Soy Rafael, el arcángel más cercano a los hombres, según la tradición bíblica. Muchos ponen en duda mi existencia, como la de mis compañeros Miguel y Gabriel. Pero debe ser verdad que existimos, cuando treinta siglos lo certifican y mi misión es aliviar a los hombres en su sufrimiento. En el siglo VII Gabriel interviene además en Arabia, como intermediario entre Alá y Mahoma, y le dicta al Profeta nada menos que el Corán.
También a mi se me menciona en el libro sagrado musulmán y la tradición islámica me considera un gran músico que canta alabanzas a Dios. De modo que he estado siempre cerca de la Humanidad a lo largo de la historia. He sobrevolado con mis potentes alas de espíritu puro todos los escenarios del planeta.
Recuerdo por ejemplo el año 325 en Nicea. El emperador romano Constantino I había convocado a las autoridades cristianas a un concilio. El tema central era la cuestión de la naturaleza divina o humana de Cristo. El famoso Arrio y sus seguidores afirmaban que Jesús era sólo hombre y profeta, pero no Dios. Frente a ellos, muchos sabios Padres de la Iglesia y exégetas de los Evangelios oponían con virulencia y exaltación su convencimiento de que la naturaleza divina de Cristo era un dogma incontestable. Puedo aseguraros que hubo graves enfrentamientos por esta causa y llegaron incluso a las manos. Por eso se armó “la de Dios es Cristo” y en el orbe hispánico se quedaron con la frase.
Pero la verdad es que me he detenido sobre todo a contemplar algunos lugares donde siempre me han venerado especialmente. Como España, la católica España, cuya historia, tradiciones, lengua y mentalidad se han forjado a través de los tiempos con el marchamo indeleble de la fe cristiana y la Iglesia de Roma. Sin olvidar los ochocientos años de dominación musulmana, cuyos creyentes también me reconocían. Y me ha subyugado Andalucía, donde esas dos corrientes religiosas se fundieron en una sola, la religión católica a la andaluza. Tan fervorosa ella y tan triunfadora de moros, pero tan arabesca, mudéjar y barroca al propio tiempo. Me enamoré en su día de Córdoba, a la que protegí de la peste, y desde entonces me hicieron su santo patrón y custodio de la ciudad.
Pero mi pasión andaluza lo abarca todo y sus pequeñas historias me fascinan y encienden mi sentido del humor, porque veo cómo los hombres andaluces encarnan su vivencia religiosa como un folklore popular, impregnado al mismo tiempo de pasiones humanas e impulsos nada espirituales. Es el “a Dios rogando y con el mazo dando”.
En un pequeño pueblo de la provincia de Cádiz, de nombre Espera, resulta que había una cofradía llamada Cofradía del Rosario de la Aurora, porque siempre salía de madrugada en procesión con farolillos a rezar el rosario por las calles. Pero el alguacil del pueblo pertenecía a otra cofradía rival, que veía con preocupación como la del Rosario de la Aurora le estaba robando protagonismo. Así que el alguacil decide prohibir el rezo, so pretexto de que las voces molestaban y turbaban el sueño de los aldeanos. Los de la cofradía del Rosario montan en cólera y salen con cencerros a protestar, liándose a golpes y “farolazos” con los de la cofradía oponente. En medio de todo esto un monaguillo suelta una ventosidad y el párroco le propina un puntapié, a lo que el monaguillo responde golpeando al cura con el cirial y aumenta la confusión y la pelea, que se prolonga varias horas. Puedo, pues, afirmaros que todo acabó “como el rosario de la aurora”.
Y si me pongo a recordar otras anécdotas de la Piel de Toro, no me quedo sólo en Andalucía. También más al norte las hay jugosas. Como la que originó la causa judicial en 1579 contra el matrimonio formado por Alonso Zayas y María Morena, taberneros conocidos en Madrid. Su taberna era frecuentada por clientes de postín, altos funcionarios y miembros de la Corte. A ellos reservaban los taberneros el mejor de sus vinos. Hasta el día en que entraron unos soldados reclamando buen vino y María Morena, que era mujer de armas tomar, les dio un vino corriente y se negó a venderles el que reservaba para los del abolengo. Todavía estoy viendo la gran trifulca que se organizó y veo a María Morena repartiendo leña como la que más. De modo que se armó “la marimorena”.
Sigo rememorando historias y me llego a Candelario, un pueblo de Salamanca en pleno siglo XIX. Había allí una pequeña fábrica de embutidos, que pertenecía a un tal Constantino Rico, a quien todo el mundo llamaba el Tío Rico. Un buen día una muchacha empleada en esa fábrica ve como un perro quiere colarse dentro de ella. Y a falta de otros medios a mano, se le ocurre atar al perro a la pata de una mesa con una ristra de longanizas. A todas estas un rapaz que lo está viendo, sale corriendo por todo el pueblo y pregona: “en casa del Tío Rico atan los perros con longanizas”.
No acabo de situar bien del todo dónde sucede una historia de indianos, si en Madrid o en Barcelona. Pero sí sé positivamente que en la España del XIX hubo unos indianos que habían hecho fortuna en las Américas con el comercio del chocolate. Tanta riqueza tenían, que hasta a su loro le daban a diario una taza de chocolate. El guacamayo en cuestión se deleitaba con ese manjar y no podia vivir sin él. Hasta que un buen día se torcieron los negocios del indiano y éste se arruinó. Entonces implantó en su casa un drástico plan de ahorro, que empezaba por recortar también el chocolate de la cacatúa. Como era de esperar, esa medida no mejoró en nada su maltrecha economía, porque no era más que “el chocolate del loro”. El cual además se murió de pena y frustración.
Volviendo la mirada a los andaluces, tan proclives ellos a tapear y comer entre horas, puedo explicar que eso proviene de que antiguamente creían que cuando el hambre les torturaba, era porque tenían un gusano dentro que les mordía las entrañas. Para acabar con el gusano recurrían al aguardiente y luego se fueron aficionando entre horas a “matar el gusanillo”.
Hablando de animales, perros y gatos en este caso, comprobé a lo largo del tiempo en España que la enfermedad de la rabia o hidrofobia campaba por sus respetos, debido a la insalubridad de las calles y las aguas. Mucha gente moría a causa de las mordeduras de perros y gatos rabiosos.
Entonces decidieron combatir la enfermedad matando perros y gatos (“muerto el perro, muerta la rabia”). ¿Sabéis cómo? Pues envenenándolos al darles de comer morcilla con estricnina. Esto duró hasta finales del XIX, en que se crean perreras y los llamados laceros capturan a los animales enfermos, para acabar con la práctica de la morcilla envenenada. Luego he observado que en el hablar popular se continúa diciendo “que te den morcilla”. Ciertamente no con intenciones asesinas, sino como deseo de que alguien desaparezca de nuestra presencia.
En fin, llegados hasta aquí en mi anecdotario, es probable que más de uno de mis lectores sienta un impulso irrefrenable de mandarme a freir espárragos, al dudar – irresponsablemente – de mi credibilidad. Si lo hiciera, debería al menos saber que esa expresión tan española data también del XIX. Entonces los espárragos ya eran un manjar apreciado y a nadie se le ocurría freírlos, sino cocerlos. Porque freírlos era más complicado y llevaba más tiempo. Así, al que mandaban a freir espárragos lo mantenían alejado y entretenido por algún tiempo. El suficiente para quitárselo de encima.
En todo caso, por lo que a mí respecta, seguiré de custodio de Córdoba y de todo aquél que me necesite.





