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QUÉ NO FALTE LA IMAGINACIÓN

Los ojos de la mente, o cómo llevé a mis hijos de viaje

Aquél año no tenía vacaciones, a causa de mis problemas económicos. Estaba avergonzado después de anunciarlo a la familia. Hasta que fuimos al aeropuerto.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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No. Aquél año no tenía vacaciones, a causa de mis problemas económicos. Estaba avergonzado después de anunciarlo a la familia e incluso se vertieron lágrimas. Los chicos me miraban como si todo hubiese sido culpa mía. Mi mujer, por el contrario, me apoyó y dijo: “No necesitamos vacaciones, solamente que tú estés bien.”

Al principio, me llevaba a los niños de excursión. Pero ellos dijeron: “Estos sitios están cerca. Ya los conocemos. Podemos venir cuando nos dé la gana”. Yo reconocí que era verdad. Eran lugares comunes. Comíamos en los parques las cestas que nos había preparado mamá. Hacíamos pic-nics con bocatas de mortadela, vino blanco para cocinar, y de postre, eso sí, nos podíamos comer un par de manzanas y una pera.

Entonces se me ocurrió la gran idea. Cuando más agobiado estaba, mirando la estela de dos aviones de pasajeros que se cruzaban, les dije a los niños: “Mañana vamos al aeropuerto”, sin explicarles el por qué.

De manera que cuando mi mujer nos preparaba la cesta, al día siguiente, le pregunté: “¿Tú no vienes?” Ella respondió que no, que no le apetecía, que tenía que limpiar la casa y hacer no sé qué tareas cosiendo la ropa de los niños. Así que allá fuimos nosotros, al aeropuerto de Sondika, y nos instalamos en una pradera cercana. “¿Véis los aviones que despegan?”, les pregunté, “¿A dónde creéis que van?”

El mayor dijo inmediatamente: “A Tailandia. A ver los elefantes, los palacios de piedra, los ídolos de oro, la selva”. “¿Y ése otro?”, le pregunté al pequeño:”A Disneylandia”, balbuceó. “¿Y que hay en Disneylandia?” le dije, como si no supiera nada del asunto. “Pues está el palacio de Blancanieves, los siete enanitos, la Bella y la Bestia, Nemo, Peter Pan, Garfio, la Sirenita…”

“Caramba”, exclamé, “Si vosotros sabéis más que los que van en avión”. El juego se prolongó hasta el atardecer. Me sorprendió la capacidad de los niños de imaginarse destinos, algunos totalmente inventados. Nos reímos mucho. Cuando recogíamos las cosas, miramos el cielo surcado de estelas de humo hacia todas partes. Parecían dibujos en el cielo, donde despuntaba el crepúsculo, como la herida abierta de una bóveda viva. En el coche, cantábamos. A los que les sobraba el dinero les faltaba imaginación, necesitaban ver las cosas con sus propios ojos, no con los ojos de la mente.

Llegamos a casa y los chicos se abrazaron a su madre. “Mamá, hemos estado en Nueva York”, le dijo el mayor. “Y en Disneylandia” replicó el pequeño. Mi mujer me miró, después de acostarlos tras una cena frugal, y me dijo: “¿Qué les has hecho a los niños? ¡Se les veía tan felices!
“Llevarles de viaje”, acerté a decir.

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