Año 80 de nuestra era. El emperador Tito inaugura solemnemente el Coliseo de Roma. La tarde es calurosa y soleada. La imagen del Coliseo rebosante de espectadores bajo el cielo azul romano es magnífica. Luz, color, griterío, trompetas. Desfilan los gladiadores ante el César, ataviados con bellas túnicas. Luego empieza el espectáculo. Primero combaten varios gladiadores a muerte.
El público está enfervorizado, quiere ver cómo los vencedores matan a los vencidos. Quiere oír los gritos de dolor y ver la sangre roja tiñendo la arena bajo los rayos del sol. Luego combaten Vero y Prisco, famosos gladiadores. Su lucha es encarnizada y larga, se hieren pero no se matan. La gente ruge de emoción.
El emperador les concede a ambos la victoria y la vida. Son vitoreados. Los hombres y mujeres romanos abandonan el Coliseo. Han visto lucha, sangre, muerte. Están muy satisfechos. Están en su mundo, en su cultura. En ella conviven las artes heredadas de Grecia, el pensamiento de un gigante como Séneca (que abominaba de las luchas de gladiadores), la literatura de genios como Ovidio o Virgilio, la maravillosa construcción de la lengua latina, la creación del Derecho romano, todo ello convive con la fruición por la violencia, la destrucción, la sangre, la muerte, convertidas en espectáculo que proporciona placer y emoción. Es un resorte atávico que anida en el cerebro de aquellos humanos de hace dos milenios.
Mucho ha llovido desde entonces. El mundo ha cambiado radicalmente. Aunque sigan las guerras y la violencia, la cultura y la civilización han recorrido sendas de continuo progreso, en paralelo con un desarrollo científico y tecnológico imparables. La Humanidad del siglo XXI poco tiene que ver con aquel mundo romano, colorista, magnífico y cruel a un tiempo. Pero ¿y aquel impulso atávico? ¿qué ha sido de él?
La respuesta está aquí, en España, muy cerca de nosotros. Está en una tarde calurosa de este mes de julio de 2016 en Teruel, donde en una plaza de toros el torero Víctor Barrio fue empitonado hasta morir. Vestido de luces y celebrando la llamada “fiesta nacional”, declarada patrimonio de interés cultural, y ante un público ansioso de haber visto la muerte violenta del toro y no la del torero.
La “fiesta nacional”, la tradición y la simbología del toro sobre la “piel de toro” que es el solar de la Península Ibérica. Sus orígenes como juego o espectáculo se remontan al mundo greco-latino, que a su vez hunde sus raíces en culturas mediterráneas más antiguas. La romanización de España importó el latín y el Derecho romano, pero también la fiesta taurina.
Sus defensores se remiten a eso, a una larga historia de un espectáculo que pudo pervivir a través de los Visigodos, el Califato de los Omeya, Alfonso X el sabio, el Renacimiento y los Austrias, para desembocar en un proceso de desarrollo y consolidación del ritual actual a partir del siglo XVIII y hasta nuestros días.
A lo largo de tan prolongado período, las corridas de toros y otras fiestas populares con el toro como protagonista, se fueron imbricando más y más en la cultura, la mentalidad y los gustos del pueblo español, para convertirse en parte de su identidad, con más o menos fuerza según las zonas o regiones.
Pese a esta realidad sociocultural española, es cierto que a la fiesta nacional le están saliendo cada vez más críticos y contestatarios, y no sólo desde otros países. Pero tampoco esto es del todo novedoso, porque el famoso intelectual ilustrado, economista y ministro Jovellanos ya fue crítico en pleno siglo XVIII y Carlos III llegó a prohibir las corridas en 1771, probablemente influido por las ideas de la Ilustración francesa. Parece que el pueblo llano desoyó tal prohibición y luego de nuevo Carlos IV volvió a prohibir los toros en 1805.
Tras la Guerra de la Independencia contra Napoleón surge con frecuencia el debate de la prohibición en el parlamento español, la última vez en 1877. Luego en el siglo XX la fiesta conoce un nuevo auge, en torno a figuras míticas como Belmonte, Joselito, Manolete y otros muchos posteriores, que contribuyen a polarizar al público taurino en torno al “arte de matar” a un animal para goce y diversión de cuantos lo contemplan.
¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Cuál es el mecanismo cerebral que impulsa al hombre a hallar placer en torturar vistosamente a un animal, para culminar la faena en el acto sangriento de clavarle un estoque para matarlo? Más allá de los aspectos esteticistas con los que hemos disfrazado y embellecido el ritual del toreo, con elegantes movimientos, contorsiones arriesgadas, desafíos llenos de plasticidad y color, queda siempre el objetivo final: matar divirtiendo. Es el placer de la lucha, la concupiscencia de destruir y ver sufrir, la excitación de jugar y citar, provocar la embestida para burlarla.
Igual que los gladiadores romanos. Sólo que en vez de luchar y matar a un semejante, éste ha sido sustituido por un toro bravo, un irracional al que muchos le llegan a negar la capacidad de sentir dolor. He de confesar que pese a los siglos de tradición, pese a la conversión de un acto bárbaro en ritual artístico, pese a servir de inspiración a pintores y poetas, no puedo por menos que concluir que es un espectáculo cruel y sangriento, para nada acorde con los valores de cultura y civilización de los que nos jactamos en Occidente.
Por no mencionar la truculenta suerte de varas, que a tantos caballos costó ser empitonados y muertos en el pasado y que hoy, gracias a los petos protectores, permiten al picador hacer su trabajo de hurgar en la herida impunemente. Para colmo, el premio a una buena faena torera consiste en cortarle al toro las orejas y el rabo, para que el matador exhiba estos trofeos, como un piel roja que exhibe la cabellera recién arrancada a un enemigo.
La sociedad española de hoy debería reflexionar y desterrar más pronto que tarde estos espectáculos. Si queremos progresar como personas hemos de ser capaces de reprimir estos impulsos, como ya hemos logrado reprimir y domeñar muchos otros, que nos han de llevar a perfeccionar nuestra especie.
Existen por fortuna ejemplos admirables de pueblos o comunidades que ya han seguido ese camino. Así Portugal, que al menos no mata al toro. O mejor aún Canarias, que hace muchos años ya los prohibió. Y Cataluña, cuyo parlamento los ha prohibido más recientemente en 2010.
Y entre los países hispanoamericanos, a los que hemos exportado la fiesta, es digno de mención el caso de Argentina, que ya la prohibió en el siglo XIX, o Costa Rica, que también la prohibió en el siglo XX. Ciertamente hay regiones españolas, como Andalucía o el País Vasco y Navarra, donde es probable que el rechazo a esta tradición todavía persista mucho tiempo como minoritario, frente a una mayoría de gente que la defiende como algo bello y muy español, muy recio, bravo y representativo de una seña de identidad nacional.
De ahí la estúpida moda actual de exhibir la silueta del toro en los coches o de insertarla en la bandera española, como si fuese un símbolo sacro e inseparable del país, que se presenta en los campos de fútbol y en otras competiciones deportivas, para subrayar lo español frente a lo extranjero o a los movimientos independentistas. Pero incluso en las comunidades más taurófilas las encuestas señalan que el interés va menguando, especialmente entre la población joven y las mujeres.
Es probable que, aún cuando no se prohíba expresamente la fiesta en buena parte de España, el paso del tiempo y el inexorable desinterés de las nuevas generaciones acaben por hacerla desaparecer o por convertirla en algo residual. Mientras, seguiremos torturando y matando toros, y muchos toreros seguirán la suerte de Manolete, Paquirri o Víctor Barrio.
Ojalá un día podamos decir aquello de que “entre todos la mataron y ella sola se murió”.





