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CÓMO SUJETAR UN COCODRILO

La risa y la lágrima son caras de una misma moneda

El hombre que se sentaba al otro lado de la mesa del psiquiatra estaba un poco cohibido. Retorcía sus manos como un colegial que no se sabe la lección.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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El doctor le miró con un interés científico, no exento de cierto atisbo de ternura.
-Usted dirá –animó al paciente.

-Pues verá -comenzó él-. Yo vengo por un problema que, según por donde se mire, no me impide hacer una vida normal, si es que se puede llevar una vida normal en este mundo. Pero, desgraciadamente, no estoy seguro de que mi mal esté considerado como una patología.

-Usted dirá –repitió el médico rutinariamente.
-Yo diré –confirmó el individuo-. Mire, la primera vez que me ocurrió esto de que le hablo fue en un funeral. Era un funeral multitudinario. Los asistentes mantenían un respetuoso silencio, mientras el cura elogiaba los méritos del difunto, y el eco de sus loas rebotaba en el altar. Entonces me entró una especie de cosquilleo, sabe usted, unas cosquillas en las vísceras, probablemente nervios.

El caso es que, tras unos segundos de aguantar aquello que me acariciaba las costillas, prorrumpí en una tremenda carcajada en medio del funeral. La gente me miraba pensando que me había entrado un ataque de histeria, mientras yo me partía de la risa, sin poder contenerme, por muchos esfuerzos que hiciera.

Al final tuve que abandonar la iglesia, apurado, porque hasta el cura había enmudecido. No pude siquiera disculparme con la familia del difunto, y cuando salí a la calle mi risa se transformó en llanto. Lo pasé fatal. Esa misma noche llamé a los familiares para pedirles excusas. Les dije que había sufrido un ataque de nervios y lo comprendieron, o acaso eso me aseguraron en tono conciliador. Pero la cosa no acabó ahí.

En una reunión de antiguos alumnos, días más tarde, se volvió a repetir aquello. Mientras un compañero decía unas palabras en la presidencia de la mesa, me dio otra vez la risa. La verdad es que, en aquella ocasión, no tuvo la cosa mayor trascendencia, si exceptuamos que mi antiguo compañero de la universidad no pudo acabar su discurso. Todos se rieron a mandíbula batiente y dijeron que yo continuaba siendo el de siempre, mientras las lágrimas caían por mis mejillas.

Pero es que yo no lloraba precisamente de alegría, sino por la confusión que aquellos accesos hilarantes me estaban produciendo, ¿sabe usted? Sentí que no era dueño de mi propia risa. Sí, mi risa me estaba secuestrando. Tenía vida propia. Y entonces me planteé la pregunta última: ¿qué era lo que me hacía gracia?

Al día siguiente, un compañero me contó un chiste en el trabajo, y me puse a llorar a moco tendido. Después de aquello, fue el caos. Ya no sabía distinguir entre lo que era gracioso y lo que no. Ahora las lágrimas se han unido a las carcajadas, todo es muy extraño. Me levanto de la cama llorando de la felicidad, porque amanece, y me acuesto riéndome de lo desgraciado de soy. Pero lo peor de todo es cuando leo las noticias en el diario: siento emociones contradictorias, y no sé si reír o llorar. ¿Usted qué opina?

El médico tomó el bolígrafo de nuevo. Le miró fijamente, con una cara muy grave, y declaró:
-Es posible que tenga un pequeño trastorno bipolar.
-¿Quiere decir que estoy entre el polo norte y el polo sur?
-Exacto –dijo el médico-. Tenemos que conseguir que tienda usted al ecuador. Le voy a recetar unas gominolas. Se toma una de fresa por la mañana, y una de limón por la tarde. Prohibidos los chistes. Y ya veremos qué tal va la cosa.

-Doctor, ¿estoy en fase terminal, o no he hecho más que empezar?- preguntó el paciente con los ojos llorosos.

Y el médico se echó a reír como nunca había visto reírse a nadie.


– Enrique Mochales es un excéntrico de la literatura. Después de estudiar Bellas Artes dio el salto y se dedicó a escribir libros de relatos cortos, novelas y poesía, con los que consiguió varios premios literarios. En el colegio, fue descalificado del concurso de redacción de Coca Cola, porque no creían que un muchacho de tan corta edad fuese a escribir como un adulto. Vive en Bilbao.
 

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