En que estaría pintando Picasso cuando se le ocurrió la idea de un lienzo tan enorme, viviendo en Francia, ¿se sintió culpable? Sí y no. Diluyó su responsabilidad de maestro en dibujos, formas y colores y simbolismo que le propusieron una gran obra que le pilló trabajando.
Las musas clónicas picassianas inspiraron: “El Otro árbol de Guernica”, de cuyo autor se acordarán los que se interesen por él, pero seguro que Zuloaga y Descartes y hasta el mismo Sorolla estuvieron de acuerdo, conchabados sin saberlo, lo mismo que Manet pintaba sus nenúfares colgando lívidamente sobre el agua silente, al tiempo que Debussy escribía sus arabescos, en otro espacio tiempo de la Cultura.
Cada uno por su lado, cada uno a su ritmo y compás, crearon -con muchos otros- lo que ahora se da en llamar arte moderno que comenzó William Turner y que luego trascendió Cèzanne.
Matisse, Van Gogh, y Gauguin, por otro reverso de la realidad cotidiana, decidieron unir sus vidas por mor del destino, comerciando pobremente con sus obras, muriendo de tuberculosis, sífilis o un disparo desatinado en el pecho para que volasen los cuervos negros y les dejasen en paz pintando sus campos de trigo, sus recortados seres bípedos –licencia poética-, sus hermosas nativas de la Polinesia.
El joven árbol de Guernica, símbolo bárbaro hasta que llegó la gran nube negra que hizo que los gentiles se ocultaran bajo la losa del Cristianismo –anunciada ya por los dólmenes- huyendo de la lluvia y los rayos, es un vástago de la historia.
Vampiro de la luz y la oscuridad Vampiro del espectro Imaginaba que venías todas las noches Como un súcubo rondándome los colores De mis sueños Lo sentía dese hace tiempo Que tu figura de gárgola me esperaba en la catedral Hasta que conciliase la noche con sus campanas de bronce Asidas como un murciélago De garras delicadas Para pinchar en mi cuerpo tumoroso Y extraer todos mis humores Toda mi bilis, Todas mis entrañas, A cambio de colores vivos Los que tú, por ti mismo No sabías pintar.