El profesor Peter Higgs estaba consternado. A sus 85 años, después de dedicar toda una vida a la física, después de obtener el Nobel en 2013, después de acercarse un poco más al conocimiento del origen del universo, descubrió de repente que había dos enigmas que, pese a toda su ciencia, no era capaz de explicar: uno era la desigualdad abismal en el reparto de los bienes y riquezas del planeta entre la población; otro era la hamburguesa, el misterio de su estructura y composición y la razón última de su éxito mundial.
Mientras paseaba, apoyado en su bastón de caminante, por el sendero sombreado del bosque cercano a Newcastle, sus pensamientos saltaban desordenadamente de un campo a otro, de la hamburguesa a la desigualdad, pasando por las partículas subatómicas.
Se estaba imaginando una hogaza de medio kilo, apenas salida del horno y oliendo a pan caliente. Había que repartirla. Más de la mitad para 70 millones de personas, el resto para 6.930 millones de bocas hambrientas. Así funciona el reparto de los bienes en el mundo. Las migas microscópicas de la primera mitad podrían quizá alcanzar al 1% de la población mundial sin mayores problemas de división. Pero dividir la segunda mitad del pan entre el 99% de la población restante, se parecería a la física cuántica. La parte que le tocaría al mendigo de Calcuta le recordaba a los protones y neutrones, mejor dicho a su subdivisión en quarks y electrones o leptones, más aún, al bosón que lleva su nombre. Algo ya no divisible.
Claro que el bosón facilita la masa a las restantes partículas subatómicas y es creador de energía. Pero no se ve qué clase de energía le supone al de Calcutta su partícula indivisible de pan. Algo falla en el esquema. Higgs barrunta que la humanidad está tergiversando y alterando muy peligrosamente la armonía de la naturaleza. El uno por ciento come demasiado y el noventa y nueve por ciento restante come demasiado poco.
¿Será esto una consecuencia de la fisión nuclear descontrolada?
Mientras respira el aire húmedo y vegetal del bosque, cavila que a lo mejor habría que estudiar el problema en los laboratorios del CERN de Ginebra. Claro que este problema no es de naturaleza física sino social, y él todo lo ve a través del tamiz de la física de partículas. Pura deformación profesional.
Sin embargo aparecen asombrosos paralelismos, porque la materia – o sea la mitad del pan que se come el uno por ciento – representa ciertamente una porción mínima de lo visible, frente a la parte del pan que se reparte el otro noventa y nueve, y que le recuerda a la materia oscura o antimateria.
Higgs empieza a estar cansado de la caminata. Consulta su reloj, son ya las 12:30. Su estómago reclama algo más que partículas subatómicas.
Así que echa mano de la fiambrera, se sienta en un tosco banco de madera de los que jalonan el camino y saca la hamburguesa, que va envuelta en papel de aluminio y aún conserva un tenue calor. Coge un tubo de ketchup que le sirve para rociar la hamburguesa y el bocadillo con un churrete de esa codiciada salsa universal basada en el tomate.
Mientras se dispone a morder todo eso, piensa en Mc Donalds. ¡Caray con los escoceses! Porque aunque éstos sean de California, el “Mac” de su procedencia escocesa es inequívoco. Y hay que ver el imperio que han montado, desde que nacieron en 1940. Todo basado en un pedazo de carne picada, aderezado con queso, bacon y aros de cebolla, aprisionado entre dos mitades de algo blando, que se llamaría pan si aplicamos un criterio de suma indulgencia.
Higgs saborea la hamburguesa. Su mente analítica e inquisitiva le lleva a preguntarse de repente cómo se puede construir una multinacional, implantada en todo el planeta y con 1.800.000 empleados, simplemente sustentada por la hamburguesa. Según averiguó, la hamburguesa nace en los Estados Unidos ya a finales del XIX y poco o nada tiene que ver con la ciudad de Hamburgo, como no sea por la posible influencia de los inmigrantes alemanes que añoraban las “Frikadellen” o carne picada que se comía en Hamburgo.
Higgs piensa circunspecto en la composición molecular de la hamburguesa. Malas lenguas titubean a la hora de definir si la carne es de ternera, cerdo o caballo, o una mezcla de las tres.
En todo caso la suya está sabrosa, si bien no basta con esa constatación. Hay que profundizar más, hay que dar con el elemento del origen, con algo que explique del todo por qué estimula las papilas gustativas de media humanidad, siendo del todo elemental como cualquier partícula de las que él investiga. Quizá se haga necesario – parodiando su propio hallazgo en el universo de las partículas subatómicas – investigar científicamente hasta hallar el equivalente del bosón, pero el de la hamburguesa. Es probable que, tanto los pioneros de la primera empresa de hamburguesas “Whitecastle” en Wichita, Kansas, como luego los colosos Mc Donalds y Burger King, hubiesen dado en el clavo del éxito, desconociendo la razón última inherente al “burger”. Y seguro que la solución del enigma es menos compleja que la de su propia investigación de física de partículas.
Al fin y al cabo Higgs estaba persuadido de que la primera partícula originaria de la hamburguesa no podía ser tan efímera y volátil como su famoso bosón, que sólo dura una trillonésima de segundo. Pero aún cuando la hamburguesa tenga una estructura compleja y difícil de descomponer, está claro que en último extremo también se origina en el bosón de Higgs, razona el profesor.
Y de repente, cuando ya ha acabado de comerse la hamburguesa, se percata de que existe una ligazón indudable de la hamburguesa con el problema del reparto desigual de bienes y alimentos, que rondaba su cabeza antes de comer. Claro, ¿cómo no se le había ocurrido antes?
Es evidente que la hamburguesa se ha convertido en una categoría genérica de alimento al alcance de casi todos. Algo que contradice la estadística de la brutal desigualdad. Probablemente está repartida por el mundo de manera igualitaria, con mayor o menor calidad, pero en proporciones razonables. Higgs deduce que si el uno por ciento no se come la mitad de las hamburguesas existentes y si el noventa y nueve por ciento sí se come mucho más que la mitad, esto significa que la hamburguesa contribuye a la justicia social y a la armonía universal.
Y en ese sentido las partículas elementales de la hamburguesa crean campos, masa y energía, cuyo origen se rige por el mecanismo que él descubrió. Salvo que aquí la conjunción de quarks, electrones y su masa se configura como un fenómeno singular e irrepetible en este planeta, y por lo tanto único en todo el orbe. Si hubiese vida más allá de nosotros, cosa altamente probable, y nos tuviesen que definir como especie, bien pudiera ser que nos describiesen como “la civilización de la hamburguesa”.
Eso piensa Higgs, antes de regresar a su laboratorio.





