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SELBSTMORD (SUICIDIO)

Terremoto en Volkswagen: arrogancia de los necios

Salgo a la calle y de repente me parece que hoy los coches Diesel apestan más que antes, contaminan más que ayer. ¡Lo que puede la sugestión!

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Hasta ayer el Diesel era más limpio, la tecnología germana de vanguardia nos había regalado motores silenciosos, eficientes, de poco consumo y emisiones muy bajas en CO2. Hoy resulta que esto no es de fiar. Nos han engañado en millones de vehículos y han engañado – hasta donde han podido – a las agencias del medio ambiente. Pero el engaño se ha destapado, como se acaban destapando todos los engaños.

La EPA (Environment Protection Agency) de los Estados Unidos ha puesto al coloso VW contra las cuerdas. Se ha producido un terremoto que ha sacudido a Volkswagen, a la industria automovilística alemana y por ende a toda Alemania. El país modelo en la protección del medio ambiente debe ahora hacer frente a una grave erosión de su prestigio y su credibilidad. Aunque ya ha caído el máximo ejecutivo y seguramente caerán otros muchos responsables, resulta imprevisible el alcance real de este megafraude. Cuando uno se pregunta por qué razón algunos mandos de este imperio industrial y comercial decidieron correr el riesgo y engañar masivamente, ¿qué codicia y afán de beneficio económico les movió a desencadenar una tentativa de autodestrucción de la compañía?

“Selbstmord” (suicidio), así lo calificaba una prestigiosa publicación alemana.

Una vez más en la historia humana se conjugan tres pecados que hacen tambalear todo lo construido con inteligencia y tenacidad:
el delirio de grandeza,
la arrogancia,
la autocomplacencia.

Estas tres lacras que anidan en el cerebro humano han provocado guerras, muerte, devastación, destrucción del progreso. Una especie de manto de Penélope, que se teje y luego se deshace, para volver a empezar. Parece como si la Humanidad anduviera un paso al frente y luego reculara dos pasos atrás.

Me pongo a pensar en cómo podía haber sido la historia humana si se hubiese regido por otras tres constantes, exactamente contrapuestas a las anteriores: frente al delirio de grandeza, la modestia; frente a la arrogancia, la humildad; frente a la autocomplacencia, la autocrítica. La humildad es el concepto clave del que se deriva todo lo demás. La humildad como actitud vital, como consecuencia inteligente de reconocer nuestras muchas limitaciones y como disposición permanente a abrirnos y a aprender del otro.

Es curioso que nuestra cultura occidental de matriz cristiana sea probablemente la que más se aparta de la humildad. Es la misma cultura a la que pertenecen las cabezas rectoras de Volkswagen, o los poderosos del capitalismo y del militarismo americano. Si buceo en las fuentes del mensaje bíblico judeocristiano, me doy de bruces con la virtud de la humildad a cada momento. Tanto en los libros del Antiguo Testamento, como luego en los relatos evangélicos, la humildad es un precepto constante, es casi la columna vertebral del andamiaje moral del que procedemos.

El Libro de los Proverbios dice cosas como éstas:
“El altivo será humillado, pero el humilde será enaltecido”.
“Con el orgullo viene el oprobio, con la humildad la sabiduría”.
“Si quieres saber cómo es realmente alguien, dale poder”.

Y en el Sermón de la Montaña, según Mateo, Cristo dijo: “Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra.”
Pero la apelación a la humildad se encuentra también en el budismo, en los Vedas, en el Islam. Es decir, desde tiempo inmemorial el hombre sabio e inteligente se ha dado cuenta de la necesidad de practicar la humildad, que por otra parte no está reñida con la fortaleza, ni con la perseverancia o la voluntad de progreso. Pero sí está reñida con el egoísmo y la codicia.

Nietzsche fustigó implacablemente el valor de la humildad, contraponiéndole la fuerza y la seguridad altanera del “superhombre”, frente a la debilidad del humilde. Pero Nietzsche no comprendió que el humilde no es débil, sino inteligente. Si hubiera predominado la humildad en la Europa del siglo XX, frente a la ambición de poder, la codicia, la arrogancia y los delirios de grandeza, nos habríamos ahorrado las dos guerras mundiales.

Habrá quien piense que de no ser por la ambición y el afán de dominio, la Humanidad no habría progresado como lo ha hecho en el campo económico y tecnológico, aún a costa de catástrofes, destrucción y muerte. Yo me pregunto si valía la pena pagar este terrible precio por ese pretendido progreso, que es engañoso, injusto, desigual y totalmente ajeno a cualquier código ético.

Por otra parte, constato que los pensadores y los hombres de ciencia, artífices del progreso científico y tecnológico en el mundo, es decir, los verdaderos sabios, se caracterizan precisamente por su humildad. Su gran sabiduría es el antídoto contra la arrogancia. A sensu contrario, la ignorancia de muchos gobernantes, militares y empresarios es la semilla de la prepotencia y la autocomplacencia. Quizá con más humildad la Historia hubiese sido otra. A lo mejor con menos tecnología, pero más humanismo. No sé si tendríamos Internet y revolución digital, pero yo lo hubiera cambiado con gusto por un mundo más justo, más solidario, más sosegado y menos guerrero.

– Ver en Hechos de Hoy, Refugiados: Un desarraigo físico, pero sobre todo un terrible desgarro del alma.


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