Sólo falta que vengan los Reyes en cabalgata. Primero andará el burrito, como de costumbre, de la mano de una paje, que anunciará la llegada de sus Majestades. Después, no sé en qué orden, se sucederán las carrozas, y lloverán caramelos y confetis del cielo.
Quizás esta vez los reyes vendrán caminando, y estrecharán las manos de los niños. Tal vez llueva de verdad, y la cabalgata las pase canutas, aunque no lo creo. Siempre la ha respetado la lluvia, a su paso por El Corte Inglés, donde padres serenísimos harán sus últimas compras.
Mi Rey favorito fue un tal J. venido de Guinea. Tenía un grupo de música, pero lo dejó cuando estaba casi en la cima. Ahora es peluquero de perros.
A los otros Reyes no les conozco, aunque sé que ellos me conocen a mí, pero ya no me traen regalos porque soy de una familia con otras costumbres. Pero de pequeño sí tenía Reyes. Recuerdo una vez que mentí a mi padre y le dije que un juguete estaba roto, cuando en realidad lo había roto yo cinco minutos antes. Mi padre enrojeció, y me dijo: “No seas mentiroso”. Era un avión de guerra con mando que no volaba, al que intenté arrancar un misil.
Yo me levantaba siempre el primero para ver si los Reyes habían pasado ya por casa, y luego me volvía a meter en la cama. Cuando escuchaba el ruido que hacían mis hermanas, gritando, me levantaba, e iba al salón. Debajo del abeto de plástico estaban los regalos, perfectamente colocados. Brillaban como el tesoro de Alí- Babá.
La cabalgata sigue pasando, y un caramelo me da en la cabeza. Luego lo coge una niña con luceros en los ojos, y lo devora. Los pajes y los reyes saludan con la mano, como la harían los reyes de verdad. Resulta sutil cómo se aprenden las cosas. Ellos son familias reales, Majestades, saluden como les plazca. Con el signo de la victoria, si quieren, o levanten el dedo gordo.
Uno de mis primeros regalos fue un disfraz de jefe indio. Después pasaron los años y me regalaron un sombrero vaquero y una estrella de “sheriff” y un cinto con revolver de juguete.
Claro está que los regalos los pedía yo -según el catálogo- y era totalmente responsable de mis deseos. Y aún era menor de edad, cuatro años tal vez. La verdad es que nunca me sentía satisfecho con mis regalos, y mi madre decía: “Si es que nunca estáis contentos con nada”. Pero claro, el mejor regalo había sido la ilusión de que se cumpliese mi deseo, no el objeto en sí. Normalmente, cuando el deseo se hacía realidad, me llevaba una desilusión. “¿Tanto tiempo esperando para esto?”, pensaba.
La cabalgata ya se aleja, seguida por la banda de las trompetas, que interpretan música a la “romana” de New Orléans. La masa se desintegra, y la ciudad recobra su encanto natural. Los hijos de los barrenderos van a tener muchos caramelos bajo el árbol éste año. Y el confeti servirá para escribir largas cartas de amor. Ya sólo falta que los Reyes Magos se tomen una copita en el cotillón, después del trabajo bien hecho. Y que los niños se duerman pronto.
Aún recuerdo ese disfraz de jefe indio.




