Tenía un rendez-vous para un evento de jazz, pero sólo disponía de cinco euros, tal vez siete, en mi cartera. Debería pasar la tarde en casa, esperando a que el reloj de la Casa de la Misericordia diese las nueve y media, y emprender el camino hacia el Chelsey, bar-restaurante-sala de conciertos en Alameda de Rekalde nº 79.
Mi pregunta era mínima: ¿Me alcanzaría con aquellos siete euros para un par de cañas? Podría beber luego agua azucarada con una rodaja de limón. Y, ¿a quién hallaría en la sala?
Así que apagué el cigarrillo en el cenicero y comencé a escribir “Tenía un rendez-vous para un evento, pero sólo disponía de cinco euros, tal vez siete, en mi cartera”.
Después salí a la calle para ver si algo sucedía. El caso es que pasé por un cajero automático y le dije: “¡Eh! ¿Me podrías prestar veinte euros?” El cajero no se hizo de rogar, y me soltó los veinte urracos, así como quien no quiere la cosa. Mi sorpresa fue formidable. Ahora tenía más números rojos que antes, pero el inocente cajero se había apiadado de mí y me había dado lo mío.
Me sentí como si fuera culpable, como si yo fuera un corrupto de tantos con las instituciones bancarias, pero eso no fue óbice para que la seguridad en mí mismo aumentase. Como la dirección del Chelsey era un poco complicada, tomé un taxi y la conductora era una rubia despampanante. Intercambiamos nuestras tarjetas y le di la dirección, a la que ella no supo –o no quiso- llevarme.
Paramos, y me puse a buscar el Chelsey como un loco. Pregunté en muchos bares y algunos transeúntes, pero no conseguí la información, así que me metí en el primer restaurante que encontré, La María, y pedí una ensalada con una copa de vino. Me supo estupendamente. Luego tomé postre y café, a pesar de que el café a veces me desvela, y volví a llamar a mi taxista particular, como si un caballero pidiese un carruaje para volver a su morada después de una noche de picos pardos.
La taxista y yo reiniciamos la conversación que habíamos suspendido en el primer viaje, y me llevó pronto a casa. Llegué a mi domicilio sin Jazz, y me di cuenta de que se me había olvidado recomendarle a la taxista el restaurante en el cual había cenado, pero me pareció un olvido insignificante.
Nada más llegar saludé a mi madre –con la cual todavía vivo a mis cincuenta años de edad por asuntos económicos- y me desnudé. Me metí en la cama soñando que llegaba al Chelsey y una bellísima cantante de jazz embarazada cantaba frente al micrófono.
De la compañera con la que me había citado no tengo noticias.




