Me gustaría pensar que en alguna parte existe un cementerio de mensajes SMS que nunca llegaron a destino. Afortunadamente, la cosa no ha pasado desapercibida y ya hay personas dispuestas a embarcarse en una expedición al cementerio de los SMS. Todavía no se conoce bien el camino, pero se dice que con un buen equipo y un grupo de porteadores eficientes será posible explorar esta maravilla. Y después, recoger los valiosos mensajes consistirá en un acto tan sencillo como arrancar amapolas al borde del camino. Ya hay demanda por parte de gente adinerada que quiere los mensajes a cualquier precio. Otras voces se han elevado en tono de protesta, asegurando que los mensajes, a pesar de parecer salvajes, tienen su dueño y sus derechos. Todavía no se ha legislado nada, así que todo el mundo puede salir en busca del cementerio.
Algunos se preguntarán qué tienen de valioso esos mensajes muertos. Precisamente su valor radica en que su contenido humano, aunque virtualmente digital, está trenzado con emociones y sentimientos, tejidos vitales y reciclables por excelencia, así que, como el ave fénix, el mensaje puede volar de nuevo y llegar a destino, lo cual ha hecho pensar en un intrínseco componente de inmortalidad que interesa mucho a la opinión pública.
Muchos valientes han salido ya en busca de estos mensajes, sobre todo los desesperados, que colorean la región del limbo de un rojo parecido al de la sangre, iluminando las provincias más tenebrosas de la nada. Palabras que sólo esperan una orden para echar a volar como palomas mensajeras y atravesar la frontera del inframundo.
No obstante, la ubicación exacta del cementerio, grande como un país, sigue sin haber sido suficientemente delimitada en los mapas electrónicos, que todavía conservan grandes espacios vacíos, como si les fallase la memoria, como si el sagrado lugar estuviese fortificado por alguna extraña fuerza, como si no hubiese frontera entre cielo e infierno en una necrópolis de pasiones donde aún se escuchan gritos, gemidos, suspiros.
Ante la desaparición de varias expediciones que marcharon en busca del tesoro, las autoridades se preguntan si los mensajes, en su putrefacción, no despedirán un perfume opiáceo que droga al explorador, y le hace soñar profundamente cosas que no pudieron ser. Otros, sencillamente, consideran el cementerio de SMS una fría y simple sopa de letras.
– Enrique Mochales es un excéntrico de la literatura. Después de estudiar Bellas Artes dio el salto y se dedicó a escribir libros de relatos cortos, novelas y poesía, con los que consiguió varios premios literarios. En el colegio, fue descalificado del concurso de redacción de Coca Cola, porque no creían que un muchacho de tan corta edad fuese a escribir como un adulto. Vive en Bilbao.




