1. Inicio
  2. Opinión
  3. Comunidad de blogueros
  4. La cama mágica de las sábanas negras y el centro del laberinto

CHICO BUSCA CHICA

La cama mágica de las sábanas negras y el centro del laberinto

Érase una vez un jardín con un laberinto de arbusto, dudas, recovecos y esquinas ciegas, largos pasillos y pequeños pasajes, y algún que otro banco de piedra para dejar reposar los huesos.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo

Érase dos jóvenes que se buscaban por ese laberinto para jugar. Pero nunca se encontraban el uno al otro, y tenían la desgracia de envejecer a medida que el tiempo transcurría en su interior. Y cada vez el laberinto era más angosto, y cada vez sus caminos menos cuidados y más naturales, de tal forma que resultaba obvio que estaban cerca del centro, pero que no eran capaces ni de avanzar ni de retroceder, y marchaban por los callejones de hierba invadidos por una extraña flor blanca cuyo perfume era narcótico.

Ya habían perdido la ruta del camino de salida, lo único que les quedaba era la esperanza y un invencible aliento que les empujaba a seguir caminando, aunque fuese por toda la vida, dentro de aquella extraña estructura, construida por manos desconocidas de jardineros extranjeros, que debían de ser muy altos a juzgar por la elevación de los muros verdes, de donde sólo las abejas y las mariposas podían salir utilizando las alas.

Sólo les quedaba el centro del laberinto, donde había una cama con sábanas negras de seda que ondeaban al capricho de la brisa, que se mojaban al viento y se secaban al sol, que se congelaban todos los inviernos y nunca habían sido usadas por nadie para pasar la noche… Era una cama mágica, pero yerta hasta ese momento.

Cerca de una semana estuvieron perdidos. Sus arrugas crecieron en sus rostros como arroyos secos y el pelo se les tornó cano. Él ya tenía barba, y ella arrastraba una larga cabellera que se le enganchaba en los zarzales que -de cuando en cuando- formaban parte de los muros malditos.

Un día, después de dormir en el suelo de pedregosas sendas blancas, la mujer no pudo soportarlo más, y gritó "¡Seas quien seas, para mí no tienes pasado ni futuro, sólo presente, pero, por favor, encuéntrame!"

El otro le respondió: “¿Dónde estás?”, y ella contestó: “Aquí, a tu lado. ¡Y pensar que habían coincidido tantas veces en el laberinto, separados por un muro de arbustos con flores venenosas, y ni siquiera lo habían imaginado!

El joven apartó y escaló los arbustos como pudo, hiriéndose con las zarzas. Y efectivamente, la mujer estaba al otro lado del muro viviente, pared con pared.

Se encontraron y se besaron. Se tomaron de la mano y se fueron caminando desesperadamente hasta que los pasajes y pasadizos se hicieron más anchos y perdieron sus flores blancas, hasta la salida, lejos del centro del laberinto, donde la cama, inexplicablemente, estaba deshecha. Como si algún fantasma o la mismísima parca hubieran dormido en ella.

Libres y rejuvenecidos, se abrazaron, y se dijeron: “Dentro del laberinto me di cuenta de que no estaba enamorado de ti, de que sólo te buscaba para salvarte la vida. ¿Tú sabes hacía dónde nos encaminábamos en realidad?”.

Pero la pregunta quedó sin respuesta, porque después de aquél abrazo, cada uno tomó su camino, y el laberinto se tornó por arte de magia en un bosque frondoso, al que nadie podía entrar, ni salir.


(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Fill out this field
Fill out this field
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
You need to agree with the terms to proceed

twitter facebook smarthphone

ARCHIVO DEL AUTOR

Menú