“¿Por qué cantamos todo el tiempo al amor y no cantamos al odio? Cuando está por todas partes, mueve el mundo más que el amor y destroza sin cesar lo que encuentra a su paso: sentimientos, personas, países, culturas. Es una fuente inagotable de energía que se aplica a destruir.”
Él entra en su habitación, la misma habitación donde ha vivido, dormido y amado los últimos 40 años de su vida. En apariencia todos los objetos siguen ahí, mudos e imperturbables: la cama, el escritorio, los libros, los retratos. Pero no es verdad. Porque el dormitorio está poblado de sentimientos, risas y sollozos, voces y silencios de todos estos años. Rebosa de todo lo pensado, imaginado, sufrido y disfrutado. No se ve ni se toca, pero está ahí.
Sobre una repisa hay dos fotografías, dos hermanos vestidos de uniforme militar. El uno luce el del ejército de Franco, el otro sonríe feliz dentro del uniforme nazi. Dos hermanos posando en un tiempo fascista y en un mundo ya extinguido, con su estela de odio y orgullo inconsciente.
Enfundados en los uniformes de la etapa y el lugar que les tocó vivir. No los eligieron, fueron los uniformes los que les eligieron a ellos sin escapatoria. Representaron ideales y valores que sólo causaron muerte y desesperación. Pero ahí están esos rostros jóvenes, llenos de ilusión y vigor, esos cuerpos vitales, esas miradas complacidas y seguras de sí mismas. Convencidos de servir a una causa noble, a dos países, pese a nacer los dos en uno solo. Cosas de la nacionalidad y de las opciones, el “ius sanguinis” frente al “ius soli”.
Él contempla una vez más las fotos, dentro de su bello marco. Seguro que ellos no odiaban en aquel momento, se sentían en el lado bueno. Otros odiaron ya entonces por ellos, odiaron y mataron, pero ellos no lo sabían. El uniforme, los colores, los símbolos, las banderas, la parafernalia de la patria, que todo lo justifica y enaltece. Da igual que suprima vidas, libertades y pensamientos, a excepción del pensamiento único, el dogma incuestionable.
Todo aquel horror criminal ya pasó, como pasaron ellos, como pasa todo antes o después. Sólo quedan las fotografías, que también acabarán pasando algún lejano día.
Pero él sabe que el fondo de la cuestión, la naturaleza humana y sus impulsos, no pasan nunca. Siguen ahí, conquistando mejoras en el tiempo, pero cayendo una y otra vez en el odio, en la intolerancia.
Porque sus opuestos, el amor y la tolerancia, son mucho más difíciles, incómodos. Se sustentan en la razón, sin que ésta se nuble por sentimientos de ambición y poder. Sin que esa borrachera fabrique un orden moral a la carta.
La guerra de Franco y la guerra de Hitler fueron años de extrema violencia y destrucción. Odio desatado y desenfrenado. Pero él piensa que hoy el odio a gran escala está quizá más contenido, aunque la guerra sigue. La guerra de la codicia, el egoísmo, la opresión. Una guerra que también mata, pero despacio. El gran capitalismo que fomenta la desigualdad lacerante y la pobreza de millones de humanos, crea sufrimiento y mata. El poder de las multinacionales, que explotan mano de obra de menores en talleres insalubres del tercer mundo por salarios de miseria, para que otros se puedan lucrar a fondo por el camino.
Eso quizá no es odio, sino insensibilidad y código de conducta a la medida de su conveniencia. Pero eso genera odio, desesperación y terrorismo. Por lo tanto también es una guerra que mata. Es la guerra de Al Qaeda y Boko Haram, que en gran medida provocamos nosotros.
Cuando estos pensamientos se escapan rebeldes por esa senda, es difícil rechazarlos y hacerlos regresar al refugio cálido de un dormitorio. El sol del atardecer penetra por la ventana y aumenta los contornos dorados de las maderas, la alfombra, los muebles, los libros, los retratos. Es como si todo aquello no hubiera existido en realidad, fuera algo muy lejano al ambiente ordenado, sereno y protector que le cobija.
A lo mejor no es todo tan grave. A lo mejor se puede seguir adelante y disfrutar de lo que tenemos, porque lo hemos conseguido con nuestro trabajo y el de nuestros mayores, dentro de un universo tan agradable y esperanzador. Además, cualquier día nos acechará la enfermedad y nos moriremos. Y entonces ya no tendrán sentido nuestras elucubraciones, porque les tocará a los que nos siguen bregar con estos problemas insolubles.
Una última mirada a los retratos de los dos hermanos uniformados.
¡Cómo los quiere todavía, sin haberlos conocido en el momento de la foto!
El amor es una pulsión misteriosa – piensa él -, no se sabe si ubicarla en el cerebro, en el corazón, en el sistema nervioso, o en todo a la vez. El que sentimos hacia los nuestros, como el que nos atrae hacia alguien al que apenas conocemos. Es tan primario y primigenio como el odio. La razón no interviene. Todo lo más, sujeta.
Él sale de la habitación. Dentro de ella queda su último pensamiento de esta tarde: “Si no hubiese odio y sólo amor, ¿existiría el mundo que conocemos, o eso estaría reservado para otro planeta? O a lo mejor en eso consistiría la otra vida que nos prometen, para tener algo futuro a lo que asirnos, a falta de un presente mejor.”





