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En torno a Austerlitz: de Napoleón a Fred Astaire y al gran Sebald

Ahí quedan dos portentosos testimonios. El del arte de la danza y el del arte de la escritura. Ambos unidos por aquel curioso nombre, como si los hubiese llevado el majestuoso río Moldava.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Estos días se conmemora el 200 aniversario de la batalla de Waterloo, que significó la derrota definitiva de Napoleón, después de apoderarse de  buena parte de Europa en los primeros años del siglo XIX. Pero inmediatamente acude a mi mente otro nombre, el de Austerlitz, lugar en el que el famoso corso alcanzó su más resonante victoria militar, frente a la coalición de los imperios de Austria y Rusia, el 2 de diciembre de 1805.
 
La población de Austerlitz está situada en Moravia, entonces parte del Imperio Austrohúngaro y hoy en la República Checa, que le ha dado el nombre de Slavkov u Brna.
 
Todas esas crueles batallas se las llevó el tiempo. Pero el nombre de Austerlitz permanece muy vivo, y no porque se asocie con la batalla o porque así se llame además una de las grandes estaciones de París y la imponente columna de la Place Vendôme. Austerlitz evoca para mí dos mundos tan heterogéneos como el del baile moderno americano y el de la literatura universal, a caballo de los siglos XX y XXI.
 
¿Cómo iba a imaginar el menudo emperador corso en los albores del XIX, que ese nombre moravo, grabado en su mente para siempre como símbolo de su apabullante triunfo militar, daría vida 100 años más tarde a un mito del claqué, a un superdotado del baile? La pesada bota napoleónica, guerrera y dominadora, frente a los livianos zapatos de cuero acharolado, dentro de los cuales se movía con gracia, ritmo y destreza inigualable este americano de origen austroalemán.
Fred Astaire.

En realidad se llamaba Frederick (Fritz) Austerlitz, de padre católico austriaco descendiente de judíos y madre de origen alemán luterano. Ignoro si su sempiterna pareja de baile Ginger Rogers sabía lo de su verdadero apellido. En todo caso hizo bien cambiando el “Austerlitz” por el “Astaire”, mucho más sonoro y con glamour para un bailarín indisociable de los mejores años musicales de Hollywood. Él fue una estrella rutilante de la pantalla durante muchos años y “Astaire” ya suena un poco como “a star” (una estrella).
 

Sin embargo, si Fred Astaire hubiese sabido que 14 años después de su muerte en 1987, a los 88 años, un gran acontecimiento literario volvería a encumbrar definitivamente su apellido, a lo mejor lo habría rescatado del olvido y lo habría vuelto a lucir con orgullo, no por rememorar una cruenta batalla en suelo centroeuropeo, sino por evocar una obra capital de la literatura.
 
Winfried Georg Sebald, el gran Sebald, publicó en 2001 esa obra maestra, cuyo título reza Austerlitz. De nuevo ese nombre misterioso, asociado esta vez al protagonista de su novela, Jacques Austerlitz, judío nacido en Praga y educado en Inglaterra, a la que llega en uno de los Kindertransporte (transporte de niños) que organizaron las asociaciones de ayuda a los niños judíos, para sacarlos a tiempo de la Alemania nazi en los años previos al verano de 1939, cuando el inicio de la segunda guerra mundial cortó abruptamente tales iniciativas.
 
Austerlitz es la historia de un apátrida del Holocausto, un hombre en busca de su identidad. Un personaje en el que Sebald vuelca buena parte de sus propias claves autobiográficas. Sebald, que hoy sin duda sería Nobel de literatura, de no haber truncado la muerte inesperada su extraordinaria creación en poco más de diez años de publicación de sus mejores obras.

Un día triste, el viernes 14 de diciembre de 2001, Sebald conduce su coche por una carretera de Norwich (Inglaterra), cuando un súbito infarto le hace perder el control y se estrella mortalmente contra un camión. A los 57 años. En Inglaterra, su patria de adopción a la que emigró muy joven desde su Baviera natal y en la que ejerció de profesor de literatura de la universidad de East Anglia en Norwich.

En el Reino Unido escribió sus mejores obras (Los anillos de Saturno, Vértigo, Los Emigrados, Austerlitz) y las escribió todas en alemán, en un estilo expresivo y muy depurado, con frases a lo Thomas Mann. Su huella literaria es tan profunda y permanente en todo el orbe literario internacional, que se le considera el “Joyce” del siglo XXI.
 

No sabremos con certeza qué o quién le inspiró el nombre de Austerlitz para su novela. Pero hay quien apunta que fue el mago del baile americano y desde luego nunca pudo ser la referencia de una batalla, cruenta y rechazable como todas las demás.
 
Sea como fuere, ahí quedan dos portentosos testimonios vinculados a aquel remoto pueblo de Moravia. El del arte de la danza y el del arte de la escritura. Ambos unidos por aquel curioso nombre, como si a los dos los hubiese llevado el majestuoso río Moldava, a su paso por Praga y Bohemia, donde la música de sus aguas, convertida por Smetana en un poema sinfónico, nos recuerda siempre la supremacía de la belleza.
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