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LEER ANTES DE CONSUMIR

La poesía de las etiquetas alimentarias todavía no ha sido debidamente reconocida

Mi angustia estaba compuesta de melocotón, jarabe de glucosa y fructosa, azúcar, espesante E-410 y benzoato sódico, que extendí sobre la rebanada de pan como quien reparte la soledad amarga.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Mi angustia estaba compuesta de melocotón, jarabe de glucosa y fructosa, azúcar, espesante E-410 y benzoato sódico, que extendí sobre la rebanada de pan como quien reparte la soledad amarga y la acompaña de la tristeza del Omega 3 en la leche. Si tuviera que definirlo de alguna forma, diría que mi desmayo primaveral se compensó parcialmente con un poema moderno de vitaminas A, D, E, y B, un suplemento necesario de romántica glucosa que rimaba e incluso una paradoja en los versos del concentrado de frutas.

La poesía de las etiquetas alimentarias todavía no ha sido debidamente reconocida, ni siquiera por esos millones de personas que comen solas y se dedican a leerlas, a recortarlas a veces, y a guardarlas como si fueran tesoros de la literatura universal, porque cuando se está abocado a la vida solitaria, la única compañía -aparte de la radio- es la de los soberbios pasajes de la literatura de la etiqueta y el envase.
El modo de preparación ha salvado a muchos del suicidio -seguro que a muchos más que el teléfono de la esperanza- y las recomendaciones culinarias cumplen la función de la visita al psicólogo, lo mismo que la información nutricional, que es un excelente suplemento de los periódicos y los telediarios.

La recomendación de leer la etiqueta no es vana. Es algo así como un consejo de amigo a amigo: “Oye, tú, lee la etiqueta, que merece la pena”, lo que se dice un boca a oreja, no sólo para quien la tiene dolorida. Así mismo, un aglutinante D-530 puede servir para una receta de amor que deje extasiada a su pareja, con todo lo que ello conlleva más tarde. El amor puede resumirse en una explosión de vitaminas y conservantes, pura química gastronómica que se resume en un beso a tornillo de acidulantes y jarabes.

De tal forma, las familias no pueden pasar sin su espesante B-465, ni su valor energético de 188 Kcal, sus proteínas 2,5 mg, ni sus hidratos de carbono 4, 08 g, y mucho menos de las grasas 18,0 g. Para mantener a la familia unida, es necesario tener en cuenta lo que la familia come.

Cuando esté aburrido desayunando solo, lea, lea los sofisticados e inspiradores mensajes que llevan las etiquetas como si fueran soberbios pasajes de la literatura universal.
Así que lo mejor es tenerlo bien claro, cuando se escriben poemas del tipo: “Eres como el benzoato de mi vida, amor de grasa, sin ti me faltaría el Omega 3, me faltaría la glucosa y el conservante, todo el azúcar añadido te lo debo a ti”. No lo dude, el receptor de la poesía alimenticia caerá rendido en sus brazos.

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