Hace unos días hice un viaje relámpago de Madrid a Barcelona por motivos de trabajo. Fui y volví en el AVE. El continente (el veloz artefacto) es imponente: rápido, cómodo, permite un traslado casi de puerta a puerta, etc. El contenido cada vez es peor o por lo menos eso me parece a mí. Quizá se debiera a la estación veraniega y calurosa en la que estamos. El invierno es más digno, más formal, más respetuoso. El verano se está volviendo una estación impresentable para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
Para mí el calor es incómodo pero procuro hacerle frente con un mínimo de dignidad. Creo que podría afirmar que de todo el personal masculino del tren era el único que vestía pantalones largos. La gente debe de sufrir mucho de calor en las pantorrillas a la vista de la generalización de los pantalones cortos o bermudas en esta época del año. Personalmente no veo del todo mal los pantalones cortos en ciertos lugares acotados como playas o piscinas, pero en las calles de las grandes ciudades o en el tren no me parecen en absoluto adecuados. Si por lo menos los usuarios de dicha prenda llevaran unas medias altas al modo de las tropas del imperio británico en las colonias podría pasar, pero no: la ausencia de medias de cualquier tipo es total. Las tropas indígenas de Lord Mountbatten hoy en día se hubieran amotinado reivindicando libertad para sus pantorrillas.
Y ahora paso a la constatación de la segunda evidencia en lo que a la vestimenta veraniega masculina se refiere: la ausencia total, no ya de medias coloniales hasta la rodilla, sino de cualquier tipo de calcetines. A excepción de unos ridículos calcetinitos por debajo de los tobillos a modo de los antiguos pinkis que usaban las señoras, todos los pies se embuten directamente dentro del calzado, generalmente unas botorras deportivas o unos “náuticos” en el caso de espíritus algo más selectos.
El uso por mi parte de calcetines durante todo el año me causa constantes reproches incluso por personas que me quieren bien. Me duele la incomprensión de la generalidad de los que me rodean hacia el pudor de pies. Pero este pudor es algo genético, está en el -como dicen los políticos- ADN de mi ascendencia paterna. Recuerdo que mi padre se escandalizaba porque mi tío Fernando, hermano de mi madre, bajaba las escaleras descalzo del quinto piso al tercero de la casa de la calle Reina Regente de San Sebastián, que ocupaba toda la familia. Sufría mucho con estas exhibiciones, y yo lo he heredado.
Algunas veces he tenido la tentación de ceder ante lo insoportable de las presiones -bienintencionadas, debo reconocerlo, porque pretenden aliviar el calor de mis pies- y he insinuado la posibilidad de que estaría dispuesto a adquirir unas sandalias de franciscano, pero he tenido que recoger velas ante la violencia verbal hacia mi persona al insinuar que pretendía interponer entre las sandalias de franciscano y mis pies unos ligeros calcetines, bien de color gris clarito, bien beige clarito…
Pero volvamos a mi vagón del AVE. Fundamentalmente lo habitaban chinos y chinas, ya fueran de Japón, de Corea, de Vietnam o de la misma China. Los chinos ya han dejado de ser exóticos. Ahora ya son iguales que los españoles, franceses o británicos, excepto en los ojos rasgados. Hablan inglés y están pegados a un iPhone o a un Samsung, como todos. También ellos visten pantalones cortos y ellas shorts por cuya parte delantera asoman dos piquitos que son los bolsillos al descubierto y por la trasera también asoman dos… bueno, dejémoslo aquí.
En el asiento contiguo tenía sentado a un forzudo. Éste no era chino, era de Monforte de Lemos, por lo que luego me enteré merced a una conversación telefónica que mantuvo, según me pareció, con su pobre madre. Mi forzudo compañero de asiento también llevaba pantalones cortos y unos artefactos en los pies que consistían en una suela y unas gomas por las que se sujetaba al dedo gordo del pie. De cintura para arriba la única vestimenta era una camiseta sin mangas. En los bíceps y tríceps así como en el cuello lucía unos tatuajes barrocos a base de hojas entrelazadas, culebras y dragones. Unos tatuajes muy adecuados a la fisonomía de mi vecino viajero. No así el que adornaba sus piernas. En esta parte de su fisonomía el tatuaje era más coquetón: consistía en un dibujo a modo de cenefa alrededor de cada pantorrilla. Esta cenefa no me pareció en absoluto apropiada a la constitución del forzudo. En chinas sí, en forzudos ¡de ningún modo!
Mi intención en este post era enlazar el paisanaje que me encontré en el AVE con la conversación que mantuve en Barcelona a propósito de la nueva jefa de comunicación que ha contratado Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona: esa señora que se va haciendo pis a lo largo y ancho del mundo y se fotografía en ese menester como carta de presentación, pero me he liado con la enjundia propia de los temas tratados: calcetines, shorts, chinos y forzudos… Lo siento, otro día continuaré.
– Juan Araluce Letamendía es presidente del Consejo Editorial de Hechos de Hoy y de la alianza Media World.
– La activista en temas de género e identidad sexual, Águeda Bañón, la nueva directora de comunicación del Ayuntamiento de Barcelona. Además de trabajar como webmaster y maquetadora en el Observatorio DESC, del que también procede la propia Ada Colau, en 2002 creó junto a María Llopis el blog Girlswholikeporno, que se mantuvo activo hasta el año 2007.







