Es probable que yo no exista o no sea posible en la realidad de los seres humanos biológicos, dotados de razón, sentimientos e instintos. Pero también es probable que yo pueda ser el resultado de una hipótesis intelectual y como tal ya tendría existencia.
Mi propio nombre (Nada Se Opone) ya indica que no hay obstáculo a que yo sea posible. Es decir, que yo no tenga adicción alguna.
No soy adicto a la bebida, ni a la comida, ni a las drogas, ni al sexo, ni al chocolate, ni al fútbol, ni a los toros, ni a la lectura, ni a la música, ni a la pintura, ni a la jardinería, ni a la religión. No soy adicto lo que se dice a nada en particular. Pero ¿es imaginable ser un hombre y no tener adicción alguna?
Cualquiera que se interrogue o reflexione sobre sí mismo, habrá de dar antes o después con una adicción, o con varias.
Sin embargo no logro hallar ninguna en mí, por más que lo analizo. Será porque soy un hombre de naturaleza virtual y no tengo emociones ni apetencias. Sólo tengo facultades racionales, ajenas a toda corporeidad.
Soy una nada respecto al infinito y un todo respecto a la nada.
Estoy entre nada y todo. Soy incapaz de ver la nada de la que salí, ni el infinito que me engulle. Así es como me definió Pascal, el insigne filósofo, teólogo y matemático francés del siglo XVII. Es más, estoy persuadido de que soy una creación de Pascal, de su mente privilegiada. Por eso carezco de adicciones, porque Pascal me quería así. Él, que tampoco pudo sustraerse – como humano que era – a las adicciones: a las matemáticas, a la teología, a la abstracción filosófica.
He podido contemplar su triángulo, el triángulo de Pascal.
Es una maravilla del ingenio humano, es la belleza absoluta de la simetría y de los números que todo lo contienen. Dejando aparte sus propiedades matemáticas, que son extraordinarias y yo sólo puedo comprender parcialmente, el triángulo de Pascal es como la cara de Dios, la armonía hasta el infinito, la ecuación de todo lo existente.
Hasta llego a pensar que yo soy una criatura extraída del triángulo de Pascal. Pues si es cierto que el hombre está entre la nada y el infinito, bien pudiera ser que el hombre sin adicciones estuviera ubicado dentro de las hileras y diagonales numéricas de ese triángulo esplendoroso, como resultante de un cálculo de coeficientes del binomio de Newton, con el que se relaciona íntimamente.
No pretendo explicar lo que digo, sólo es una intuición. Y aunque no tengo adicciones, poseo una capacidad intuitiva que quizá también se desprenda del cálculo de probabilidades que utiliza al triángulo de Pascal como herramienta.
Me impresionan, me producen infinito placer las secuencias numéricas que se muestran en capicúa en cada línea, y es visible su origen, al partir del número uno (la unidad elemental frente a la nada) en el vértice superior y a lo largo de los extremos de cada línea. Luego cada número dentro del triángulo es igual a la suma de los dos números situados encima de él. Y así podríamos llegar hasta el infinito siempre con la misma simetría.
Todos los números de cada línea suman una potencia de dos, excepto el uno de la cúspide. También imagino que ahí se expresa el misterio de la Trinidad, donde fuera del ser supremo los otros dos se multiplican exponencialmente, para abarcar todo lo creado.
Y parece como si cualquier número no contenido en el triángulo fuera irrelevante para la visión cósmica. Como si los demás números existentes, al no figurar entre los elegidos y al no resultar tampoco de sumar a éstos entre sí, sea en sentido horizontal o diagonal, estuvieran condenados a un papel secundario en el universo.
Una vez más mi intuición me dice que la explicación está relacionada con el binomio y con el número dos. No soy capaz de demostrarlo matemáticamente. Como tampoco soy capaz de expresar de manera racional e inteligible por qué me fascina tanto el triángulo de Pascal. Ya llegaron a formularlo siglos antes matemáticos indios, persas y chinos, aunque con menor detenimiento y desarrollo que Pascal. Luego está justificada mi fascinación.
La historia del hombre ha producido mentes dotadas para acercarse a este misterio del triángulo. Mentes como la de Pascal, quien ya dijo: “Vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa.”





