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NO DESCUELGUES

Suena el móvil, número desconocido, y no lo cojo. Y no para de sonar y sonar

Amanece en mi casa, aunque el resto esté oscuro. Se escuchan tuberías de gases, puertas que se cierran, toses, ruidos de muelles de cama.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Me he preparado mi té rojo con dos tostadas de pan integral y mantequilla, y me he tomado mis píldoras. Hoy he tenido pesadillas. Cuando más duermo, peor.

Mi última pesadilla versaba sobre antiguos amigos que yo no recordaba. Sus cuerpos aparecían nítidos, pero sus caras estaban en la sombra. Me reprochaban haber hecho esto y lo otro cuando me conocieron. También había una mujer, totalmente desconocida, que no hablaba. Pero al menos tenía un rostro desdibujado.

Desperté entonces en mi cama, aunque el resto estaba oscuro. Me dirigí a mi estudio, y allí estaba la mujer. Le pregunté: ¿aún no te has ido? Ella recogió sus cosas, se vistió y se fue, no antes de darme un beso en la mejilla.

Ahora ha clareado, y el cielo se muestra azul con nubecitas rosas, al menos el pedazo de cielo que veo desde mi patio interior. Suena el móvil –número desconocido- y no lo cojo. Y no para de sonar y sonar.

Desperté en el suelo. Por lo visto me había caído de noche. Busqué a la mujer en mi estudio, pero ya no estaba. Fui al excusado a hacer pis, y me miré al espejo. En mi mejilla se veía, nítidamente, el sello de carmín de unos labios. Lo borré y me fui a desayunar. Té rojo con dos tostadas de pan integral y mantequilla, y las pastillas. El teléfono se mantuvo en silencio durante toda la mañana.

Por la noche, el móvil suena. “Hola”, dice una vocecita lejana. “¿Cómo has conseguido mi número?”, le pregunto. “Me lo diste tú”, contesta ella, y continúa: “Mi padre se ha enfadado conmigo. Me ha echado de casa. No tengo dónde pasar la noche”. Sin poder hacer ninguna otra cosa, sin enfadarme ni pedir más explicaciones, le respondo: “Está bien, ven a casa a dormir. Te espero”.

Una hora y media más tarde, que he empleado para escribir y pintar un poco, escucho el timbre del portero automático: “Soy yo, Naia”, dice una voz femenina. Pulso el botón del automático, abro la puerta de casa, y retorno a mi estudio, esperando que “Naia” sepa arreglárselas para encontrarme. Entra con lo puesto, los mismos pantalones vaqueros rotos, la misma camiseta negra de “Los Ramones” con camiseta roja de manga larga por debajo, las mismas zapatillas de deporte “All Stars”.

La miro bien. Es guapa. Y muy joven, unos diez años menos que yo. “Puedes acomodarte en el cuarto de invitados”, le digo, “segunda puerta a la derecha”. Si quieres coge algo de mi armario para cambiarte antes de que te pegues una ducha. Porque querrás ducharte, ¿no?” Ella dice que sí, que va a ducharse en seguida.

Oigo el agua cayendo en el cuarto de baño. Curiosamente tengo la sensación de que algo bueno va a ocurrir. De que mis días, mi vida, van a pegar un cambio. En ese momento suena el móvil, y no lo cojo. Es un número desconocido, y no para de sonar y sonar. Me pongo a hacer la cena: dos filetes de pavo a la plancha, con un huevo frito encima. De improviso oigo cerrarse la puerta de salida. Busco a la chica por todas partes, pero se ha esfumado.

Suena el teléfono de nuevo. Descuelgo y pregunto: “¿Quién es?”. Una voz masculina me contesta. “Soy de Suprafone, preguntaba por el titular del celular”. Le mando a la porra y cuelgo. A partir de ese instante, el móvil se mantiene en silencio durante toda la noche.


 
(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).

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