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LA AVALANCHA AMERICANA

El “fracking” y el imperativo categórico, un debate de gas y de petróleo, y de moral

El "fracking" crece y continúa. Tras él, tras la fracturación hidráulica, vendrán todavía un sinfín de fracturaciones, que se derivan de la esencial: la fracturación de la conciencia moral.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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El precio del petróleo está cayendo en el mercado mundial. Una de las causas es ciertamente el menor consumo de las economías emergentes en crisis. Pero la causa principal es probablemente el hecho de que el gigante USA ha reducido significativamente su dependencia del petróleo importado y ha aumentado en gran medida su propia producción de petróleo y de gas.

¿Cómo lo está haciendo?
Por medio del “fracking”.

Esta palabreja (un anglicismo más en la vasta colección que invade el mundo) significa fracturación hidráulica. Es una técnica para aumentar la extracción de petróleo y gas del subsuelo, inyectando agua a presión, mezclada con arena y productos químicos, para ampliar y reventar las fracturas existentes en el sustrato rocoso, que embolsa el gas o el petróleo. Todo esto se hace perforando pozos verticales, que luego a gran profundidad se tuercen 90 grados y se continúa perforando en sentido horizontal, por donde entra entonces el chorro de agua.

Gracias a esta técnica se liberan grandes cantidades de gas e hidrocarburos previamente inaccesibles, y los países que la emplean a gran escala (con los Estados Unidos a la cabeza) consiguen aumentar mucho sus reservas de estas fuentes de energía.

Y gracias también a esta técnica se contaminan los acuíferos, se consumen caudales ingentes de agua, se contamina la atmósfera por la migración a la superficie de los gases y los productos químicos utilizados, se contamina la superficie por los vertidos y se incrementa el efecto invernadero por la liberación de metano. Además, como “mal menor”, se produce contaminación acústica y se degrada el hábitat circundante. Y como “guinda” de este pastel se produce un aumento de actividad sísmica, asociada con la inyección profunda de fluidos derivada del “fracking”.

Hace tiempo que las grandes organizaciones ecologistas denuncian al mundo los peligros del “fracking”. Pero es en vano. Los Estados Unidos, el país más contaminante del planeta, consideran que el “fracking” es el progreso y éste no se puede frenar. Sobre todo no se va a frenar algo que les ayuda a reafirmar y consolidar su hegemonía geoestratégica, aumentando su poder a corto y a medio plazo, que es de lo que se trata. Si para ello se contamina y degrada un poco más nuestro mundo y se pone en peligro la salud de sus habitantes, es cuestión de tranquilizarse y pasarse al bando de los negacionistas. De este modo todo cuadra y podemos aumentar el negocio y el poder, lo cual proporciona un inmenso placer y lo demás son monsergas catastrofistas sin fundamento.

¿Es esto realmente progreso?
Todos estamos montados en el tren de alta velocidad que circula sobre las vías de aumentar la energía -para aumentar la producción- para aumentar el consumo –para generar riqueza–para aumentar la energía … y así sucesivamente. El objetivo debería ser siempre el bienestar de las personas y la preservación del medio ambiente. Pero no a cualquier precio. Y sobre todo no al precio de aumentar los recursos energéticos y el poder, para luego acabar deteriorando ese bienestar humano en un planeta lleno de gases, basuras y mares y ríos contaminados.

No parece que los que gobiernan el mundo se percaten en serio de que lo estamos destruyendo. No parece que la raza humana haga prevalecer colectivamente su instinto de conservación. Más bien prevalece su instinto de posesión, que anula la capacidad de razonar y de prever en las esferas de los cada vez más ricos, sin importar demasiado la infelicidad de los cada vez más pobres.

Algunas voces claman en el desierto.
Haría falta una revolución de ámbito planetario, pero no serviría de mucho, porque al cabo de un tiempo los revolucionarios acabarían corrompiéndose también, por los cantos de sirena del poder y la riqueza. Como ha ocurrido con todas las revoluciones que hasta ahora han sido.

Decididamente no hay poderosas razones para el optimismo. Más bien las hay para el derrotismo. Para no comprender cómo la misma especie que ha creado una cultura y es capaz de desarrollar la ciencia y el conocimiento de forma prodigiosa, es capaz a un tiempo de sentar las bases para su autodestrucción. Lenta pero inexorablemente. La razón claudica en último término ante la codicia del sistema.

La razón, de la que nace un solo mandamiento fundamental, que resume toda la moral del ser humano. Kant lo formuló de manera magistral a finales del siglo XVIII: el imperativo categórico. No depende de ninguna religión ni ideología, y debe regir el comportamiento humano en todas sus manifestaciones.

“Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal de la naturaleza.”
“Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca sólo como un medio.”

Es decir, es un mandato con carácter universal y necesario. Manda algo por la propia bondad de la acción, con independencia de lo que con ella se pueda conseguir. Debe ser una acción objetivamente necesaria en sí, lejos de cualquier propósito extrínseco. Éste es, según Kant, el principio supremo de la moralidad.

Todos los humanos llevamos el imperativo categórico en nuestra conciencia. Todos sabemos desde siempre a lo que nos obliga. Sin embargo nuestra historia es un testimonio permanente de cómo lo incumplimos y lo ignoramos deliberadamente.

Por eso el “fracking” crece y continúa. Tras él, tras la fracturación hidráulica, vendrán todavía un sinfín de fracturaciones, que se derivan de la esencial: la fracturación de la conciencia moral.

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