Los evangelios narran que cuando Jesús nació en Belén un ángel se apareció a unos pastores que en aquellos parajes dormían al raso y vigilaban por turnos el rebaño durante la noche.
– No temáis, les dijo. Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. De pronto, en torno al ángel -sigue narrando el evangelista- apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
Viendo a la multitud de personas de todas las edades y nacionalidades que sin cesar hacían largas colas para pasar por delante de la capilla ardiente del papa Francisco para darle agradecidas un último adiós, pensaba yo que esas eran las personas de buena voluntad a las que se dirigía el mensaje de los ángeles. Mujeres y hombres, jóvenes y mayores, niños, se les veía conmovidos porque su pastor en la Iglesia ya no estaba con ellos.
Son las mismas gentes que también se conmovieron cuando murió Benedicto XVI y Juan Pablo II. Les dejaba el papa, el que era su papa, porque sabían que era el sucesor de Pedro, el que el Señor eligió en cada momento para que pastoreara a su rebaño. Son los mismos que ahora aguardan esperanzados que el Cónclave de cardenales anuncie que ya tenemos un nuevo Papa. Y cuando salga la fumata blanca de la chimenea vaticana acudirán alegres a la Plaza de San Pedro para aclamar al que va a ser su nuevo pastor, el vicario de Cristo en la tierra, y recibir esperanzados su bendición.
No sabrán quién va a salir al balcón, quizá ni siquiera le conozcan, pero les dará igual, porque se fían del Espíritu Santo, que habrá soplado a los cardenales la persona que Dios quiere en este momento para su iglesia.
Cuando conozcamos al elegido, algunos vaticanistas, comentaristas y entendidos acertarán, otros no, unos se alegrarán, otros no. Pero a estas personas sencillas y de buena voluntad no les importará que sea europeo, americano, asiático o africano, que sea joven o viejo, conservador o progresista, porque no juzgan con criterios humanos, saben que el que salga por el balcón del Vaticano será su candidato, y acertarán porque su candidato es el que Dios ha querido.
Los sencillos de corazón siempre aciertan. Ya lo reveló Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien”.








