancias digitales, a las que somos adictos sin remisión. Aunque por otra parte, está visto que el Gran Hermano es capaz de espiarnos y conocer nuestra intimidad, más allá de todas las contraseñas tras las que nos pertrechamos. Por lo que a veces me pregunto si sirven para algo, como no sea para mantener a través de ellas la ilusión de nuestro secreto reducto. Sea como fuere, nos vemos obligados a inventar una batería de contraseñas, para acceder al ordenador, para Facebook y Twitter, para entrar en las cuentas bancarias, para comprar on line, para la tarjeta de crédito, para abrir el móvil, para YouTube, para Apple, para Spotify, para el cajero automático, para el séptimo sello…
 
         Un momento, ¿qué quieres decir con el séptimo sello? ¿Te refieres a la película de Bergman o al del Apocalipsis? Te diré, además, que yo he simplificado al máximo el lío de las múltiples contraseñas. Lo que hago es utilizar siempre la misma, que tengo muy memorizada, para la mayoría de los accesos requeridos. Desde luego la del séptimo sello no la tengo, porque no sé qué me va a desvelar.
 
         La brillante idea de utilizar siempre la misma contraseña la he descartado. Sencillamente porque de ese modo seguro que le facilito aún más al Gran Hermano acceder a todo lo mío privado. Al menos que tenga más trabajo si uso múltiples claves. En cuanto a lo del séptimo sello, me refiero al Libro de los siete Sellos del Apocalipsis de San Juan. El séptimo que se va abriendo es el de la perfección y para llegar a él utilizo la clave de mi tocayo Händel del siglo XVIII. Porque él tocaba y componía para clave y todo este mundo de símbolos numéricos y cromáticos del Libro de los siete Sellos también es clave, o sea llave, o sea contraseña para percibir la perfección de su música. Y fíjate en el número 7, que es también un número clave: los 7 Sellos, las 7 Trompetas, las 7 Copas, todo en el Apocalipsis. Y no es casual que la suite más perfecta de Händel sea precisamente la número siete.
 
         Oye Jorge, te estás yendo por las ramas. No sé si porque el tema de las contraseñas te ha sorbido el seso, o porque escuchas tanto a tu tocayo, que todo lo ves a través de su música.
         Puede que tengas razón. En todo caso mi tocayo del Barroco pudo consagrarse a su arte musical incomparable, sin necesidad de enfrentarse al mundo encriptado de Internet, con sus derivados telefónicos y financieros. Pero yo estoy usando su riqueza tonal para solventar mis problemas de contraseñas.
 
Jorge Federico se sienta de repente al piano y toca unos acordes.
 
         Andante de la suite número 7 en sol menor, me espeta. Y a continuación sigue tocando.
         Preludio de la suite número 1 en la mayor, sigue diciendo.
         Óyeme, le digo, es una maravilla. Pero no veo la relación con las contraseñas de Internet.
         Verás, me responde, el maestro Händel no es sólo mi inspiración para mi vida personal y profesional. También lo es para crear mis contraseñas. 7 sol menor andante. Eres mi amigo íntimo y te diré que ésta es la contraseña que uso para entrar en mi ordenador. La que uso para Spotify es 1 la mayor preludio. Y así sucesivamente voy construyendo contraseñas derivadas de obras y claves tonales de Händel.
         Muy ingenioso. Pero ¿qué haces cuando te exigen una contraseña limitada en dígitos y/o letras, o un pin sólo de números?
 
         También eso lo resuelvo combinando movimientos tonales con números de obras o del HWV (Händel Werke Verzeichnis, o sea Índice de obras de Händel).
 
         Todo esto es un jeroglífico difícil de manejar, a menos que lo tengas apuntado en una tabla, lo cual es peligroso.
         Pues ahí entra en juego Ingrid, mi ama de contraseñas, que gestiona todo esto y además tiene una memoria extraordinaria. Porque – siempre para seguir manteniendo a raya al Gran Hermano – encima cambiamos todas las contraseñas una vez al mes y jugamos con las inacabables posibilidades de las suites de mi tocayo.
 
Jorge Federico vuelve al teclado y sigue tocando como en delirio.
 
Me parece que está intentando franquear el séptimo sello …

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