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MUSA, ESPOSA Y VIUDA

Alma Mahler-Werfel, como un racimo de cerezas

Esta mujer excepcional vivió un período histórico tan convulso que abarca el epílogo del imperio austrohúngaro, dos guerras mundiales y el mundo europeo y americano que nació en 1945.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Cada vida humana es sagrada y por algún motivo, relevante. Sin embargo, desde la propia visión de mi vida tengo la sensación de la más absoluta mediocridad, cuando me comparo con personas que viven o han vivido en este mundo y han sido testigos directos de acontecimientos históricos, al tiempo que han creado o recreado obras de arte musical o literario.

Este pensamiento acude a mí tras haber leído un libro fascinante: la autobiografía de Alma Mahler-Werfel. Esta mujer excepcional nació en Viena y vivió de 1879 a 1964, abarcando un período histórico tan decisivo y convulso, que incluía nada menos que el epílogo del imperio austrohúngaro, las dos grandes guerras mundiales y el mundo europeo y americano que nació después de la segunda, en 1945.

Muchas mujeres tuvieron que vivir en esa etapa de finales del XIX y mitad del XX, pero ella y sólo ella, la bella Alma Schindler, hija de un famoso pintor vienés, tuvo el privilegio de nacer en aquella Viena – hervidero cultural, artístico e intelectual – en aquellos precisos años y ella y sólo ella conoció, trató, amó y sufrió a una pléyade de grandes creadores que poblaban la capital austriaca o vivían en ella casi obligadamente. ¿Qué misterioso atractivo poseía esta mujer, aparte su belleza física, para encandilar, enamorar, inspirar a tantos genios del arte universal?

Artista musical ella misma hasta la médula, conectaba y sintonizaba por igual con músicos, pintores, literatos, escultores, arquitectos. Gustav Klimt, amor de juventud; el gran Gustav Mahler, su primer marido; Oskar Kokoschka, del que fue musa y amante; su segundo marido Walter Gropius, famoso arquitecto fundador del movimiento Bauhaus; y finalmente Franz Werfel, el amor de su vida y su tercer marido, que fue un extraordinario poeta, dramaturgo y novelista, nacido en Praga como Kafka y judío como él.

Entre sus amigos más cercanos, que frecuentaron su casa y sus tertulias, estaban además Arnold Schönberg, Alban Berg, Richard Strauss, Bruno Walter, Gerhart Hauptmann, Thomas Mann, Romain Roland, Benjamin Britten, Max Reinhardt, Arthur Schnitzler, Anton Bruckner

Penetrando, pues, en la vida y el mundo que describe Alma Mahler-Werfel, van surgiendo, como las cerezas enredadas unas con otras en un cesto, los temas palpitantes que desgrana Franz Werfel de modo magistral en sus novelas. Así me encuentro con el genocidio armenio a manos de los turcos, un hecho histórico probado y nunca abiertamente reconocido por los causantes. Un horror más del siglo XX.

Werfel lo retrata en su novela Los cuarenta días de Musa Dagh, inspirada por los niños famélicos que deambulan por el bazar que visita en Damasco con Alma en 1929 y resultan ser huérfanos de los armenios masacrados en sus tierras, cuando se resistían a ser deportados por las autoridades otomanas, en una operación de “limpieza” a favor de una Turquía sólo de los turcos.

Esta obra literaria, objeto de culto entre los armenios y luego también referente en los ghettos judíos, convierte a Werfel en héroe de la patria armenia hasta nuestros días y hace decir a un sacerdote armenio: “Ya éramos una nación, pero ha sido Franz Werfel quien nos ha dado el alma.”

Sigo tirando de las cerezas en el cesto y me tropiezo con el santuario de Lourdes. Año de 1940. Alma Mahler y Franz Werfel han tenido que huir de su Viena querida, desde 1938 parte de la Alemania nazi, y buscan refugio primero en París. Franz Werfel es judío y está en la lista de la Gestapo. Cuando París es ocupada en 1940 y Francia invadida, la pareja MahlerWerfel escapa hacia el sur (la mal llamada Francia libre) para intentar huir a través de España, pero de momento no consigue visados.

Francia es un caos completo de refugiados, desplazados y perseguidos. No encuentran donde hospedarse y en la ciudad de Pau, en los Pirineos, les hablan de Lourdes, a pocos kilómetros de allí. Recalan en el santuario y el espíritu de Werfel – judío de Bohemia de cultura alemana y penetrado del alma ilustrada de la Viena de principios del XX – se abre a contemplar y absorber con avidez el fenómeno católico de las apariciones de Lourdes. No es que se convierta. Él tampoco era judío practicante y Alma era católica por tradición familiar. Pero la historia de Bernadette Soubirous le impacta y conmueve de tal modo, que se promete a sí mismo dedicarle una novela si consiguen salvarse de aquel infierno y alcanzar América.

Ya en Nueva York, en 1941, Franz Werfel cumple su promesa. Escribe de un tirón y sin descanso La canción de Bernadette. La novela es un éxito editorial y más tarde sirve de soporte a una película de Hollywood. No es una novela católica. Es una historia conmovedora sobre el poder y la eficacia que tiene la vivencia de cualquier fe. Werfel tenía fe en la humanidad, pese a que la humanidad de su tiempo no se la mereciera demasiado.

La última “cereza” que me encuentro es la amistad de Alma y Werfel, trabada en Estados Unidos, con Jan Masaryk, insigne político checo, ministro de exteriores del gobierno checoeslovaco en el exilio en Londres durante la ocupación nazi y luego ministro en los primeros gobiernos de la Checoeslovaquia liberada. Una personalidad noble y entera, que se mantiene fuera del partido comunista, hasta que una mañana de marzo en 1948 aparece su cadáver defenestrado en el patio del ministerio de exteriores en Praga. Una víctima más de las purgas instigadas por Stalin.

Todo un mundo de civilización y cultura que floreció en aquella Viena maravillosa de los últimos años del imperio Habsburgo y desde allí se proyectó a todo Occidente de manera potente, más allá de dos guerras terribles y hasta nuestros días. Muchos de aquellos protagonistas excepcionales eran judíos, integrados en aquella cultura tan de ellos como de todos los demás, puesto que fueron determinantes para su desarrollo y expansión. Stefan Zweig, otro judío austriaco eminente de aquella época, la retrató como nadie en su libro El mundo de ayer.

Y Alma Schindler, que no era judía, tuvo dos maridos pertenecientes a esa comunidad (Mahler y Werfel) y estuvo toda su vida de mujer y artista en una especie de comunión intelectual profunda con aquella minoría de capacidades portentosas. A la vista de lo que ocurrió, uno se pregunta sobre las atávicas razones que pudieran explicar el antisemitismo, esa semilla de odio que parece directamente inoculada por el Maligno.

¿Será cierto lo del pueblo escogido de Dios?
Si así fuera, todos los que lo han expulsado, perseguido o casi aniquilado, muchas veces en nombre de ese mismo Dios, merecerían arder en el peor de los infiernos: el de la ignorancia.

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