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TRAS LAS ELECCIONES

La tertulia: cómo no caer en el mismo tedio de todas las cadenas de televisión

Fermín Coll, harto de moderar tertulias políticas llenas de soflamas redentoras, infundios infundados y promesas de actuaciones taumatúrgicas en favor del pueblo, pone en marcha una idea.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Fermín Coll, presentador estrella de la cadena privada Nordeste Televisión, estaba aburrido y harto. Estaba hastiado de organizar y moderar tertulias y debates políticos durante toda la campaña electoral. Siempre el mismo guirigay, la misma olla de grillos. Los periodistas y los representantes de los diversos partidos políticos alrededor de la misma mesa, diciéndose las mismas tonterías, agrediéndose verbalmente con infundios infundados, prometiendo actuaciones taumatúrgicas en favor del pueblo si resultaran ganadores, vociferando lugares comunes y soflamas redentoras, que sólo reafirman – más que convencen – a aquellos que les van a votar por lo que representan, no por lo que son o por lo que harán.
 
Fermín se había levantado aquella mañana, pasadas la elecciones, con una idea totalmente nueva. El panorama postelectoral era confuso y daba para especular y debatir hasta la extenuación. Pero él no iba a caer de nuevo en lo mismo, en el mismo tedio de todas las cadenas. Él iba a realizar su idea, caiga quien caiga. Y estaba seguro de llevarse a la audiencia. De modo que empezó a organizar la tertulia. Su tertulia.
 
Ataulfo es mendigo desde hace años. Frecuenta un barrio rico y va cambiando de esquina donde apostarse, para encontrar a gente diversa y cambiante. Por la noche duerme en un cajero automático, siempre el mismo. Hasta que un día, por la mañana y antes de abandonar su dormitorio, se le acerca un hombre del banco y le pasa una nota. En ella se le convoca a una tertulia en la televisión, a las 10 de la noche.
 
Cándido es el presidente del banco, en uno de cuyos cajeros pernocta Ataulfo. También a él le han convocado a la tertulia. No le atrae mucho esa reunión en la tele, porque ya se teme todos los ataques y críticas que va a recibir como representante de “la casta”. Pero por otro lado no hay que dejarse amilanar y hay que dar la cara, hay que evitar que “los soviets” se salgan con la suya. Todo ello a pesar de haberse abstenido, porque el día de las elecciones tenía un viaje a Petra.
 
Jordi recibe la citación en la parroquia. Él es sacerdote católico, jesuita como el Papa. Él había votado, pero en blanco, porque ninguna opción política le convencía. Se pregunta por qué le han convocado a una tertulia televisiva. El voto es secreto, pero ¿acaso sabían que él era voto en blanco? A lo mejor lo habían averiguado en la parroquia.
 
Clara es doctora psiquiatra. Trabaja en el Clínico. Se recibió una convocatoria, a condición de haberse abstenido o haber votado en blanco. Ella votó en blanco y no lo ocultaba, así que aceptó participar en la tertulia con una cierta curiosidad.
 
Luis es taxista desde hace años, de cuando no había manera de encontrar otro trabajo. Anduvo pregonando por la cooperativa que él pasaba y se abstenía. Que se lo hicieran ellos. Por eso también a él le alcanzó la convocatoria y aceptó porque le gusta ser protagonista y eso de salir en la tele era una ocasión única.
Pedro está en el paro desde hace año y medio, desde aquel ERE fatídico que ni siquiera respetó a los titulados universitarios como él, que era licenciado en Derecho. Estaba tan asqueado y pesimista, que desde luego no fue a votar. Pero lo había comentado en la oficina de empleo y por ahí le seleccionaron.
 
Raquel regenta un prostíbulo conocido. A sus 50 años ha decidido dejar el oficio más antiguo del mundo y montar su negocio. Y le va de primera. Había comentado a varios clientes asiduos su voluntad de votar en blanco, por disconformidad con los corruptos y los populistas. La opción que ella prefería no tenía posibilidades, así que era mejor no votar a nadie. Y ahora la iban a interrogar en televisión, pero ya les iría manteniendo a raya.
 
Por último estaba otro mendigo, Antoñito el tibetano. No porque fuera del Tibet, sino porque viste túnica naranja y va rapado, como los monjes budistas. Y como ellos, vive de la mendicidad. En realidad se llama Antonio Llorens y procede de una acaudalada familia burguesa catalana. Pero tras un viaje a la India y al Tibet lo plantó todo y decidió vivir como budista en la pobreza. También él  se había abstenido en las elecciones y se lo había dicho a Clara, la psiquiatra, que charlaba con él en el barrio de vez en cuando. Fue ella quien le entregó la convocatoria para la tertulia y decidió aceptar.

Comienza la tertulia de los marginales

 
Son las 10 de la noche en Nordeste Televisión. Fermín Coll saluda a los televidentes y presenta la que ha bautizado como “ la tertulia de los marginales”:
 
–         Muy buenas noches, Señoras y Señores. Sin ánimo de provocar, yo diría que ya pasó lo malo (las elecciones municipales y autonómicas) y ahora sólo queda lo peor: las negociaciones, los pactos, los desplantes,  los compromisos, los voluntarismos … 
Los ocho tertulianos de esta noche postelectoral tienen algo en común: ninguno de ellos ha votado; mejor dicho, unos se han abstenido y otros han votado, pero en blanco. Nos ha parecido interesante reunirlos y conocer sus puntos de vista de ciudadanos automarginados.
 
De izquierda a derecha, Ataulfo, mendigo;  Cándido, banquero; Jordi, sacerdote católico; Clara, psiquiatra; Luis, taxista; Pedro, parado; Raquel, propietaria de un club de alterne;  y por último Antoñito el tibetano, monje budista.
 
Nuestra tertulia se va a emitir en directo en dos sesiones relativamente cortas, una esta noche y la siguiente mañana por la noche a la misma hora. Hoy vamos a comenzar formulando dos únicas preguntas a nuestros tertulianos, que cada uno deberá contestar y luego podrá haber un breve debate si da tiempo.
Las dos preguntas que lanzamos son las siguientes:
1.     ¿Por qué te has abstenido o has votado en blanco?
2.     ¿Qué políticas te gustaría que se implantasen por quienquiera que vaya a gobernar los municipios?
 
–         Pido la palabra,  dice Raquel, la Madame, y te contesto rápido a las dos preguntas. En cuanto a la primera, yo he votado en blanco, porque creo que mi obligación democrática es votar. Sin embargo, no puedo inclinarme por ninguno de los partidos en liza, unos por gastados y corruptos, otros por utópicos e ilusos. Mi respuesta a la segunda pregunta es contundente: políticas de crecimiento económico para crear riqueza y aumentar el consumo. De eso vive mi negocio y, si es posible, que impongan controles médicos e higiénicos para frenar las enfermedades venéreas.
 
–         Yo soy Ataulfo y soy mendigo. No he ido a votar. ¿Para qué iba a hacerlo? Al final siempre son los mismos los que se reparten el pastel, con o sin mi voto. Contesto a la segunda pregunta: que sobre todo no hagan populismo y demagogia. Que no toquen los barrios ricos como el de mi trabajo, que son los que me dan de comer. De los salvapatrias sociales no me fío un pelo.
 
–         Bueno yo soy Cándido, presidente de un banco. No pude votar a tiempo por correo y estaba de viaje en Jordania el día de las elecciones. De todos modos hubiera votado a una opción conservadora no soberanista, ya que se es conservador cuando se tiene algo que conservar. Pero no me opondría a medidas de carácter social – siempre que haya dinero para implantarlas -, entre otras cosas para evitar que los mendigos como nuestro amigo Ataulfo duerman en nuestros cajeros.
 
–         Yo soy Jordi, cura jesuita. Voté en blanco, porque no me convencía ninguna opción. Aunque ahora me arrepiento, porque debería haber votado por las propuestas de carácter social más radicales. Tuve muchas dudas por temer darle alas a los partidos anticlericales o incluso ateos. Pero luego he comprendido que los que de verdad se preocupan por los pobres y necesitados son gratos a Dios, aún renegando de Él. Con esto creo haber contestado también a la segunda pregunta.
 
–         Me llamo Pedro y estoy en el paro. Soy licenciado en Derecho y víctima de un ERE. Tengo 50 años y creo que ya no volveré a tener un trabajo digno, como no acabe siendo el de mi contertulio Ataulfo, el mendigo. No fui a votar porque estoy asqueado con este sistema y no creo ya en cambios de ningún tipo. Algo muy profundo falla, cuando un ciudadano que no ha hecho otra cosa que trabajar duramente en su vida, de repente se ve expulsado del mercado de trabajo sin comerlo ni beberlo, sólo porque unos señores de Nueva York deciden un buen día desencadenar una crisis financiera global. Si tengo que contestar a la segunda pregunta, diré que hay que acabar con el capitalismo financiero, antes de que él acabe del todo con nosotros. Y me temo que en esta guerra llevamos las de perder.
 
–         Yo soy taxista y me llamo Luis. La política y los políticos no van conmigo, por eso me abstuve de votar, como hago siempre. Eso de que con mi voto puedo contribuir a que las cosas cambien, son monsergas. Ahora bien, ya que estoy aquí y me piden opinión, pues voy a decir que los taxistas somos gente de orden y no del desorden y el caos en el que estamos todos metidos, por falta de mano dura. Lástima que aquí no tengamos el Front National de Francia, porque es al que yo habría votado, igual que lo ha hecho mi primo Celestino en Francia, que es taxista en París.
 
–         Mi nombre es Clara y soy psiquiatra en el Hospital Clínico. Yo he votado en blanco por disciplina democrática, pero no puedo apoyar con mi voto a los partidos o candidatos que concurrían, porque más bien les veo a todos como pacientes potenciales de mi consulta. Si contesto a la segunda pregunta, es para desear fervientemente que todos pacten y transaccionen en aras a mejorar la vida de los ciudadanos. Pero esto de los pactos no tiene que limitarse a un contrato de buenos propósitos, cuyos contratantes luego siguen unidos a sus partidos matrices con un cordón umbilical. No, una vez suscrito el compromiso, la nueva condición debe prevalecer y desligarse de lo anterior, para consagrarse por entero al cometido de servir a los ciudadanos. Me temo que esto sea una utopía irrealizable. Pero recuerdo a este respecto la transmutación que sufre el canciller Thomas Becket (siglo XII), después que su amigo de correrías el Rey Enrique II de Inglaterra le nombra arzobispo de Canterbury. Becket, ya ungido de su nuevo cargo, no titubea en enfrentarse a quien lo nombró, lo que le acaba costando la vida. Todo ello en la película de 1964, interpretada por Richard Burton y Peter O’Toole.
 
–         Soy Antonio y me llaman el tibetano, aunque nada tengo que ver con aquel maravilloso país, excepto que he aprendido de ellos lo que es la meditación y la pobreza, frente a este mundo materialista que camina hacia su segura perdición. Como ya le dije a mi amiga Clara, la psiquiatra, con la que converso de vez en cuando en la calle, me abstuve de votar en estas elecciones. Y lo hice, porque no creo en la democracia de los votos, que nos ha llevado a este mundo de desigualdad e injusticia. Tampoco creo en la dictadura de unos autoelegidos salvadores, que acaban sometiendo a la mayoría para enriquecerse ellos. Yo rompí hace años con ese mundo y con mi familia burguesa, que se hallaba prisionera de él y no se percataba. Entonces me preguntaréis: ¿en qué crees tú y cuál es tu solución? Pues bien, os lo diré. Yo creo en las enseñanzas del Buda, que recomienda desprenderse de todos los deseos, practicar la caridad y la pobreza y desde luego ser castos también en lo económico. Si la gente fuese educada en estas enseñanzas, seguro que encontraría los medios para delegar en aquellos que – sólo por corto tiempo – tuvieran que gobernarles y ocuparse de los negocios públicos. Ahora bien, como soy budista pero no tonto, me doy cuenta de que esto sólo pasa en un cuento de hadas. La Humanidad está irremisiblemente condenada a su extinción y mientras tanto yo no puedo hacer más que ser congruente conmigo mismo y seguir adelante viviendo de la caridad – o quien sabe si de la compasión autosuficiente – de mis conciudadanos.
 
Tras las últimas palabras de Antoñito se produce un silencio extraño entre los tertulianos. Entonces Fermín Coll, el presentador, toma la iniciativa:
 
–         Gracias a todos vosotros por vuestras intervenciones, sin duda de mucho interés para nuestros espectadores. Deberemos dejar un ulterior debate para la tertulia de mañana. Pero me parece que habéis dado una valiosa lección a todos los políticos y partidos, para que entiendan que esperamos de ellos un servicio, no un poder.
 
Y no tenemos tiempo para más. Muy buenas noches.
 
Al día siguiente Fermín Coll recibe la carta de despido fulminante de la cadena, por “incitar a la rebelión social y respaldar conductas insolidarias y antidemocráticas”. Con la carta de despido en el bolsillo sale a la calle y se topa de repente con Clara, la psiquiatra, en la cafetería.
–         Hola Clara, lo de esta noche se ha cancelado. Por cierto, ¿Cómo se llamaba la película de Thomas Becket? 
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