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ERA EL DESTINO

Le dije… no voy a decir lo que le dije

¿Acaso los hados no me eran favorables? Había escogido un día de primavera que no fuese número trece. Me había aprendido de memoria mi declaración. Todo estaba preparado al milímetro.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Mi declaración de amor y el anillo de oro que guardaba en el bolsillo pasaron a segundo plano y a interesarme aquel fenómeno extraño. La cuestión era probar de una forma clara que cuando intentaba decir “Te adoro. Cásate conmigo” una caterva de mendicantes y vendedores ambulantes irrumpía en escena, como si no quisieran que pronunciase aquellas palabras.

Reflexioné que el mundo es un pequeño teatro, sí, pero lleno de acomodadores, aunque no sé si esto venía mucho a cuento. Miré de izquierda a derecha, y abrí los labios varias veces, de mosqueo, como si fuera a empezar a hablar. Una vez estuve seguro de que por fin nos habían dejado en paz, me dispuse a expresar lo que había estado intentando decir durante toda la mañana.

Entonces llegó aquel vendedor de barato-barato, y lo comprendí todo. Era el destino. Alguna fuerza sobrenatural intentaba evitar que yo soltase una bobada. En consecuencia, le compré un reloj de pared con el escudo del Athletic bordado en “petit point”, y una venus africana de pechos colgantes. Estreché su mano, y no le di un abrazo porque dios no quiso. Sin embargo, de poco valió la cosa, porque cuando se fue, ella insistió: “¿Qué era eso tan importante que me querías contar?”

Decidido ya a soltar la parrafada habitual en estos casos, se lo expliqué a mil por hora: que cada vez que intentaba decirle que era la mujer de mis sueños, alguien aparecía y me fastidiaba la oportunidad, pero que todo ello acababa por la petición de matrimonio, esperando que fuese feliz y que me dijera que sí. Justo en ese momento apareció un rumano malencarado repitiendo como una letanía: Para comer/Para comer/Para comer… Sin pensarlo dos veces y más que nada para que nos dejase en paz, metí la mano en el bolsillo y le di algo.

Cual fue la alegría del rumano cuando vio un anillo de oro en la palma de su mano, y mi alarma al caer en la cuenta de lo que le había dado. El rumano, consciente de mi despiste, echó a correr, y yo detrás. Lo cierto es que para estar tan desnutrido como presumía, el rumano era un corredor de fondo, y se sabía las callejuelas del Casco Viejo como si hubiera nacido en la ciudad. Al final, tuve que aflojar la marcha hasta la velocidad de crucero, y el rumano, después de dar unos saltos y mirar varias veces atrás para cerciorarse de que había ganado la carrera, desapareció entre cantones oscuros.

Volví a la Plaza Nueva y la busqué. Ni rastro de ella. No podía creer mi mala suerte. ¿Acaso los hados no me eran favorables? Había escogido un día de primavera que no fuese número trece. Me había aprendido de memoria mi declaración. Todo estaba preparado al milímetro.

Desesperado, me senté en un banco. De pronto, una mano se posó en mi hombro: “Todavía estaba esperándote. Te has equivocado de bar”. Y añadió: “Nunca me habían pedido matrimonio con un escudo del Athletic y una estatua africana”. “Entonces, qué dices”, pregunté yo, azorado. “Que sí”, respondió ella, antes de besarme.

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