Soy Philip King. Me acabo de descargar Pokemon Go en el móvil y estoy maravillado. Han conseguido la mezcla perfecta de ficción y realidad. Ya casi no se pueden deslindar. La verdad es que están demostrando con este juego que nunca estuvo claro donde terminaba la ficción y comenzaba lo real. O al revés. O quizá es que la realidad virtual que percibimos con la vista, igual que la tangible, son partes inseparables de un todo, que es el mundo del conocimiento. En él poco importa lo que vemos, lo que imaginamos o lo que verdaderamente es.
Todos los grandes pensadores de la filosofía, desde Platón hasta Kant y Heidegger, pasando por Descartes, Spinoza y Nietzsche, planteaban esta gran cuestión de la cosa en sí o la cosa a través del conocimiento. Y de repente estos japoneses de Nintendo parece que lo han resuelto. No salgo de mi asombro. Porque además han reunido las principales pasiones humanas en un solo conjunto. Ellos, que parecen tan fríos y desapasionados, nos han seducido irremisiblemente con la potente llamada a nuestros instintos.
Por un lado el juego, por otro lado la búsqueda, finalmente la pasión por la caza o captura y la pasión por la lucha. Millones de seres humanos absortos en las pantallitas de sus móviles se pasean por las ciudades del mundo para descubrir en qué parque, edificio, iglesia, tienda o esquina localizan a los monstruitos esos del Pokémon, a los que hay que capturar para la colección y a los que hay que instruir para el combate entre ellos. Yo soy ahora también uno más de esos ludópatas en estado de alienación. La combinación del ingenio japonés con la revolución digital de Internet a través del gigante americano Google, hace posible este aparente milagro.
Aquí en España esto no debería sorprendernos tanto, porque ya a principios del siglo XVII Cervantes se anticipó a la era digital y creó al Quijote, que veía gigantes en vez de molinos y anunciaba batallitas, todo superpuesto a la realidad de entonces. Así es que ¿qué nos van a contar a nosotros los españoles sobre tanta tecnología digital, si hace 400 años que ya fuimos precursores? Pero en fin, debo reconocer que lo de ahora rebasa todo lo imaginable.
El pastel tras las segundas elecciones
Claro que el pastel posterior a las segundas elecciones también rebasa todo lo imaginable y suscita pasiones comparables a las de Pokemon Go. Pero como nuestros personajes de la política no acaban de salir del avispero, he optado por caer en los brazos de Nintendo, que es mucho más divertido y a lo mejor hasta me ayuda a superarlo. Cuando estuve en Japón y vi cómo funcionaban en aquel país, comprendí que no habría reto humano que ellos no fueran capaces de abordar y resolver.
Me he convertido en entrenador de Pokemons. Después de comerme una zarzuela en mi casa, salgo con el coche y con el móvil conectado, y el chófer me deja cerca del edificio del Congreso de los Diputados. Voy rastreando los alrededores con la vista puesta en la pantalla. De repente allí, cerca del restaurante japonés, oculto detrás de una maceta con hortensias, veo a Pikachu Rajoy, un Pokemon muy popular. Como tengo ya los Pokeballs que he conseguido en el Gym del Hotel Palace, me dispongo a atrapar a Pikachu Rajoy lanzando varios Pokeballs, pero el muy gallego se me escabulle y lo pierdo de vista.
Entonces bajo hasta la Plaza de Neptuno y una vibración seguida de luces parpadeantes me avisa de que hay un Pokémon cerca. Cruzo la plaza sin mirar a derecha ni a izquierda, por el centro. Y dentro de la fuente, impasible bajo el chorro de agua, aparece Charmander Rivera en bañador pero con corbata, como un ciudadano cualquiera. Cuando ya decido capturarlo, veo otra vez a Pikachu Rajoy, con la camisa empapada de agua y la barba goteante. Está agazapado a la derecha de Charmander Rivera, el cual trepa por Neptuno y trata de no perder el centro.
No puedo malgastar esta oportunidad, así que apunto y lanzo varios Pokeballs que atraviesan la cortina de agua de la fuente. Primero atrapo a Charmander Rivera para mi colección. Pero necesito lanzar varios Pokeballs más, para poder al fin atrapar a Pikachu Rajoy, al que sitúo junto a Charmander Rivera en la jaula de mi móvil.
Por poco me atropella un taxi, que se deshace en insultos republicanos, porque no lo he visto y su semáforo estaba en verde. Pero estoy muy satisfecho con mi captura de hoy. Creo que los dos Pokémons que atrapé no son incompatibles y ahora tengo que instruirlos, para que luchen contra algunos de los otros que andan por ahí sueltos y parece que son más difíciles de cazar.
Al día siguiente, paseando por la Colonia del Viso, de nuevo vibración y luz parpadeante de mi móvil, que es real. Arranco a correr y allá al fondo, en el jardín de un suntuoso chalet y muy a la izquierda diviso a Golem Iglesias. Viste pantalones de golf y esconde la coleta recogida debajo de una gorra a cuadros. Va completamente afeitado y todo me hace suponer que quiere ocultar su identidad. Pero a Nintendo no se le engaña tan fácilmente. Y de repente, junto a él y más a su derecha aparece Squirtle Homs, un Pokémon catalán de los más buscados estos días. No sé qué tramarán estos dos, pero me da mala espina.
Pongo a mis dos prisioneros en lucha y los lanzo a combatir. Pero Golem Iglesias se ha soltado la coleta y se escabulle a tiempo, mientras logro cazar a Squirtle Homs, que se resiste y quiere independizarse. Ya por fin desisto de momento de dar caza a Golem Iglesias y en el Paseo de la Habana, en sentido ascendente y por la acera izquierda, logro ver a uno de los Pokémons más perseguidos, porque permanece largo tiempo escondido no se sabe dónde. Se trata de Magneton Sánchez, impecablemente trajeado y tozudamente escorado en sentido contrario al de su imagen. De inmediato pongo a Pikachu Rajoy y a Charmander Rivera en posición de pelea. Pero se me resisten, como si quisieran que Magneton Sánchez no les fuera hostil y les dejara hacer. Saco una batería de Pokeballs y lo atrapo. Pero no logro ubicarlo junto a los otros tres.
No sé si será algún fallo de la App en mi móvil, pero no hay modo. Cada vez que hago click sobre Magneton Sánchez, para arrastrarlo junto a Pikachu Rajoy, Charmander Rivera y Squirtle Homs, como que se me resiste y acaba colocado en el otro extremo. La tozudez es tan fuerte, que hasta se traslada al mundo digital. Prosigo con mi búsqueda. Recorro la Castellana y luego subo hasta la Glorieta de Bilbao. Allí, casi sin avisarme el móvil, aparece de pronto Haunter Peneuve, impertérrito y con cara de “esto no va conmigo”.
Pero yo quiero atraparlo, no vaya a ser una simple postura para hacerse el interesante. Con ayuda de Pikachu Rajoy y Charmander Rivera, debidamente instruidos, logro también cazar a Haunter Peneuve, tras bombardearlo con varios Pokeballs especiales para vascos. Haunter se deja colocar junto a los otros, a considerable distancia de Magneton Sánchez. Pero persiste tenazmente en su actitud de fingida indiferencia.
Mi jornada ha sido dura. He caminado varios kilómetros por Madrid, pero he conseguido capturar a los Pokémons más significativos, con excepción de Golem Iglesias, que está en paradero desconocido. De vuelta a casa, con un gin tónic y en bata y zapatillas, me pongo a recuperar todo lo que tengo almacenado en la app del móvil. Ahora ha llegado la hora de la verdad, la hora de salir de una vez del impasse. Siguiendo las instrucciones del videojuego y aplicando toda mi energía y voluntad, voy a conseguir que mis Pokémons no sólo no luchen, sino que se pongan de acuerdo. Ya veo que Pikachu Rajoy y Charmander Rivera coquetean con Squirtle Homs, pero éste pone expresión digna y se aparta dando saltos. Luego empujo a Haunter Peneuve, que sigue haciendo el remolón pero parece que se deja querer. Ya casi los tengo a punto. Entonces, en una jugada envolvente y por sorpresa voy a por Magneton Sánchez, dispuesto a todo. Le veo titubear y patalear. Ya casi le tengo. Pikachu Rajoy y Charmander Rivera se abrazan y ríen.
De pronto se colapsa el juego y la pantalla se queda negra. No me explico qué está pasando. Aparece un aviso en letras rojas parpadeantes que dice: “Caca, culo, pedo. Mano Negra no se rinde.”
Igual que en un chiste que me contaron de pequeño.





