Bajando por la calle de Las Cortes hacia la calle Dos de Mayo, después de saludar a unas cuantas recepcionistas cariñosas, el cronista de sociedad se encuentra con los que habitualmente se reúnen allí para vender su mercancía en el “Mercado de los Milagros”.
Allí está la flor y la nata, el tallo y la leche. Saluda a Don Nadie, que sabe llevar su apellido con orgullo y la cocaína bien escondida en los refajos de su pantalón.
También se encuentra Doña Abusada, la heroína más valiente del lugar, con la cual intercambia unas palabras llenas de glamour y encanto financiero.
Animado por la profusión de gente en la calle -unos vendiendo y otros esperando, y otros ojo avizor- el cronista toma primeros planos visuales, alrededor de los bellos retratos expuestos en la “puta calle”, como se le llama a la galería más famosa del mundo en los ambientes del lumpen.
Chask, chask, el cronista enciende un pitillo. Una bocanada de humo mancha el aire El cronista ya ha llegado hasta su portal, donde se aloja por unos días. La casa está cerrada con tres cerrojos. Sólo se escuchan los gritos del mercado, y alguna que otra pelea. Ni siquiera el gato se inmuta, y recibe al cronista con empujones y ronroneos.




