Conocido era el caso de aquél alcalde que, tiempo después de juergas y chuzas, resultó ser un enfermo que no soportaba ya el vino ni la fiesta. Cerró los bares y estropeó la noche de aquél pueblo vizcaíno donde le habían sido concedidos los más merecidos galardones. Pero la gente ya desconfiaba de la memoria pública del héroe popular, que había aniquilado la vida nocturna de La Aldea.
En La Aldea, los bares cerraban a la hora justa y la gente se aburría. Los más viejos compañeros de aquél alcalde viejo y enfermo no podía sino apechugar con la culpa de desear que estirase la pata, para así volver a las antiguas juergas, por todos añoradas.
Mas el alcalde, listo y sabio, no moría, e imponían su ley haciendo que sus conciudadanos se metiesen pronto en la cama, ya que no había lugares abiertos donde beber. Algunos le atribuyen la frase: “Si no bebo yo, aquí no bebe nadie”, pero la triste realidad era que al preclaro varón se le había ocurrido la idea de inventarse una ciudad europea en aquella vieja aldea, e instaurar el horario francés entre sus pobladores.
¡Qué fue de aquellas noches de cánticos, de aquella alegría, de las jocosas trikitrixas y las biribirketas!, se preguntaban los Aldeotarras. ¡Qué fue de aquél alcalde nuestro que se sumergía con nosotros en su copa de txakoli hasta altas horas de la madrugada!
Un mal día, el alcalde murió. Fue enterrado con todos los honores y hasta se le esculpió un busto en piedra de meteorito. Pero los buenos tiempos jamás volvieron. La crisis mundial que había llegado a aquella ciudadela dejó sumidos a todos los hosteleros en la más absoluta pobreza, y entonces fue cuando en realidad se comenzó a echar de menos al señor alcalde.
“¡Si él viviese!”, aseguraban algunos… “¡Sólo por llevar la contraria habría cambiado los horarios del sol, la luna y las estrellas, y nos habría señalado en el mapa como la ciudad de las Komparsas, la Villa que nunca pega ojo, la Aldea de todos los borrachos…”
Poco a poco los bares fueron cerrando y se convirtieron en piezas de museo. En fin, pareciera que la técnica del alcalde por convertir a La Aldea en ciudad del Continente había resultado sinceramente fuera de contenido.
Es éste un cuento triste que se cuenta oralmente por las calles de la amable Aldea, cuando la parroquia recuerda al antiguo señor que cantaba y reía como si fuera un vecino más del municipio. Y siempre que la gente brinda por la penúltima copa, grita al unísono: “¡Por el señor Alcalde!”.




