Banquete de boda: desde los entremeses variados hasta el brindis
Ni corto ni perezoso, me levanto de la silla, agarrando la copa de vino como único sostén a la realidad, comienzo a hablar para todo aquél que quiera escucharme...
Se me ha parado el reloj. He faltado a la ceremonia, y he sido el último invitado en aparecer, llegando al banquete en un estado resacoso lamentable, justo cuando se servían los entremeses. Lo primero que hacen es colocarme en una mesa en la que no conozco a nadie. Me acomodan entre dos mujeres muy perfumadas, hasta tal punto que por poco pierdo el conocimiento.
-¿Qué rango ostenta usted en esta boda? –le pregunto a la que parece un bombón envuelto.
-Yo soy amiga de la amiga de la amiga de la novia, ¿y usted? ¿Cuál es su título?
-Yo soy amigo del amigo del amigo del novio, sin ir más lejos.
-Bien. Los dos somos amigos de los amigos de los amigos de los novios. Seguramente, esta es la mesa de los amigos de los amigos.
-Habiendo tanta confianza, no me importaría que me acercase una loncha de jamón entre sus delicados dedos –le digo.
-No faltaba más –me contesta.
A lo lejos, se ve al padre del novio, que se ha atragantado, recibiendo ardorosos palmetazos en la espalda por parte de un buen samaritano que, por otra parte, tal vez pone demasiado empeño en la labor. Las conversaciones suben de tono a ritmo de entremeses, así que tenemos que hablar un poco más alto.
-Me dijo ella –comenta la otra mujer, que parece un pastel- que se casaban por lo típico de toda la vida: los padres, los regalos de boda, y también por ponerle el apellido de él al niño.
-No me digas que ella está embarazada –dice el bombón envuelto.
-Pues sí, aunque ya tenían pensado casarse desde hace tiempo. Fíjate que ella me comentó que hasta le hacía ilusión probarse el traje de novia.
En ese momento, casualmente, por poco se me atraganta una rodaja de lomo embuchado. Toso alegremente durante un buen rato.
-El novio ha estado estupendo –afirma la mujer-bombón-. Es raro, toda la vida diciendo que antes que casarse se cortaría las piernas, y ya ves.
-Sí, es curioso –corroboro-. A estas horas debería tener las dos piernas amputadas. Es lo que pasa siempre, la gente promete mucho, y luego nada –concluyo, mientras devoro un langostino y ataco la botella de vino, en cuya etiqueta están impresas las fotografías de los novios, unidas por un lazo rojo en forma de corazón.
Cóctel de mariscos
-Una boda no sería una boda sin cóctel de mariscos –le comento a la mujer-pastel-. Yo me negaría a asistir a una boda en la que no hubiese cóctel de mariscos. Para las bodas, el cóctel de mariscos es tan importante como el mismísimo cura. ¿No cree?
-Hombre, pues así a bote pronto, no –me replica, después de pensar un rato.
Eso se merece un trago de vino.
Mientras bebo un sorbito, examino la botella con las caras de los novios. Dios mío, cómo ha engordado la novia. Y el novio está irreconocible. Bueno, será que las fotografías son malas.
De pronto, la mujer-pastel inclina la cabeza, baja la voz, y susurra:
-Creo que la madrina se ha pasado un poco con la tualete, ¿no te parece?
Miramos los tres con la cabeza inclinada.
-Pues sí, la verdad, no sé si le va mucho ese tono violeta –opina la otra.
-Pues mira que “esa” –replica la primera con tono de indignación, señalando con el tenedor a una odalisca de cuerpo escultural.
Yo me abstengo de emitir ningún juicio, y mucho menos de decir que la odalisca me parece lo mejor que he visto en la boda por el momento. Pronto nos damos cuenta de que debemos de tener un aspecto un tanto extraño inclinados sobre el mantel, así que nos incorporamos.
-Tú, por el contrario, vas muy elegante –le dice la mujer-bombón a un hombre que hay sentado a su derecha, y al cual yo no puedo ver del todo-. Te queda muy, pero que muy bien, la etiqueta que llevas en la manga de la chaqueta, cariño.
-¿Qué pasa con la etiqueta de la manga? –pregunta el tipo.
-Pues que vas haciendo el paleto. Que no se dejan puestas en la manga. Que se arrancan.
-Ah, yo creía que venían así.
-Déjame, venga, que te la quito.
Enternecido por esta inspirada escena de poesía de géneros, y envalentonado por el tinto de rioja, me levanto y propongo un brindis por los novios.
-¡Por los novios! –grita todo el mundo, luego hay un silencio de gargantas profundas, y después vuelve la vocinglería y el ruido de cubiertos.
Volován de hongos
Parece que el brindis por los novios ha tenido éxito, porque pronto se aprecian sus secuelas. Algún invitado excesivamente agradecido no hace más que gritar: “¡Vivan los noviós! ¡Vivan los noviós! ¡Vivan los noviós!”, de esta forma, acentuando la “o”, y se supone que uno tiene que interrumpir lo que esté haciendo –mascar, deglutir, beber- y, cuando menos, murmurar un “Vivan” con la boca llena, sumándose a la euforia ajena por principios.
Poco a poco, a medida que se acaban los volovanes, el gritador oficial es ignorado por el resto de los comensales por abusar de la consigna nupcial, indiferencia que no le pasa desapercibida y ante la cual decide callarse de una vez por todas.
En la mesa presidencial, los padres del novio y de la novia charlan entre bocado y trago, y se oye como uno de ellos le dice al otro, achispado por el vino:
-¡Yo a mi hijo no le he puesto una mano encima en mi vida! ¡En mi vida!
-Bueno, algún azote de vez en cuando, ¿no? –le responde el segundo.
-Bueno, pero cuando se lo merecía –replica éste.
Por su parte, las madres se ocupan de quitarle a la abuela una mancha con el quitamanchas en aerosol Cebralín, que huele espantoso, lo cual provoca una desbandada general en el resto de la mesa.
A nuestros puestos en la batalla llega un tío que vuelve del cuarto de baño. Tiene una aleta de la nariz empolvada. Ante la advertencia de otro que se cruza con él en dirección a los aseos, se limpia la nariz concienzudamente con un pañuelo.
La odalisca de cuerpo escultural me ha mirado cuando se comía una aceituna. Ha sido una mirada consecuentemente aceitosa.
Una invitada da el cambiazo de mesa y se sienta en una silla desocupada.
-Hola –dice la recién llegada-. Vengo a cotillear un rato.
-Ah, claro, es que ahora toca el juego de la silla –dice el invitado de la etiqueta recién arrancada, que se ha quedado sin asiento.
Los niños han comenzado a corretear por ahí, a pesar de que no hemos llegado a los postres. Uno de los angelitos pasa a mi lado velozmente, derramando mi copa en el mantel.
-Es de buen augurio –aseguro-. Además, la forma de la mancha tiene el contorno de la India. Un país con mucha natalidad. Imagínense una casa llena de esos diablillos.
Los raudos camareros me hacen un arreglo con servilletas para que pueda seguir comiendo. A pesar de todo, el aspecto de mi plaza es lamentable.
-¡Alegría ¡Alegría! –grita un comensal entonado, al ver mis esfuerzos por no apoyar los codos en el mantel empapado.
Por mi parte, me aseguro de que el niño no ande cerca, y me sirvo otra copa de vino, dejando la botella al alcance de mi mano.
Chuleta o lenguado
Entre chuleta y lenguado, escojo chuleta, pero al final viene un camarero que amablemente me informa de que las chuletas se han acabado, y me pregunta si quiero lenguado. El invitado que antes reclamaba alegría cuando se derramó el vino, acierta a opinar, ingeniosísimamente, que, de no aceptar el lenguado, yo sería un “deslenguado”. Río la gracia y digo que por supuesto, claro, yo soy lenguado, cómo no.
Para comunicarnos unos con otros tenemos que alzar la voz. Oigo un grito agudo que brota de las profundidades. Creo que he pisado un niño. Estaba debajo de la mesa. Sale corriendo a llamar a su mamá.
La mujer-bombón se está animando. Claro que no estoy casado. ¿Qué me parece el matrimonio? Pues qué me va a parecer. ¿Que si me gusta el fútbol? Pues vaya, algún partidillo de año en año. Para mis adentros, me digo que el test de las quinientas preguntas al lado de esto es una tontería. Por lo menos, no me pregunta si me gustan los niños.
De repente, al gracioso de la mesa se le ocurre que yo diga unas palabras.
-¡Unas palabras! ¡Unas palabras! –vocifera, y al de poco tiempo todo el mundo está gritando: “¡Unas palabras!”.
Ni corto ni perezoso, me levanto de la silla, agarrando la copa de vino como único sostén a la realidad, y comienzo a hablar para todo aquél que quiera escucharme:
-Señoras y caballeros. Asistimos al enlace de dos viejos amigos, en un clima de hermandad entre dos familias de bien y sus honorables invitados. Siempre nos podremos preguntar: ¿Por qué lo han hecho? ¿Por qué se han casado? ¿Cuáles son las oscuras razones que les han llevado a sellar su unión con el matrimonio? Pues bien, como decía el poeta, “la verdad está ahí fuera”, amigos. No es cuestión de sacar aquí a debate las razones que les han llevado a cometer tal acto, en contra de los valores tradicionales del arrejuntamiento. Ellos han escogido su camino, y nosotros no somos quién para protestar, ni siquiera porque se hayan acabado las chuletas y hayamos tenido que comer lenguado. No, damas y caballeros, no podemos reclamar, ni dirimir hipotéticas traiciones, sólo podemos levantar nuestra copa, y gritar: “¡Vivan los noviós!”.
Hay un unánime “¡Vivan!”. Aplausos. Felicitaciones. Abrazos.
La madre del novio se me acerca y me da la enhorabuena, con lágrimas en los ojos.