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INSOLIDARIDAD SOCIAL

La abstención electoral o la institucionalización de la desidia

Me indigna profundamente la abstención. Me parece la actitud más antisocial e insolidaria en un país democrático. No ir a votar es un desplante y un insulto a los conciudadanos.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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“No voy a votar en estas elecciones europeas; no me interesa nada y además no creo que sirva para nada, porque el Parlamento Europeo no tiene poder y las demás instituciones son un club de amiguetes que se lo guisan y se lo comen todo ellos.” Esto me decía el otro día un amigo, convencido de lo razonable de su argumento. Me llenó de tristeza y preocupación.

Uno más entre tantos – pensé – que engrosará las filas de la abstención. Una abstención que se prevé muy elevada en las elecciones europeas 2014. Un fenómeno que dicen de rechazo a los partidos políticos y de falta de interés por participar en un sufragio que queda lejos de los problemas acuciantes de los ciudadanos de a pié.

Me indigna profundamente la abstención. Me parece la actitud más antisocial e insolidaria que un ciudadano puede adoptar en un país democrático. No ir a votar es un desplante y un insulto a los conciudadanos. Mucho más que una actitud resultante de una coherencia ideológica, me parece la expresión de una desidia radical. Es el “menefreguismo” sistemático (del italiano “me ne frego”, o sea “me importa un bledo”).

Es decir, “esto no va conmigo, pero me reservo criticarlo y descalificarlo, si no me conviene o me desagrada. Y además no voy a ocupar mi precioso tiempo en ir a votar, para que así las mayorías que resulten sean lo menos representativas posible y se debilite al máximo la sensación de legitimidad democrática de los elegidos.”

Me parece un despropósito que se permita la abstención. Al parecer se trataría de preservar la libertad de abstenerse, como una más, dentro de las que garantiza la democracia. Pero hay libertades que – por ser dañinas para el buen funcionamiento del sistema – deberían estar penalizadas por la Ley. Cuando al no hacerlo se está fomentando la abulia, el egoismo y la insolidaridad social, entonces pienso que la sociedad debería protegerse de manera coercitiva, mediante el sometimiento a la Ley. La misma Ley que nos impone la obligación de pagar impuestos, para subvenir a los gastos de un estado social, sin que dispongamos de la libertad de no pagarlos.

Así pues, yo propugno que la Unión Europea (y también cada uno de los estados miembros a nivel interno) imponga a todos los ciudadanos la obligación de votar en las elecciones, para acabar de una vez por todas con la lacra de la abstención.
Porque haciéndolo, no se conculcaría en ningún caso el derecho que tenemos los ciudadanos de expresar libremente nuestro apoyo a cualquiera de las opciones en liza, o bien nuestro rechazo a todas ellas. Para esto existe el voto en blanco, que es un testimonio claro y explícito de que no nos gustan los programas o quienes los defienden.

En definitiva, votar en blanco es como votar que no votamos.
Esto es de una legitimidad indiscutible y siempre deberá estar amparado por la Ley. Frente a la opción pasiva y displicente de la abstención, el voto en blanco supone una apuesta activa, responsable y respetable, que se computa como un voto más y puede también facilitar una imagen demoscópica más precisa sobre el grado de rechazo y desencanto de una parte del electorado. Con ello actúa además como revulsivo para los partidos políticos, que deberán extraer las lecciones pertinentes, cuando el porcentaje de votos en blanco resulte demasiado elevado. Lo que a su vez acabará redundando en un saneamiento del sistema democrático, en beneficio de todos.

Los nuevos poderes salidos de unas elecciones convocadas con voto obligatorio, tendrían la fortaleza derivada de los votos que los hayan aupado y al mismo tiempo tendrían también la debilidad – conocida y lejos de hipótesis y ambigüedades – que resultara de la mayor o menor proporción de votos emitidos en blanco.

Pero veo por ende otro aspecto positivo, si se proscribiera la abstención electoral. En efecto, dado que al menos una parte de la misma se basa en la abulia, el desinterés, la indecisión y la simple pereza, no podemos concluir que al imponer la obligación de votar, toda esa abstención se convierta automáticamente en voto en blanco.

Seguro que como consecuencia de la “puya legal” para ir a votar, al final una parte no desdeñable de ese colectivo abstencionista acabaría por votar a opciones reales, en vez de hacerlo en blanco. Muchos ciudadanos saldrían de su letargo y se definirían, porque así es la naturaleza humana. Esto es especialmente importante para unas elecciones como las europeas, donde el número de aletargados amenaza con ser excesivo.

Y si creemos en Europa, en la virtud de una unión política, económica y social para nuestro futuro, es esencial que le demos la fuerza de nuestro voto, que es la expresión de nuestra voz.

En síntesis: no permitamos la abstención, que ya se producirá la “abstinencia”.

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