Si se chupa un regaliz saboreando su punta suavemente, haciéndola girar entre la lengua y los dientes, éste se afila blandamente.
Nada sabían de aquello los comisarios de prisiones, ni el penitenciario de la Crackle Disneyland, que permitieron el consumo de regaliz entre los presos.
Una “mañana amañada”, un hombre apareció muerto con el pecho atravesado por una barrita de regaliz que tenía su punta afiladísima.
Se buscó al culpable, pero resultó un misterio irresoluble. Así que se decidió demandar a la empresa de regalices más poderosa del mundo, para sacar provecho de este asunto, y justificar los hechos.
El hombre muerto por un regaliz fue enterrado en el patio de la prisión, con todos los honores de sus compañeros. Ellos decían que había sido suicidio, pero nadie les creía. ¿Cómo él, un preso que acababa de cumplir toda su condena, y se disponía marchar libre al día siguiente, podía haber cometido tamaña estupidez?
Los condenados abrieron sus jaulas de pájaros, que se fueron a un árbol, el único dentro de la de la prisión, pero continuaron allí, con un formidable estruendo. Hasta que la última palada de tierra cubrió el cuerpo del asesinado.




