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IMAGINAR LA BELLEZA

La seducción de lo inconcluso, de Bach, Mozart y Kafka a Gaudí o el Marqués de Sade

¿Cómo serían los brazos y manos de la Venus de Milo? ¿Qué gestos de majestuoso simbolismo, ternura y sensualidad nos podemos imaginar prolongando su cuerpo de mármol amputado?

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Escucho las frases sinfónicas en si menor, el tema melancólico de la octava de Schubert, el creador de melodías más prolífico del siglo XIX. Todo él, en su corta vida, era inspiración melódica. Un caso irrepetible. Pero la octava sinfonía quedó inacabada, nadie sabe por qué no la terminó, ya que no fue su muerte prematura la causa. Quizá le apeteciera dejarla así, con el atractivo misterioso de lo interrumpido en el tiempo y sin embargo redondo y magnífico en su – quizá deliberada – construcción incompleta.

No dejo de pensar en el encanto que tienen las obras de arte incompletas. El atractivo de lo inconcluso. ¿Por qué nos gusta tanto? Con independencia además de las causas. En muchos casos la muerte del artista le impide rematar su obra; en otros un aparente y súbito desinterés por continuarla; en algunos acaso un deliberado afán de no acabar, de suspender la creación en el interrogante y la magia de muchos posibles finales. Pero incluso las obras maestras que sí se concluyeron, pero que no nos han llegado enteras por múltiples razones (extravío de una parte, destrucción parcial por el paso del tiempo, etc.), incluso éstas parecen desprender un magnetismo especial en su versión cercenada, como si prefiriéramos contemplarlas como nos llegaron, como si su belleza aumentase por lo que les falta y antes tuvieron.

¿Cómo serían los brazos y las manos de la Venus de Milo? ¿Qué gestos de majestuoso simbolismo o acaso de ternura y sensualidad nos podemos imaginar prolongando su cuerpo de mármol amputado? ¿Sostenía con uno de sus brazos la manzana que Paris le ofrendó a Afrodita para distinguirla como la mujer más hermosa? Quizá el pastor griego que a principios del siglo XX desenterró y guardó la escultura hallada cien años antes en la isla de Melos pudiera dar una respuesta, pero no la dio.

Tampoco nos reveló Tiziano por qué nunca acabó su pintura de La Piedad. Y cada vez que escuchamos las 14 fugas de El arte de la fuga de Bach, que son como la quintaesencia del contrapunto musical, nos preguntamos por qué no las terminó, al tiempo que casi nos alegramos de que no lo hiciera, no fuera que al hacerlo hubiese rozado peligrosamente el umbral de la máxima perfección permitida a un ser humano.

Sentimientos parecidos nos invaden con el Requiem de Mozart, que en este caso la muerte dejó inconcluso. ¿Y el Turandot de Puccini, la décima de Mahler, la novena de Bruckner? Todo, arte interrumpido abruptamente, maravillosamente.

Al menos en el lenguaje musical, hecho de voces y sonidos tonales, lo inacabado resulta más etéreo, la magia de un final desconocido nos impregna con mayor facilidad. Sin embargo, cuando nos trasladamos al mundo literario, las obras inacabadas nos asombran más, porque se diría que el autor tuvo que parar de escribir en contra de su voluntad. Pero no parece esto responder a la realidad, sino que el escritor quiso – quizá como el músico – dejar deliberadamente en suspenso su relato, para que fuese el lector quien lo completase a su gusto e imaginación.

El hombre sin atributos de Robert Musil y El castillo y América de Franz Kafka son un exponente de obras literarias renovadoras y rompedoras no terminadas. Sencillamente porque no podían terminarse, como un círculo que gira sin final sobre sí mismo.

Tampoco sé por qué el Marqués de Sade no terminó su libro Los 120 días de Sodoma. Hay quien lo atribuye a que se perdió parte de él en el asalto a la Bastilla en 1789. ¿Qué tuvo que ver Sade con la prisión de la Bastilla? Pues que estuvo preso en ella en 1785 y fue allí donde escribió esa obra en 30 días. Pero aunque se le requisó en la cárcel, el hecho es que luego se halló el manuscrito en la celda que había ocupado y todo indica que fue él quien la dejó inacabada. Esto daría para una novela sobre una novela. Como la dramática historia de Irene Nemirovsky, la autora de la Suite francesa, obra inconclusa de una vida inconclusa por la acción criminal en un tiempo de holocausto.

Nos atrae lo inacabado, cuando la parte acabada es tan bella, que sabemos o intuimos cómo podría haber sido lo que falta. Da igual que se trate de la Sagrada Familia de Gaudí o de la Adoración de los Magos de Leonardo Da Vinci.

Pero hay más. Tengo la sensación de que el gusto por lo incompleto va más allá de lo dicho. Obedece a un impulso profundo del espíritu humano. Quizá porque en el fondo sabemos que estamos inmersos en un misterio indescifrable y desconocemos su origen y su destino final. Apenas adivinamos sus contornos y nos debatimos continuamente en la búsqueda de algo que tenga un sentido y responda a todas las preguntas. Y mientras nos pasamos la existencia en ese trance, y nos damos de bruces una y otra vez con los mismos enigmas, cuya interpretación escapa de nosotros cada vez que creemos habernos acercado, resulta que comprendemos que la realidad, como el arte, no es más que una acotación temporal y engañosa de algo que fluye sin cesar y no se acaba.

Por eso nos seduce lo inconcluso en el arte.
Porque nos acerca a lo que somos y nos permite imaginar la extraordinaria belleza que se nos oculta.

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