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ASÍ COMENZÓ MI CARRERA

Dejad que las cebras pasen, o yo le pedí un truequemé

Ella me hizo un truquemé que le parecía horrible, y, francamente, a mí no me lo parecía. Entonces me dijo: "Es tuyo". Yo le pregunté: "¿Puedo pintar sobre él?"

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Ella me contestó que por supuesto. Entonces agarré los botes de pintura y me puse a salpicar la cosa como esperma blanco, espuma de mar llena de krill. Luego, con txamplones de granate y cercos de vaso, le di una consistencia pop a la totalidad. Era, efectivamente, una eyección, una cruz cayendo sobre el mar y algo que surgía de la espuma. Inmediatamente se pusieron en contacto conmigo los responsables de la calle.

Entonces me dijeron: “¿Cuántos te han ayudado?” Yo les contesté: lo he hecho sobre una base de mujer, es tan sólo mi aportación masculina a la creación de la obra. Pues la has jodido, muchacho, me respondieron ambos policías. Después me preguntaron el precio de la pintada.

Es pública, contesté, por eso no sé cuándo se lo podré regalar a la persona que lo quiere.

“Cuánto más pronto, mejor”, replicaron ellos. “Tengo a mi madre enferma”, me excusé, para ver si escurría el bulto.

“De no ser así te impondremos una multa”, dijeron ambos. “Tendrás que seguir pintando durante el resto de tu vida”. “Eso está hecho”, dije yo.

Así comenzó mi carrera. Truquemé que cogía, truquemé que me era multado después de vendido. Mi suerte, fue aumentando. De pronto, todos querían truquemés.

Entonces tuve la idea de hacer pasos de cebra amarillos y verdes fosforescentes con granos de arena tintados para dar un especial protagonismo a mi ciudad. Eso está regulado por las leyes internacionales de tráfico, me dijeron los mismos policías. Precisamente por eso, respondí yo.

Mis pasos de cebra tuvieron mucho éxito entre la población, y hubo menos accidentes. Pero yo estaba harto de que me dijesen siempre lo que debía hacer.

Llegó el momento de quedarse sin estilo y conocer la luz. Las cebras pasaban por su paso, y los cazadores de safaris las respetaban, y se tomaban otro tipo de vacaciones a la sombra. Nunca hubo tanta paz en la principal y única calle de nuestra aldea. Sabíamos que corríamos peligro de que nos confundiesen con iconoclastas, pero, por otro lado, eso les gustaba.

Así que la llamé a ella y le dije: “Enhorabuena, has vendido el truquemé”.

“¿Por cuánto?”, preguntó.

Y añadí: “Deja tu mente en blanco”.

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