Porque ni las hojas de los árboles caídas en el parque se mueven, odio los domingos. Porque la siesta se alarga y produce pesadillas, odio los domingos. Porque todo está cerrado –habilísimo plan de la municipalidad para educar al turista impidiendo su exceso de consumo- odio los domingos. Porque esto no parece una ciudad europea, odio los domingos. Porque la gente se apoltrona en los bares por las mañanas como enloquecidos zombis que intentan entrar a un bar demasiado pequeño para contenerlos a todos, odio los domingos.
Los lunes son mucho menos deprimentes que los domingos. Los lunes uno se levanta maldiciendo, con energía y mala salud de hierro, se ducha y se prepara para la batalla, y sale pitando. Amo los lunes porque todo vuelve a empezar, las gruesas tuercas que mueven nuestro planeta se ponen de nuevo en movimiento. Porque las mujeres están especialmente bellas con cara de sueño, legañas y marcas de sábanas en la mejilla, adoro los lunes.
Los domingos son demasiado leves, blandengues, estreñidos y grises. En medio de la parálisis general, no hay posibilidad de ir a otro lugar que no sea un bar o el cine. El cine me produce claustrofobia –sólo los domingos- y únicamente me queda el bar tranquilo donde los ancianos echan una partidita de mus. ¿Qué fue del esplendor del sábado, su pompa, su circunstancia y sus gritos de alelados? Se transformaron en ceniza de muerto y acabaron en el sumidero de los domingos.
Eso sí, no me pierdo lo homilía de San Francisco –yo lo llamo así- para ver qué se le ocurre decir, con un mantra sosegador, mientras las multitudes muestran banderas y carteles para que se les vea en la tele.
Del resto de los días para qué vamos a discutir, el martes trae mala suerte, el miércoles es un cretino, el jueves –oh, aquellos jueves- la cosa se anima, y el viernes uno se enamora, como en la canción de The Cure. Los sábados-sabadetes, camisa nueva y dobletes, están demasiado repletos de gente, porque ya se oye aullar al lobo-hombre de los domingos. Y las madrugadas son una fiesta que termina en un paseo zigzagueante a casa, con ligue o sin él, en unas llaves que no entran demasiado bien en la cerradura, en un ascensor donde alguien suspira, y en una cama que defrauda si está desierta.
Definitivamente, aunque no sea mi día preferido de la semana, en comparación con los domingos ganan los lunes, donde los hombres y las mujeres se apresuran sin careta por las avenidas, ignorando los hermosos escaparates de fruta, y los trillones de tiendas de moda que se han multiplicado como hongos en la ciudad más elegante del mundo. Porque Bilbao no tiene nada que envidiar a ciudades como París, Londres, Nueva York, Tokyo, Milán, o Albacete. Activa, la gente que corre en bici parece que pica a sus compañeros en los pelotones –ejem- y compiten con el novísimo parque móvil que es el responsable del 50% de los cánceres de ciudadanos que no fuman.
Háganme caso, donde esté un lunes, que se quite el domingo. Y así será por los siglos de los siglos, hasta que la municipalidad abra las puertas de los comercios también éste día sacro, durante el cual se nos ordena descansar como a borregos, lo mismo que a los hebreos con el Sabbath. Yo quiero caos los domingos. Que uno trabaje y el otro no. Que en la selva virgen se abran las orquídeas y que no se suspenda el flujo de los arroyos salvajes. Que los seres humanos se enamoren, y no se queden en casa, en zapatillas y en bata, mirando un extraño aparato donde salen monigotes, y leyendo un raro dobladillo de papel con el que antes, en los viejos tiempos, nos limpiábamos el trasero después de habernos enterado de cómo estaba el mundo lleno de domingos.




