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NO ME DIERON OTRA OPCIÓN

¿Somos libres? Abstractos pensamientos sobre la razón o sin razón de mi yo

¿Por qué razón estoy en este mundo? Me engendraron, me pusieron en él y me dicen que tengo un alma inmortal, proyectada para vivir eternamente y dotada además de libre albedrío.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Me llamo Arminio León y siempre me he preguntado por qué razón estoy en este mundo. Me engendraron, me pusieron en él y no me dieron opción de elegir otra cosa. Como por ejemplo no existir. O por ejemplo vivir y crecer en otra cultura, en otro país. O por ejemplo elegir otro sexo, otra raza, otro color, otra estatura, otra voz, hasta otro nombre. En definitiva ser otro yo, en vez de yo. Pero nadie me consultó previamente, quizá porque al no ser todavía una persona antes de nacer, no hubiese estado en condiciones de elegir.

Luego desde el no ser es imposible conocer o tener conciencia del ser. Sin embargo me dicen que tengo un alma inmortal, proyectada para vivir eternamente y dotada además de libre albedrío. Y ahí viene cuando mi confusión es total. ¿Cómo puede ser inmortal y no tener fin lo que sí tuvo un principio y antes no existió? Porque si acaso fuese cierto que mi alma inmortal ya existía antes de mi ser biológico, y uno de sus atributos esenciales es el libre albedrío, entonces mi espíritu debería haber tenido la libertad de elegir mi yo, cosa a todas luces inimaginable.

Por consiguiente esto me lleva a la conclusión de que el famoso libre albedrío es una mera ilusión. Lo probable es que estemos absolutamente predeterminados y uno de los rasgos de nuestro determinismo sea precisamente el creer que disponemos de libertad, sin saber que carecemos totalmente de ella. Y si carecemos de libertad ¿es que podemos ser responsables de lo que hacemos?

Si la respuesta fuese no, ello subvertiría todo el orden moral de nuestra vida y hasta pondría en cuestión la existencia del bien y del mal. Por eso la respuesta tiene que ser sí, podemos ser responsables de nuestros actos, en la medida en que actuamos en la creencia de ser libres y por lo tanto conscientes de ajustarnos o no al orden moral que llevamos impreso.

Pero esto no impide la reflexión de que en último extremo nuestra libertad es una contradicción en sí misma y nuestro cerebro obedece a estímulos propios de un plan predeterminado y misterioso, cuyo origen o causa desconocemos.

Los físicos y psicólogos más eminentes – Einstein y Wegner entre ellos – sostienen que nada puede escapar a la cadena causal y que el libre albedrío no es otra cosa que una sensación construida por el cerebro y no una indicación directa de que el pensamiento consciente ha causado la acción.

Sin embargo ya Max Planck, el creador de la física cuántica, y luego Heisenberg, con su principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, nos quieren demostrar que en el fondo la naturaleza es fundamentalmente no determinista. Si bien ponen en cuestión que la indeterminación cuántica juegue un papel importante en el cerebro y suponga una demostración del libre albedrío, ya que argumentan que los efectos cuánticos no determinados no son significativos en el cerebro, porque sólo lo son a nivel microfísico y por lo tanto no tenemos ese libre albedrío en el plano cerebral.

No obstante, si un físico de la estatura de Planck llega a decir que la materia no existe como tal y que hay una conciencia universal, a lo mejor allí encontraríamos un resquicio para penetrar con nuestra razón y concluir que pueda haber una libertad para movernos dentro del ámbito predeterminado por dicha conciencia universal.

En cualquier caso estoy persuadido de que nuestra pretendida libertad está lejos de ser un valor absoluto y se parece bastante a un régimen de “libertad condicional”. Dentro de ella disponemos de la facultad racional, que es a mi modo de ver el gran atributo y el gran enigma al mismo tiempo. Porque si nuestro cerebro ha evolucionado de tal manera, que puede concebir el espíritu y nos permite interrogarnos a nosotros mismos y preguntarnos sobre el sentido de todo esto, entonces me empiezo a convencer de que tiene que haber necesariamente algo más allá de nuestra desaparición física, ya que no tendría ningún sentido que nos pudiésemos interrogar y la respuesta fuese la absoluta inutilidad de nuestra interrogación. Aunque el más allá no fuese otra cosa más que el regreso del yo individual al “numen” colectivo universal, en el que nos diluyéramos con una paz infinita.

Sé que estoy rozando la herejía, respecto a la concepción que me han inculcado del hombre como ser individual que se perpetúa individualmente en la otra vida. Pero no puedo evitar oponer un escepticismo radical a este concepto. Mi razón se rebela ante tamaña entronización ad vitam aeternam de nuestra pobre y precaria individualidad. Mi fe religiosa, resultante de mi razón, más bien me impele a esperar que mi yo, que nunca elegí, se disuelva e incorpore de nuevo al magma universal.

En cualquier caso esta reflexión, que ya se encuentra en múltiples creencias orientales, me parece que es perfectamente compatible con lo que cavilaron y formularon algunas de las mentes más preclaras del pensamiento europeo. Así el gran Immanuel Kant dice: “Hay dos cosas que llenan mi espíritu con creciente admiración y reverencia: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.”
Y de esa ley moral deduce los tres postulados básicos de su Crítica de la Razón Práctica:

“La ley moral sólo puede ser conforme a la razón si:
a) existe la libertad del hombre;
b) el alma es inmortal;
c) existe Dios.”

Estos postulados son absolutamente racionales y lógicos, ya que su negación haría inviable la ley moral y por lo tanto habría que dar la razón a los que niegan también el libre albedrío.

Pero siempre pienso que estos famosos tres postulados no contradicen la idea del regreso de nuestra alma a un todo que no perece y del que somos parte. ¿Parte indivisible o trocitos desgajados en algún momento con autonomía propia?

Es un misterio que va más allá de nuestro raciocinio.

Voy a concluir estos atropellados y abstractos pensamientos sobre la razón o sinrazón de mi yo, recordando una de las cinco vías que formuló Santo Tomás de Aquino, para demostrar la existencia de Dios:

“Hay cosas que tienen la posibilidad de ser o de no ser. Cosas que por lo tanto se realizan y luego acaban. Pero si todas las cosas tienen la cualidad de no ser en algún momento, entonces en algún momento no fueron y no hubo nada. Pero de la nada no puede surgir algo. Sólo existe la posibilidad de ser realidad a partir de algo que exista. Por lo tanto debe haber algo no sólo posible sino necesario, que puede tener como causa algo a su vez necesario. Pero no es concebible que esto sea así eternamente. Por ello hemos de asumir que hay algo que es necesario por sí mismo. Y ese algo es Dios.”

A lo mejor en esta maravillosa argumentación están todas las respuestas.

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