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EL DOLOR ES TEMPORAL

La riqueza de un país se mide por el estado de los dientes de la población

Si uno se pincha abrazando un cactus siente una sensación como cuando un puercoespín se enrolla sobre sí mismo, un dolor acentuado que le proporciona la seguridad de estar protegido.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Cuando uno se pincha abrazando un cactus siente una sensación parecida a cuando un puercoespín se enrolla sobre sí mismo, un dolor acentuado que le proporciona la seguridad de estar protegido. En la pareja, ese dolor –mal- denominado amor, sirve para mantener cerca a los conyugues, sean del sexo que sean, pues el dolor es algo más que el sufrimiento, el dolor es la palabra clave para que nos aprendamos la letra con sangre.

Así pues, cuando uno no siente dolor, siente culpabilidad de no haber experimentado ese dolor, se siente responsable de haberlo causado en innumerables ocasiones, y se queja a por no haber obtenido su recompensa en forma de dolor masoquista.

“Me ha dolido mucho”, dice un paciente cuando salta de la silla del dentista con la cara transformada, y procede a recoger sus cosas y vestir humildemente su abrigo, “y mayor dolor será pagar la cuenta, ya que no está usted en la seguridad social”, piensa para sus adentros.

Mi abuelo decía que la riqueza y la cultura de un país se miden por sus dientes. Y no le faltaba razón. Un buen mordisco de realidad es necesario para todos en determinados momentos de la vida, durante los cuales uno está abotargado, sin saber qué hacer, solo, y sin descendientes. Y ahí es cuando entra en juego el dolor, que se transforma en sufrimiento: las palabras para explicarlo no salen del gaznate, y la forma de expresar dolor de cada uno, mediante enfermedades mentales a veces, es única como un ramillete de petunias en la floristería llena de color.

Sientan dolor, damas y caballeros, que vacuna. El dolor vacuna contra el dolor del mismo modo que la penicilina vacuna contra otras enfermedades, quizás causadas por este preciso dolor. Cuando ya nada sirve para apaciguarlo, es cuando es necesario acudir a los médicos, los “shamanes” de la tribu, para que les convenzan de que tomen tal o cual remedio y dejarán de toser por las mañanas, dejarán de ver oscuridad cuando en realidad luce un sol precioso en la calle, cuando el llanto de un niño aúlla como una sirena de la ambulancia y uno se apresta a cederle el paso, porque está sintiendo dolor de no ser el rey del mundo.

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