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Para Eusebio Varela todo empezó aquella tarde de un martes de octubre. O fue un jueves, ya no se acordaba con exactitud. Pero sí recordaba que era el comienzo del curso de lengua portuguesa en el Instituto de Estudios Brasileiros de Barcelona. Se había propuesto aprender portugués. Su negocio de exportación de sistemas de seguridad y alarmas sofisticadas se había desarrollado mucho en el mercado de Brasil y eso le obligaba a viajar allá con frecuencia, porque además tenía montada en Sao Paulo una delegación propia. Y había decidido aprender el idioma de Brasil, estaba harto de tener que hacerse entender en un castellano rudimentario o en un inglés chapurreado.
Desde que había perdido a su mujer, hacía ya cuatro años, se sentía muy solo y a sus sesenta años vivía consagrado a su empresa. Sus tres hijos ya estaban emancipados y los veía de vez en cuando, así como a algunos buenos amigos. Pero como viudo solitario rehuía un poco lo que él veía como “relaciones sociales compasivas”.
Aquel día era pues la primera clase del curso de portugués, que él compartía con ocho personas más.
La profesora entró a los cinco minutos y se presentó: se llamaba Manuela Andrade, era portuguesa y nacida en Angola, hija de colonos portugueses comerciantes de cacao. Cuando la vio, se sintió conmocionado. No sabía bien por qué, pero la sola presencia física de aquella mujer le atrajo fuertemente. Manuela no era especialmente guapa, pero su cara, su sonrisa, su voz, su cuerpo, emitían ondas de erotismo, de personalidad, de inteligencia, todo a un tiempo.
Después de aquella primera clase todo fue muy deprisa. Ella también se había fijado en Eusebio y a él no le pasó desapercibido. A las pocas semanas él la invitó a tomar una copa después de la clase y ella aceptó.
Aquel primer encuentro a solas fue definitivo. Eusebio le contó su vida, su matrimonio roto por la muerte, sus hijos, su empresa exitosa. Manuela le dijo que tenía 49 años y estaba divorciada desde hacía tres años. Su ex marido, también portugués, era abogado y agente de la propiedad inmobiliaria. Se habían divorciado sin hijos y mantenían una relación amistosa, pero distante.
Eusebio estaba ya perdidamente enamorado. Una semana después del primer encuentro en el bar de copas, la invitó a cenar y luego a bailar a un piano-bar de ambiente acogedor. No pasaron del primer baile. Cuando la pudo rodear con sus brazos por primera vez y olió su perfume de cerca, explotó su pasión y le susurró al oído todo lo que llevaba dentro desde el primer día. Abandonaron el piano-bar precipitadamente y acabaron haciendo el amor en el piso nuevo de Eusebio, al que apenas hacía unos meses que se había mudado. Esa noche de amor, después de años de soledad, inflamó de nuevo su ilusión de vivir. Y Manuela le amó como le habló: con dulzura apasionada, con entrega y una cierta serenidad.
En las semanas que siguieron, Eusebio y Manuela se veían y se amaban casi a diario. Estaban ambos como en un estado de borrachera sentimental. Ella era siempre algo más reservada, pero él no dejaba de hablarle y contarle infinidad de detalles de su vida, de su familia y de su negocio. En las clases de portugués, dos días por semana, fingían los dos.
Pero a Eusebio le suponía un esfuerzo de autocontrol casi imposible. Estaba tan locamente enamorado de aquella mujer, que sólo pensaba en vivir con ella, amarla, protegerla. Hasta entonces, sus encuentros y sus noches de amor siempre se habían producido en casa de Eusebio. Pero todo cambió cuando Manuela, que vivía en un ático en la calle Santa Fe de Nuevo México, le invitó una noche a cenar en su casa.
El piso, moderno y luminoso, con una pequeña terraza orientada al mar, estaba decorado con sobriedad y buen gusto. Él pensó enseguida que era un reflejo de la personalidad de ella. A mitad de la cena, él le preguntó si el piso era suyo o estaba alquilado. Ella cambió de color y le dijo que el piso era de su propiedad, pero que tendría que venderlo, porque no lo podía sostener. Y de repente estalló en sollozos.
Él la abraza y le pide que le cuente lo que pasa.
– Me equivoqué, Eusebio, cometí un grave error hace tres años, después de mi divorcio. Yo estaba prendada de Barcelona, quería establecerme definitivamente en esta ciudad y me ofrecieron este
piso. Fue un flechazo y decidí comprarlo, con ayuda de un crédito hipotecario. Para pagar la diferencia restante, dispuse de un dinero que había heredado de mi padre, más una cantidad recibida de mi ex marido, dentro de los acuerdos del divorcio. El banco me dio la hipoteca de 400.000 €, porque el piso valía 700.000 y porque yo recibía cada mes una transferencia de mi familia, los Andrade de Angola, que además me avalaban.
– ¿Y qué pasó después, Manuela?
– Después pasó que el imperio del cacao de los Andrade se hundió. Las medidas socializantes del gobierno angoleño, que nacionalizó grandes sectores industriales y desestabilizó totalmente los precios y el mercado, arruinaron a mi familia. El caso es que mi tío Paulo, que además es mi padrino, me redujo las transferencias a una cuarta parte. Con eso y con mi sueldo de profesora de portugués no me alcanza para pagar las cuotas de la hipoteca. Por eso, o vendo el piso, o me lo quitará el banco.
– Manuela, cariño, no te apures. Buscaremos soluciones. Pero ni se te ocurra vender este piso. Déjame pensar y ya hablaremos.
– Eusebio, gracias por lo que me dices. Pero de ningún modo quiero involucrarte en esto. Si he de vender, venderé. Al fin y al cabo no necesito un piso como éste y podría invertir el dinero de la venta y alquilar una vivienda por un precio razonable, que ahora abundan.
Unas semanas después, Eusebio ya tenía su plan. Su amor por Manuela dictaba en su mente y no pensaba más allá. Él le compraría a Manuela la mitad del piso por 350.000 €. Con ese dinero cancelarían el saldo pendiente de la hipoteca y luego él se trasladaría a vivir a ese piso con ella.
Manuela aceptó emocionada.
– Amor mío, si te parece bien, le pediré a Héctor, mi ex marido, que es abogado, que se ocupe de preparar los papeles. Le tengo confianza y al ser compatriota, me entiendo mejor en temas de documentos.
– Me parece perfecto. Haremos primero un contrato privado. Luego la escritura ante notario podemos firmarla unos días después, porque la operación será más sencilla y limpia, si previamente has cancelado la hipoteca. Necesitaré ver los datos de tu hipoteca, la escritura de propiedad del piso y el número de tu cuenta en el banco, que está vinculada con el crédito hipotecario.
En enero se citaron con Héctor Antúnes en el piso de Manuela. Un hombre de unos 50 años, amabilísimo y muy educado, que no le gustó a Eusebio. Pensó que eran unos ciertos celos, por haber estado casado con Manuela. Le pareció demasiado zalamero, pero no dijo nada.
Héctor le entregó una copia de la escritura del crédito hipotecario y también una copia de la escritura de propiedad del piso, a nombre de Manuela Andrade. Manuela le dio el número de su cuenta bancaria. Firmaron un contrato privado de compraventa con condición resolutoria, donde se hacía constar que una parte del precio, 25.000 €, quedaba pendiente de pago en el acto de la firma de la escritura pública, cuya fecha tope también se consignaba. Luego Eusebio le entregó a Manuela un cheque bancario barrado de 325.000 €.
A los tres días, de regreso de un viaje urgente de trabajo, Eusebio llama a Manuela a su móvil, pero el contestador le dice que el móvil está apagado o fuera de cobertura.
Al poco rato le entra un WhatsApp:
“Eusebio, amor mío, estoy volando a Angola. Mi tío Paulo ha tenido un infarto. Espero volver en un par de días. Sólo pienso en vivir contigo en nuestro piso. El dinero ya está ingresado y los trámites de cancelación de hipoteca en marcha. Te quiero, Manuela.”
FIN DE LA 1ª PARTE.