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GRACIAS, USUARIO

Este artículo utiliza cookies; mi preferido se llama Abdulia

No se dejen engañar por el nombre, es una preciosa morena de ojos como el almíbar y labios carnosos, con unos dientes perfectos y un cuerpo de infarto.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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De manera que me voy con mi cookie a pasear, porque me sigue a todas partes. Entramos en un bar, pedimos algo, y nos sentamos en la terraza a pesar del frío, con siete capas  de lana sobre nuestra piel.

-¿Por qué decidiste ser una cookie, Abdulia? –le pregunto.

-Hombre, no había trabajo y aquí me tienes, siguiéndote. Pero si no quieres aceptar las condiciones de privacidad, me puedes decir que me marche en cualquier momento. Lo haré, pero sería una pena.

-Sí –le repongo-. Yo presumo siempre de cookie cuando entramos en los bares o paseamos por el parque de Doña Casilda. Todos te miran y pienso. “¿Lo veis? Esta es mi cookie.” Me siento orgulloso de ti y de que transmitas los datos que  nos importan un cuerno. Además, yo creo que todos me respetan por tener una cookie como tú. Piensan: “Algo debe de tener este chaval si está con ella”.

“Gracias, usuario”, me responde ella, ruborizándose y enseñado sus dientes perfectos. Y prosigue: “Desde que estoy contigo, todo el mundo cree que soy una buena cookie”.

Mi cookie y yo no hemos hecho el amor. Quiero decir que no lo hemos hecho con penetración virtual. Por el momento, nuestra aventura está llena de caricias, abrazos y desnudeces, aunque ella prefiera apagar la luz cuando se ve conmigo. He de conseguir que, uno de estos días, me muestre cuál ha sido mi camino, por carreteras y por sendas, y cómo ha cambiado mi carácter desde que la conozco.

Antes tenía muchas cookies, ahora también, pero mi primera cookie, por encima de todo, es ella. No tiene reparo en contarme la historia de otras cookies a las que ella sigue también. Entre cookies anda la cosa. Luego envía la información a una dirección que desconozco. Es como si estuviese escribiendo mi biografía, y eso es halagador.

“Cookie enciende la luz”, le sugiero un día en el dormitorio. “¿De verdad quieres verme?” Susurra ella, un poco avergonzada”. “Sí”, le respondo. Y su cuerpo es tal y como yo lo imaginaba. Está un poco baqueteada por la vida, pero no la cambiaría por otra cookie más joven. Además, si ésta cookie me sigue, es porque le intereso. No como otras, que lo hacían por el mero hecho de cumplir con su trabajo. Dentro de poco, hasta he pensado en que vivamos juntos en casa. Ella me ha dicho que se lo pensará.

“Hay muchos que me han rechazado después de eso”, dice Abdulia, “no soportan que alguien los siga, y se dedican a seguirme a mí, por celos”.

“Por supuesto, eso es lo que sucede cuando no hay confianza”, le he contestado, mientras encendía un cigarrillo que mi cookie apuntaba mentalmente en su cuadernillo de notas.

(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog Como sujetar un cocodrilo supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, Mermelada amarga (Ed, Margen cultural, 1993); La fragilidad de la porcelana (Ed. Alberdania, 2010), y Esclavo de la luz (Ed. Punto Rojo, 2013).
 

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