¿Cuándo empezó todo esto de la moda? Depende de si nos apuntamos a la versión bíblica o a la versión antropológico-arqueológica.
En el relato bíblico aparecen Adan y Eva, la primera pareja. Por cierto, condenada a entenderse, al no haber nadie más. Entre que en el paraíso hacía calor y todavía no habían pecado, los dos iban desnudos y no pensaban seguramente en la moda. Al poco tiempo, después de pecar, les entró el pudor y tuvieron que comenzar a taparse las vergüenzas. Primero con grandes hojas, como nos muestran los cuadros renacentistas, y más tarde fabricándose taparrabos y sujetadores con las pieles de los animales que cazaban. Aunque en esa fase no es probable que el diseño de esas prendas les preocupara.
En la versión arqueológica, el homo sapiens de hace 150.000 años se tapaba también con pieles de caza. Y lo hacía sobre todo por motivos climáticos y también prácticos, imagino que para proteger sus partes más delicadas de roces, arañazos y golpes. El pudor era entonces sólo un futurible. La moda y el diseño eran criaturas non natas. Aunque quizá unas tribus compitieran con otras en las diferentes formas o hechuras del taparrabos, sin afán por supuesto todavía de conquistar más cuota de mercado o de estimular el consumo.
Las cosas empezaron a complicarse mucho más tarde. Los cazadores nómadas se convirtieron en sedentarios, agricultores y ganaderos. Aparecieron la seda, el algodón y la lana. Se pusieron a hilar y tejer. Empezaron a hilar cada vez más fino y a tejer telas, mientras también tejían leyendas, historias, religiones, normas de moralidad.
Con esas telas fabricaron ropa, pero esa ropa ya empezó a ir de la mano con adjetivos: ropa buena, elegante, vulgar, pudorosa, descocada, tentadora. Y la culpa la debió tener Moisés. Se puso a discutir con Dios, pero todo quedó en tablas: las Tablas de la Ley. Con esos mandamientos ya supimos por dónde nos estaba permitido avanzar. Pero por fortuna no se incluían mandamientos como “no comerciarás”, “no diseñarás” o “no consumirás”. Así que del supremo mandato “no desearás la mujer de tu prójimo” se derivó a sensu contrario el de “sí desearás la ropa de tu prójimo”, y por lo tanto ahí nació la competencia, el diseño, el afán de superación y la necesidad de comprar.
“Amar al prójimo como a ti mismo” se fue convirtiendo en “amar lo del prójimo para ti mismo”. Es decir, fue apareciendo la envidia cochina, la coquetería, el egoísmo, la codicia y demás virtudes teologales.
Aquella bendita inocencia del principio se había perdido. En su lugar se fueron desarrollando gradualmente la civilización, la cultura, las artes. La vida se fue haciendo compleja, la reproducción se fue rodeando de liturgia, florituras y otras parafernalias. Igual que el apareamiento, vestido con ropajes poéticos y románticos, también hubo que vestir los cuerpos con ropajes atractivos y cada vez más cambiantes.
Era el embrión de la moda, como belleza en el vestir. Taparse agradando, para imaginar – todavía con mayor agrado – lo que esconde lo tapado. Por eso hubo que inventar el strip tease, que no tendría sentido sin la cultura del vestir. Es más, desde la óptica de un nudista actual, probablemente lo más excitante sea la deconstrucción de un strip tease, o sea irse vistiendo lenta y sensualmente hasta alcanzar el climax con el tapado total.
Así pues, la moda evoluciona a lo largo de los siglos, pareja con todas las demás manifestaciones de la cultura humana. Y lo hace, igual que todo lo demás, a un ritmo uniformemente acelerado. Pasa del pequeño comercio de unos pocos para otros pocos – al margen de la gran mayoría que sólo piensa en cubrirse como sea – a transformarse en una actividad de mucho mayor espectro, al tiempo que nace y crece la burguesía.
Hasta la gran explosión cósmica de la moda de Occidente en los siglos XX y XXI. La moda como potente industria mundial, ya que alcanza también a otras culturas y las invade. Tan potente o más que el armamento o la informática. El imperio de los diseñadores que se creen creadores, pero a su vez sometidos a consignas y dictados de los poderes industriales.
Es el fascismo del vestir. El pensamiento único del color y la forma de nuestros calzoncillos, de nuestra lencería, de nuestros zapatos, la tendencia de nuestros pijamas, la medida preceptiva de nuestras faldas o vestidos para enseñar más o menos pierna, o muslo, o hasta nalga. Esta autocracia planetaria del vestir se nos impone de manera implacable, definitiva, sin escapatoria. Se superpone y antepone a todas las normas éticas, morales o religiosas, anula o anestesia nuestra pretendida libertad de elección.
Para ello se vale de la publicidad, en prensa, revistas, cine, televisión, Internet. Es el lavado cerebral más exitoso y perfecto que existe hoy día. A su lado, cualquier otro lavado, como el del fútbol o las sectas, o los nacionalismos, o el terrorismo o el papanatismo, se convierten en residuales.
Además ahora solemos decir que la moda se ha “democratizado”, aludiendo al acceso que a ella tienen las capas cada vez más amplias de consumidores humildes. Para escapar de esa perversión semántica, deberíamos decir que la moda se ha masificado. Los tentáculos de ese pulpo gigantesco han logrado alcanzar y abarcar a grandes colectivos de burgueses y hasta proletarios, que se someten dócil y benévolamente a sus dictados y pueden hacerlo pagando poco dinero. Todo ello gracias a una especie de despotismo ilustrado, aplicado al mundo de la vestimenta: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” era el lema de los déspotas ilustrados.
Y eso es lo que están haciendo las grandes cadenas low cost de nuestro tiempo: venderle al pobre lo que fue creado para el rico, aprovechando aquello que el mundo del rico, el mercado del lujo, diseñó, realizó y financió para consumo del pudiente, apropiándoselo sin escrúpulos y difundiéndolo a gran escala, una vez adaptado y descafeinado convenientemente. Es como un Robin Hood, con las debidas salvedades, haciendo negocio en el “bosque de Sherwood” del mercado de masas.
El enemigo de Robin Hood en la Inglaterra del Medioevo fue el rey Juan I, sucesor de Ricardo Corazón de León, al que llamaron Juan Sin Tierra, por carecer de herencia al ser el menor de los hermanos y por los territorios que perdió en Francia. Apurando el símil, el enemigo de los colosos de la moda low cost debería ser el mundo de las grandes marcas del diseño y del lujo.
Sin embargo el armamento del que disponen para esta guerra es inoperante. Parece a primera vista que sus espadas y alabardas relucen y están hechas de acero bien templado. Pero el copyright, las patentes y los registros de marcas y modelos son espadas y alabardas desafiladas y sin puntas, ante la virtual imposibilidad de identificar los plagios y de aplicar la ley. Es como poner puertas al campo.
De modo que la réplica de Juan Sin Tierra, el de entonces, hoy podría llamarse Juan Sin Armas. Y paradójicamente resulta que, gracias a una actividad éticamente cuestionable, el “pueblo llano” de los consumidores de moda tiene mucho que agradecer a la élite mundial del lujo, que les suministra creatividad y renovación constante, en un acto de generosidad involuntaria y a contrapelo.
Así el mundo de la gran distribución gana dinero practicando, sin saberlo, la justicia social distributiva.
Mirando hacia atrás sin ira, quizá Adán y Eva fueron los pioneros del “low cost” o bajo coste, ya que se cubrieron los bajos sin coste …





